Y verás pasar el cadáver ...
Oscar A. Bottinelli

El destino de los partidos tradicionales en cuanto a fuerzas que en conjunto constituyen la mayoría del país y poseen la conducción del gobierno, está muy asociado a dos ejes: el éxito o el fracaso del actual gobierno (más exactamente la percepción que la opinión pública tenga sobre si el gobierno fue o satisfactorio para las expectativas de la gente) y el nivel de credibilidad de los actores políticos tradicionales, el nivel de prestigio o desprestigio de líderes y dirigentes blancos y colorados.

La curva electoral resulta preocupante para ambos. Veamos las cifras. Entre 1942 y 1966 los partidos tradicionales en conjunto captaron entre el 88% y el 92% del electorado activo, es decir, en casi cuarto de siglo la variación máxima fue de tan sólo cuatro puntos porcentuales, de donde la volatilidad electoral de una elección a otra se tradujo en desplazamientos de ida y vuelta entre blancos y colorados. Desde entonces, la estabilidad dio paso al tobogán: 81% (1971), 76% (1984), 69% (1989), 64% (1994) y 55% (1999); además, el balotaje registra un nuevo descenso, al 53% del electorado activo. Es un descenso pronunciado y constante. Cualquier proyección matemática lleva a la conclusión que en el 2004 la participación conjunta de los lemas históricos se situará apenas por encima o apenas por debajo del 50%. Con matemáticas así, todo lo que influya en la opinión pública es determinante para el futuro. Sin duda Uruguay se encamina hacia un momento clave en su historia política con desafíos para ambos lados: para los partidos tradicionales la necesidad de frenar la curva; para la izquierda, romper el techo que le ha impedido ser mayoría.

Si la satisfacción o insatisfacción con la situación colectiva del país y la situación personal son un eje determinante de las opciones ciudadanas, la confiabilidad en los elencos políticos es otro eje clave.

¿Qué están haciendo los partidos tradicionales al respecto? En este momento aparece una fuerte ofensiva contra el Foro Batllista, desde varias orígenes. Una muy explícita desde la 15, donde los ministros de Turismo y de Salud Pública aparecen como los operadores principales en el desgaste del sanguinettismo, con movimientos de uno u otro que terminan asociando a figuras del Foro Batllista con actos éticamente cuestionables o con un desenfrenado clientelismo político. Otra fuente de ataques al Foro es el herrerismo, grupo que tiene la percepción que el sanguinettismo fue el motor de la "embestida baguala" contra la familia Lacalle y su gobierno.

Cinco años atrás, por estas mismas fechas, comenzó la ola de denuncias contra la administración Lacalle, que con altos y bajos estuvo en los primeros planos de la prensa por más de dos largos años. Y luego vino la durísima disputa interna del Partido Nacional, en que el ataque a la honestidad del gobierno Lacalle y al propio ex-presidente constituyeron la estrategia central de la candidatura Ramírez.

Unos años antes, el propio Sanguinetti trajo a colación recuerdos de ataques éticos contra Jorge Batlle, ocurridos a fines de los años sesenta.; y en la pasada campaña electoral hacia octubre, desde el nacionalismo se lanzó una línea de ataques al actual presidente que ponía en tela de juicio su equilibrio emocional.

En las elecciones municipales, los candidatos blancos y colorados se dedicaron en gran mayoría a atacarse mutuamente con acusaciones de deshonestidad personal o uso clientelístico y abusivo de los cargos.

Y en este partido se sale muchas veces de la cancha política y se entra en la cancha judicial, en donde el sistema judicial (jueces y fiscales) quedan unas veces atrapados en medio de un juego político, y otras veces ponen sal y pimienta de su propio coleto.

En todos los casos caben distintas interpretaciones. Que las acusaciones son correctas y fundadas y el culpable es quien tiene una conducta cuestionable. O que lo cuestionable son las acusaciones, porque en unos casos se exageran y en otros se fabrican. Como sea, las acusaciones ruedan en la arena pública. Y la percepción de la gente es que la 15 se pelea con el Foro, y el Foro con los blancos, y los blancos con la 15, y los blancos se han peleado con los propios blancos. Y por supuesto el Frente Amplio con toda lógica añade al fuego toda la leña que puede.

La línea emprendida hace unos años, permanentemente enriquecida, supone una erosión constante de la credibilidad de los actores políticos blancos y colorados. "Siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo", dice más o menos así el proverbio árabe. Y aunque nadie gana exclusivamente por errores ajenos, esos errores ajenos ayudan mucho.

Publicado en diario El Observador
agosto 20 - 2000