Desafíos y riesgos de la izquierda
 
 

¿Cómo se pasó de aquella izquierda de la salida de la dictadura a esta mayoría electoral y, sobre todo, cuáles fueron los puntos de inflexión que explican esta transformación?

 
Cuando hacemos una gráfica del crecimiento electoral de la izquierda en las últimas décadas, nos sorprende la linealidad del proceso. Del 71 al 84 parece como si no hubiera pasado nada en este país, si sólo tomamos en cuenta el crecimiento del 18 al 21 por ciento. Después la izquierda crece a una tasa acumulativa del 30 por ciento por elección. Pero tiene dos momentos en los que crece menos. Una excepción se da hacia el fin del gobierno de Lacalle, en el que se crece un 10 por ciento, lo que probablemente tenga que ver con el boom económico, la fuerte caída del desempleo y el aumento del ingreso de los hogares. La segunda excepción se da en octubre de 2004. La primera explicación estadística es obvia: no es lo mismo crecer a una tasa del 30 por ciento partiendo del 18, que haciéndolo desde el 44. Pero también es probable que la izquierda haya ido agotando las formas de acumulación electoral.

EL VIRAJE DE LA IZQUIERDA URUGUAYA
De todas maneras, llama la atención que un proceso tan complejo tenga una expresión lineal en el plano electoral.

 
Si un observador desprevenido viera esto y olvidara que venimos de una dictadura, podría sorprenderse ante la aparente estabilidad de este país. En realidad, las causas de este fenómeno hay que buscarlas en determinados elementos estructurales que van más allá de los análisis que hacemos elección tras elección. Todavía no tenemos la respuesta, pero en los últimos 34 años hemos tenido gobiernos militares, blancos, colorados, con coalición, sin coalición, de los más variados signos económicos, con crisis y sin crisis, con crecimiento y sin él, pero el electorado se desplazó al margen de esas consideraciones. Sin embargo, parece claro que entre el 71 y el 84 hay un fuerte quiebre. No sólo la izquierda de la salida de la dictadura es diferente de la precedente, sino que también lo es el conjunto del país.
Esa búsqueda de consensualidad que tiene Uruguay a partir del 84, se diferencia de lo que vivíamos antes de la dictadura –sobre todo a partir de mediados de los años sesenta–, donde se partía de la diferencia.


Sin duda que no es sencillo relevar estos cambios, pero ¿en qué momento comienza a advertirse una ruptura entre el ayer y el hoy?

 
Yo tomaría como referencia la salida de Seregni de la cárcel. Los cambios que se avecinaban ya se detectan en sus cartas desde la prisión, en las que hoy nos sorprende con conceptos que ya estaban presentes entre 1981 y 1982. Cuando desde allí plantea el tríptico “movilización, concertación y negociación”, eso muchas veces fue visto como una mera consigna, pero cuando quedó claro que negociar era sentarse a negociar, eso conmocionó a toda la izquierda. Al punto que cuando él decide unilateralmente ir a lo que se llamó la prenegociación con las Fuerzas Armadas, en la primera reunión del Plenario el único que defendía su posición era Rodríguez Camusso.


Pero ese concepto de negociación está vinculado al de concertación, otro término que despertaba polémicas entre la resistencia a la dictadura.

 
Cuando entre 1981 y 1982 Seregni habla de concertación, desarrolla una idea –que está muy clara en sus cartas– que va más allá de un acuerdo para transitar la salida de la dictadura. Está planteando un modelo de entendimiento, de pactos o acuerdos, para gobernar el país. Es lo que, con resultados variados, desemboca en la Concertación Nacional Programática y es desarrollado por Seregni desde el Centro de Estudios Estratégicos 1815. En el trasfondo de eso podía estar el Pacto de la Moncloa, en España, o si vamos más atrás, el de Suecia de 1937, pero globalmente en esa idea se resumen todos los modelos de acuerdo social y político respaldando un proceso. Ante la realidad creada a la salida de la dictadura, los grupos políticos del Frente Amplio (FA) tuvieron distintas reacciones y acompasamiento. Por un lado, había quienes imaginaron la salida mediante una confrontación con las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, no iban a salir a negociar o pretendían una salida que necesitaba de la confrontación, aunque ésta no estuviera explícita. Es decir, si no se renuncia a ninguna de las demandas, sólo puede haber rendición de la otra parte.

ENTRE LA NEGOCIACIÓN Y LA CONFRONTACIÓN
Lo que está implícito en consignas de la época, como ‘juicio y castigo a los culpables’, por ejemplo.

