La autocrítica del FA
Oscar A. Bottinelli

"El Encuentro Progresista-Frente Amplio no perdió la posibilidad de acceder al gobierno nacional por lo que hizo durante la campaña electoral en sí (que tuvo sus altibajos, pero que en definitiva fue la mejor que pudimos hacer), sino por lo que no hizo a lo largo de los años anteriores al período electoral". Así Tabaré Vázquez partió de un breve balance, enfatizó "no podemos permitir que se repita" y llamó a un gran análisis prospectivo profundo, que tenga en cuenta la globalización, el mercado, el mundo nuevo y los valores de la izquierda. Este planteo del primero de setiembre quizás se constituya en un punto de inflexión en la izquierda uruguaya, particularmente cuando empiece la discusión de fondo y surja la nueva visión del país, la sociedad y el mundo que esa izquierda asuma.

En este primer análisis del planteo de Vázquez veamos el balance de lo ocurrido. En primer lugar aparece un tema de doble lectura: ¿en las elecciones nacionales el EP-FA vivió un éxito o una derrota?. Difícilmente pueda considerarse como fracaso el que una fuerza política pase de una elección a otra del 28% del electorado nacional real al 39%; ninguna colectividad política obtuvo un incremento de once puntos porcentuales, de un acto electoral al siguiente, a lo largo de toda la historia moderna del país. Y seis meses después, en los comicios municipales, más o menos repite el guarismo, aunque producto de un fuerte crecimiento en Montevideo, el mantenimiento en Canelones y una fuerte caída en todo el resto del país. Como fuere, el 39% no fue episódico. El fracaso está en no haber ganado la Presidencia de la República, lo que quizás fuese en 1999 un imposible, si se parte de la base que el 52% cosechado por Batlle está muy cerca de los actuales núcleos duros de los partidos tradicionales, de los círculos de alta pertenencia a lo blanco y a lo colorado. La primera conclusión es pues que la acción política de la izquierda en el lustro anterior, o su discurso, o sus propuestas, crearon una buena sintonía con cuatro de cada diez uruguayos (uno de los cuales fue captado en este periodo pasado, otro en el quinquenio anterior y otros dos provenían de tiempo atrás)

Una segunda reflexión fue adelantada por el propio Vázquez: "se equivoca quien encandilado por las estadísticas que señalan nuestro constante crecimiento electoral, cree que el Frente Amplio es perfecto y su triunfo una cuestión de tiempo". La teoría del triunfo inexorable de la izquierda por un mero efecto estadístico o biológico tuvo y tiene sus cultores en el plano político y en el académico, aunque no resiste un análisis minucioso. Pero sobretodo es importante para una fuerza política no creer en un determinismo que puede llevar al letargo y la autocomplacencia.

El tercer elemento planteado por Vázquez está referido a las causas de la meta no alcanzada. De por qué no pudo superar ese techo del 45% que el candidato presidencial logró en el balotaje. Y para el líder de la izquierda la causa central estuvo en una actitud: "Repasemos mentalmente lo que fueron 1996, 1997 y 1998 para esta fuerza política; el tiempo, la energía y hasta la credibilidad que dedicamos a polemizar entre nosotros y a resolver asuntos internos fue tiempo, energía y credibilidad que le quitamos a lo que es la razón de ser del Frente Amplio: una herramienta política de cambios progresistas al servicio del pueblo uruguayo". Sin duda analizar las falencias es imprescindible para trazar un recorrido. Y aquí es donde el análisis del líder frenteamplista parece insuficiente.

Porque además de la fuerte confrontación y debate interno, el Frente Amplio y el Encuentro Progresista carecieron de conducción continua y homogénea a lo largo del lustro. El Frente Amplio tuvo presidente en los años nones y triunviratos en los años pares, y el Encuentro Progresista tuvo presidente sólo en esos años nones. Seregni presidió en 1995 hasta su renuncia en febrero del año siguiente; Vázquez asumió la presidencia de hecho en octubre de 1996 y renunció diez meses después; y retomó el cargo otros trece meses después. Entre Seregni y Vázquez hubo triunviratos, y entre Vázquez y Vázquez más triunviratos. Con cinco conducciones en cinco años no hay conducción. Además los triunviratos nacieron con dos limitaciones importantes: una, su carácter transitorio; otra, aunque integrados por figuras de alta capacidad política, cada una de esas ternas no fue nunca representativa de todo el conjunto y por tanto su papel se redujo a una coordinación ejecutiva. Una fuerza política que pretenda quebrar su techo, conquistar a ese conjunto de gente que es el fiel de la balanza de poder, necesita ofrecer una dirección firme, coherente y continua. Y también un liderazgo que se ejerza con permanencia, sin entradas y salidas de escena. Todo este punto puede quizás verse como ocioso, pues parece resuelto: desde hace un año y medio el Frente Amplio y el Encuentro Progresista cuentan con un liderazgo absolutamente indiscutido y dispuesto a permanecer en el mismo; pero analizar cómo fue el lustro anterior sirve también para inventariar errores y explicar resultados.

Un tercer elemento es que el EP-FA se ubicó desde el último tercio del '96 en un papel altamente confrontador, polarizante. Quizás el punto más alto de esa lógica de la confrontación se dio en el plebiscito constitucional de diciembre de ese año, pero en general no decayó demasiado. La actitud de Tabaré Vázquez hacia el presidente Sanguinetti fue de oposición dura y polarizante desde la misma elección del mandatario hasta el fin de su mandato (y aunque no es el tema, la actitud fue recíproca). Y en esa línea presentó la visión de tener enfrente no un espectro variado de posturas políticas e ideológicas representadas por dos partidos tradicionales y un abanico de sectores, sino un único enemigo, una única visión, una única ideología, resumida toda en la expresión "neoliberal". La actitud confrontadora llevó al EP-FA a una sumatoria de "no" en la media docena de grandes temas debatidos en el periodo pasado. Y si bien esa actitud posiblemente ayudó al fuerte crecimiento hasta el 39% primero y al 45% después, muy probablemente alejó a los que quedaron en el límite de la captación.

En medio del cambio de actitud, surge un nuevo riesgo: que el miedo a la confrontación y a la polarización lo deje en una ambigüedad, en una postura indefinida que no conforme a tirios ni seduzca a troyanos. Es que hoy el EP-FA no integra la coalición de gobierno, no conforma un esquema de gobernabilidad, pero tampoco es oposición, o no da mensajes de oposición; por ahora no viene jugando el papel clásico que en una democracia occidental corresponde a la principal fuerza de oposición que, a su vez, es individualmente el principal partido

Publicado en diario El Observador
setiembre 10 - 2000