Un gobierno solo colorado
Oscar A. Bottinelli 

Un dato de la realidad es que no existe una conducción colectiva de una coalición de gobierno. En otras palabras, coalición propiamente dicha no hay. O más exactamente, como se empezó a decir cinco años atrás, no hay coalición a la europea. Si alguna duda quedaba la despejó esta semana el presidente del Partido Nacional.

A partir de la restauración institucional, consolidado el fin del bipartidismo tradicional, Uruguay comenzó a tentar formas nuevas de conferir soporte parlamentario mayoritario a un presidente elegido por un partido distante de la mayoría absoluta. Así surgió, en circunstancias extraordinarias, la gobernabilidad de la primera administración Sanguinetti. Cinco años después, acentuada la pérdida de peso del partido oficialista, se pasó a una forma incipiente de coalición, a la que se denominó tímidamente "Coincidencia Nacional". Y otros cinco años más, en el país de los tres tercios, se conformó "La Coalición", así con mayúscula. Y funcionó bastante bien, más allá de los juicios críticos existentes al interior del partido asociado, del Partido Nacional.

La reforma constitucional generó dos expectativas contrapuestas, o dos efectos previsibles en sentido opuesto; y ambos a partir del mismo mecanismo: el establecimiento de la mayoría absoluta invariable para la elección presidencial, a lo que se llama balotaje. Una expectativa pronosticada fue la de suponer que la necesidad de los candidatos presidenciales de lograr una mayoría absoluta conlleva a la paralela conveniencia de construir coaliciones electorales para construir esa mayoría. Y esa coalición electoral aparece como la forma más natural de construir una sólida coalición de gobierno.

Pero la propia hibridez del sistema de gobierno, con rasgos de presidencialismo fuerte y otros de parlamentarismo, apunta al otro efecto: un presidente de la República elegido por la mayoría absoluta, por más de la mitad de los electores. Cosa extraordinaria en este país, donde rara vez el partido ganador obtuvo esa mayoría absoluta (de 1942 a la fecha en tan sólo tres oportunidades), y nunca el ciudadano elegido presidente. Más aún, los últimos presidentes individualmente obtuvieron un respaldo de poco más o poco menos la cuarta parte de los votantes activos. Más de un cincuenta por ciento de voluntades detrás de una persona otorga al mismo un peso político muy especial, que puede tentar al personalismo, a considerar como innecesaria la articulación de acuerdos políticos que representen la otra mayoría: la expresada en el Parlamento. Porque uno de los riesgos del nuevo sistema, ya advertido en trabajos académicos de los años ochenta, fue la consolidación de dos mayorías diferentes, que en algún momento podrían transformarse en contrapuestas: la mayoría representada en el Parlamento, emergente de una elección; y la mayoría, emergente de otra elección casi inmediata, expresada en el presidente de la República.

El bautismo del nuevo sistema apuntó a un lado y fue para el otro. El 11 de noviembre del año pasado se firmó un esquema de gobierno, que supuso el esqueleto de un programa de gobierno de una coalición. Parecía el clásico borrador que precede a la articulación de las coaliciones italianas, fueren de centro-derecha o de centro-izquierda. Hasta el 28 de noviembre se tuvo la idea que ambos partidos tradicionales, el bloque tradicional, disputaba unido el gobierno. Acallados los ecos de la victoria, el Partido Colorado dio señales inequívocas de reivindicar exclusivamente para sí el triunfo electoral. Los pasos dados para la conformación del gabinete y discutir la designación de los directorios de los entes (de los cuales a siete meses se integraron sólo dos más otra presidencia) no difería del viejo sistema, en que el presidente de la República resultaba elegido pura y exclusivamente por su partido. Por otro lado, el ex-presidente Lacalle dio señales de no transitar por el mismo camino de Volonté, al cual le atribuyó diluir el perfil partidario, subsumirlo en las responsabilidades de un gobierno del otro partido.

Un tercer elemento puede añadirse a las dificultades de entendimiento. No debe ser nada fácil compatibilizar una coalición para un presidente de la República, cuyos dos socios son ex-presidentes, a la vez aspirantes a sucederlo.

Lo concreto es que desde las elecciones no ha habido una sola reunión de cúpula, un solo cónclave de los tres líderes de la coalición de gobierno. Tampoco existe un funcionamiento flexible entre el partido del presidente y el principal partido aliado. Más aún, este último se queja (y habrá que hacer la cuenta, reconocemos no haberla hecho) que Batlle se reunió más veces o más tiempo con Vázquez que con Lacalle. En las últimas semanas aumentaron los desencuentros: Lacalle expresó su voluntad de reunirse con Batlle apenas éste regresase de los Estados Unidos; la reunión no se hizo. Lacalle lanzó la idea de una cúpula del sistema político, que fue expresamente rechazada desde el Edificio Libertad. Y la idea de la cúpula no fue sugerida al presidente por conducto privado, sino lanzado algo así como por telegrama colacionado, ya que fue anunciada en el gran generador de hechos políticos en que se ha transformado el almuerzo mensual de ADM. Finalmente, el líder nacionalista ubicó finalmente a su partido en una línea que cabe clasificar como de gobernabilidad: ni cogobernante ni opositor, no confundido con el gobierno pero dispuesto a ayudarlo, a un gobierno que calificó como "colorado".

Cuando la gobernabilidad de los años ochenta, el Partido Nacional estuvo representado en el gabinete por figuras de peso personal pero bajo perfil partidario, como Enrique Iglesias o Raúl Ugarte. Hoy, en cambio, las cinco figuras blancas son nada menos que hombres como Cat (largo tiempo presidente del herrerismo), Mercader (hombre de confianza de Lacalle), Trobo (uno de los pesos pesados de la 71), Alonso (uno de los números dos del ramirismo) y Abreu (candidato vicepresidencial y potencial candidato presidencial). Lo que no es ocioso destacar es que ninguno de los tres ministros del herrerismo integra el equipo económico y en cambio son titulares de carteras con posibilidades de realizaciones propias, con independencia de éxitos o fracasos del gobierno en su conjunto, como son los casos de Educación y Cultura, de Vivienda y de Deportes. Es una forma interesante de comprometerse más allá de la gobernabilidad pero más acá de la coalición.

Como sea, los tres años y meses que restan de tiempo útil de gobierno, habrá un gobierno de titularidad colorada, en un esquema de gobernabilidad otorgada por el nacionalismo y la incógnita de qué papel jugará el Frente Amplio.

Publicado en diario El Observador
octubre 01  - 2000