 
No sólo en eso, sino también en los ejemplos que nos venían del mundo circundante. Por ejemplo, el fin de la dictadura en Grecia o el más reciente caso de Argentina, casos de dictaduras que se desplomaron a partir de acciones bélicas externas (Chipre y Malvinas, respectivamente) o son vencidas por una acción militar interna, como es el caso de Nicaragua. Obviamente, los grupos que concebían el fin de la dictadura de acuerdo a esos modelos no iban a aceptar la negociación. En el otro extremo estaban grupos que habían jugado a una estrategia de mucha proximidad con Wilson Ferreira Aldunate a partir de la ruptura de lo que se llamó la Convergencia Democrática en Uruguay. Para esto también hubo dos períodos. El primero está marcado por la cercanía del Partido Comunista (PC) con Ferreira, lo que lo lleva a ser un grupo muy reticente a la línea de voto en blanco que impulsa Seregni en las elecciones internas de 1982, cuando estaba proscripto el FA. Pero hacia abril de 1984, se rompe la Convergencia Democrática y aparece la proximidad del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y la 99 con Wilson, lo que se grafica en la recolección de firmas para una propuesta de reforma constitucional. Con eso pretendían abrir un camino para realizar elecciones con proscripciones pero con candidatos alternativos. Esta estrategia no involucró al FA como tal, pero sí a estos sectores. En la medida que el Partido Nacional no participó del proceso negociador, precondicionando a la misma la liberación de Ferreira Aldunate, invertía el orden que había puesto el FA: primero negociar y después obtener resultados.


Sin embargo, esa postura tuvo puntos de contacto, al menos en lo táctico, con posiciones dentro del FA.

 
Había sectores en el FA que se descolocaban al ver al Partido Nacional con posiciones más radicales frente a la salida, lo que provocaba reticencias. A su vez, el Partido Comunista tuvo que hacer un proceso para concebir la negociación sin rupturas. Tenía la visión de que en algún momento tendría que producirse un quiebre. De hecho, tenía la idea –común a todo el sistema político uruguayo– de que la salida iba a ser a través de –frase muy usada en la época– ‘un Baldomir’. Es decir, que tendría que producirse un quiebre en las FF AA que determinara la aparición de una figura que, desde la interna militar, protagonizara la transición. Las figuras y grupos que se pliegan más rápidamente a la postura de Seregni son Rodríguez Camusso, el Partido Socialista (PS), el PDC y pasa a ser decisivo el PC cuando da su apoyo. Los grupos que se oponen son la Izquierda Democrática Independiente (IDI) y el Frente Izquierda de Liberación (FIDEL), pero este último caso fue de conducción coyuntural. Inmediatamente ésta cambia y esa organización entra a tener las mismas posturas que el PC. En cuanto a la IDI, es importante el rol de Héctor Rodríguez, que es determinante para que esa organización no vetara el acuerdo, pese a que tenía votos para hacerlo. La 99 aparece marginada de todo este proceso porque en el momento clave para la toma de decisiones se produce una crisis interna en ocasión de su Primer Congreso. Allí renuncia Hugo Batalla a la Secretaría General y se produce una acefalía temporal. En ese interregno se producen todos los hechos decisivos y la 99 queda marginada de la toma de decisiones.


Digamos que ése fue el detonante de un conjunto de cambios que se suceden a continuación.

 
Sin duda influyó mucho el exilio, en particular la impronta que le da al PS la llegada de la gente que estuvo en España. Algo análogo sucede con el PC, que comienza a tener una visión estratégica diferente de la de 1971. El cambio es perceptible también en las Bases Programáticas del FA, que incluso cambian su denominación, pasando a denominarse Programa. Desaparecen muchas de las concepciones de 1971, como la nacionalización de la banca y el comercio exterior, se modifica el concepto de reforma agraria, poniendo el énfasis en la producción y no en la redistribución de la tierra. Se pasa de una izquierda de concepción revolucionaria a una izquierda demócrata reformista. Es muy clara también la valoración que la izquierda del 84 hace de la democracia política, muy diferente de la del 71. Pero el viraje fundamental se da sobre el fin de la dictadura, cuando la izquierda cambia su valoración de la relación entre revolución y democracia política y se inserta en el sistema político. Desaparece la línea divisoria entre los campos y entra a darse un matizamiento de posiciones en el marco del cual es posible deslizarse hacia una u otra posición con más facilidad que en el 71. En segundo lugar, tanta importancia como esto tiene el cambio de adhesión a los imaginarios o a los modelos de país. Sin duda que a mediados de los 50 se había agotado el modelo socialdemócrata o redistributivo, creado a partir de un país con muchos excedentes. No había habido respuesta fáctica al agotamiento de ese modelo de país, pero la izquierda nunca lo había reivindicado. A partir del 84-85, los partidos tradicionales comienzan a intentar otros modelos o ajustes al modelo. Esto es muy claro en la elección del 89, en la que se ensaya una posición mucho más rupturista con el viejo modelo. Esta es la elección más revolucionaria desde el punto de vista ideológico. Si bien es en la que la izquierda accede al gobierno departamental de Montevideo, la campaña está signada por las ideas del neoliberalismo ideológico, a través de Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle.

MODELOS E IMAGINARIOS
Lo que no impide que en los partidos tradicionales subsistan continuadores del modelo anterior.

 
Por supuesto. Y el ejemplo más relevante es lo que luego termina llamándose el Foro Batllista, con una inflexión más estatista, más de tipo socialdemócrata. Sin embargo, no logró que la sociedad lo tomara de esa manera. Sus planteos de reforma permitieron a la izquierda caracterizarlo como neoliberal con mucha facilidad. Además no tuvo una mística, un imaginario, que permitiera diferenciarlo de los sectores propiamente neoliberales.


¿Ese fracaso del Foro Batllista en la apropiación de la herencia del Estado de bienestar tiene efectos sobre la izquierda?

 
Los tiene en cuanto le permite monopolizar la titularidad del retorno al imaginario del modelo al que los uruguayos vinculan como soporte del período de oro de este país, es decir, la del predominio del Estado protector. En parte esto es una gran falacia, ya que por entonces las cosas no funcionaban tal como las imaginamos ahora, pero tiene un sostén real: que el ciudadano sentía la presencia de un Estado fuerte, que lo protegía en una estructura económica de relativamente baja competitividad. En cambio, el modelo alternativo que se le ofrecía era de alta competitividad y riesgos de intemperie. Un modelo que concibe la vida como una lucha de alta competencia y un mercado que le ofrece posibilidades. Entre 1991 y 1998 hay un gran crecimiento de los ingresos de los hogares uruguayos, salvo una décima parte de los mismos, que cayó a niveles de exclusión. Sin embargo, la marginación de este diez por ciento no explica el rechazo que tuvieron esas políticas a nivel global. Ante la nueva realidad creada, la izquierda levanta un discurso que no se condecía con las estadísticas, diciendo que aquí se vivía cada vez peor, que la situación era insostenible. Yo creo que la explicación de este fenómeno es que buena parte del crecimiento del ingreso se dio dentro del imaginario uruguayo, marcado por grandes y seguras estructuras laborales. El paradigma de esto son los funcionarios municipales de Montevideo y los bancarios. Allí no hay ninguna explicación de porqué consideraban que vivían peor dos sectores que tuvieron mejoras extraordinarias (el salario municipal creció en un 80 por ciento). Pero en otros sectores la mejoría económica se hizo a costa de haber tenido un trabajo asalariado, visto como digno por el tipo de función –docente, por ejemplo– pasando a tener mucho mejor ingreso a través de la venta en el mercado público o trabajando por cuenta propia. Esto implica riesgos, incertidumbres, variaciones en el ingreso de acuerdo a las temporadas y otros albures que no están de acuerdo con un individuo cuya cultura y formación es la de asalariado inmerso en una estructura segura y en una actividad calificada, que no condice con las nuevas modalidades. Ante esto, la izquierda reivindica el imaginario del país que la gente quería y el esfuerzo de los otros partidos para demostrar que la propuesta de la izquierda era inviable se demostró infructuoso.

LA FUERZA DEL ADULTO MAYOR
¿Por qué el uruguayo se ató tanto al imaginario de los 50 y por qué todo intento de cambio de ese modelo fracasó?

 
Fracasó en primer lugar comunicacionalmente. No logró convencer a los uruguayos de sus virtudes. El caso opuesto puede ser el chileno, que tiene la idea básica de que es el correcto. En todo caso, la diferencia entre izquierdas y derechas está dada por el grado de compensación de daño social que se exige a un modelo que no se cuestiona.
Quizás habría que preguntarse por qué los dos gobiernos que pudieron hacer las reformas liberales, aun sin llegar a un modelo neoliberal, que fueron los gobiernos de Lacalle y el de Batlle, se quedaron en intentos relativamente tímidos. El empuje de Lacalle quedó frenado por el referéndum del 92, perdiendo casi simultáneamente el apoyo del Foro Batllista, pero aún así conservó mayorías parlamentarias, con las que podía haber hecho otros intentos.
El gobierno de Batlle tenía el apoyo del Partido Nacional, en ese momento conducido por el Herrerismo, con una fuerte impronta liberal en lo económico, claro que con una mayoría parlamentaria muy ajustada y con el Foro Batllista en posiciones relativamente estatistas. Estas posiciones quedaron de manifiesto, por ejemplo, en la discusión de la Unidad Reguladora del Agua, a la que después se le incorporó el tema energético formándose URSEA. Pero más allá de esto no hubo iniciativas presidenciales para buscar reformas profundas de tipo liberal. La pregunta es obvia: ¿por qué los sectores que políticamente expresaban un pensamiento de libre mercado fueron tan tímidos a la hora de plantear las medidas necesarias para ello? Creo que también les pesó el imaginario con el que querían ajustar cuentas, cosa que les pasó, asimismo, a los militares a la hora de dar el golpe de Estado.


¿Cómo funcionaba a esos efectos la relación entre la representación política y los políticos como operadores?

 
Precisamente allí la relación se complicaba. Cuando tenían que pasar del plano de los votos parlamentarios al de los operadores políticos, el ímpetu reformista se debilitaba. Un caso típico es Atchugarry, que termina operando como uruguayo medio común, buscando entendimientos, consensos, apelando al Estado para poner parches, cuando se suponía que debía ser el vocero joven del ala económicamente liberal del Partido Colorado. Termina siendo el individuo que reafirma los conceptos más claros del modus operandi del Batllismo.


Estamos hablando de un imaginario fuertemente mediatizador de las intenciones.

 
Al menos de las intenciones de destruir los conceptos sobre los que éste reposa. Por supuesto que no hay imaginario que garantice la felicidad de nadie, pero a la hora de hacer política hay que tenerlo en cuenta. Si analizamos la historia política de los últimos cuarenta años en el mundo occidental, encontramos flujos hacia posiciones muy fuertemente controladoras, estatistas e igualitaristas, y hacia el otro extremo, de posiciones extremadamente competitivas y liberales. Se sigue yendo de un extremo al otro y hay países –como Argentina– que oscilan entre esos dos polos y otros –como Uruguay– que se van moviendo milimétricamente, sin salirse demasiado del rol central.

AGONÍA DEL CLIENTELISMO
¿Esto quiere decir que no ve mucho margen para que Uruguay se aparte de esa media histórica?

 
Uruguay por lo general procesa los cambios con lentitud, pero los procesa. Sin duda que el modelo más consensuado del Uruguay de hoy es muy diferente al del 55. Esto es perceptible en la aceptación del mercado y la competencia, en la aceptación de un Estado que defiende la eficiencia. El Banco de Seguros, por ejemplo, tuvo que reformarse porque la gente no soportaba el desastre al que había llegado el sector automotores. Uruguay se va moviendo en un péndulo muy acotado, pero que va generando cambios paulatinos, que se procesan a lo largo de varias décadas. Yo le asigno importancia a los modos de hacer política. Enfrentados al viraje hacia la izquierda del electorado, los partidos tradicionales uruguayos no lograron un aggiornamiento en esa materia, como lo logró el Partido Popular en España (PP). Pongo este ejemplo para demostrar que este tema no tiene nada que ver con el eje ideológico derecha-izquierda. El PP es un partido moderno, con mucha participación y buenas estructuras y que se construyó en base de un ideario moderno y bastante liberal, aunque con contradicciones. Los partidos tradicionales uruguayos –en particular el colorado– han tenido mucha confusión entre el Partido y el Estado. La herramienta estatal le ha sido consustancial para hacer política. El problema es que el agotamiento de la capacidad del Estado supuso el agotamiento del instrumento político.


¿Cómo se va procesando ese agotamiento y el clientelismo político vinculado a la administración del Estado?

 
Primero, al hacer eficientes ciertas ramas del Estado se agota la necesidad del clientelismo. Hace 40 años a nadie se le ocurría tener teléfono si no mediaba una decisión política. Hace ocho o nueve años a nadie se le ocurre pedirle a un político que le tramite el teléfono. Lo mismo se puede decir en relación con las jubilaciones y otros rubros. En segundo lugar, se llega a un tope en la generación de empleo estatal. Eso agota de por sí el clientelismo. Pongo un ejemplo. En el primer presupuesto del gobierno blanco en 1960, se crean en la Administración Central diez mil cargos de un saque. Hoy a nadie se le ocurre ese disparate. Es decir, en la medida que el Estado agota la posibilidad de creación de empleo, se agota el clientelismo a través del mismo. Subsistió una modalidad clientelística que no cumple con el primer requisito del mismo, que es satisfacer las necesidades, o porque éstas no existen o porque no se pueden satisfacer. Frente a ese agotamiento de cierta forma de hacer política, surge el hartazgo y la condena ética de la sociedad. Al no ser viable empieza a ser vista como mala, como negativa, como puro tráfico de votos. La izquierda va quedando como la que utiliza métodos que son visualizados como más puros. No ofrece a cambio de la adhesión ventajas individuales, maneja el imaginario de otra forma de hacer política y eso también le va generando adhesión. Mi percepción es que para el avance de la izquierda jugaron los dos factores: la persistencia en el imaginario colectivo del modelo del 55 y el agotamiento en las formas de hacer política de los partidos tradicionales, que no se renovaron.

UN OSCURO PORVENIR
Teniendo en cuenta los recientes resultados electorales, ¿cómo opera en los partidos tradicionales este fenómeno?

 
En lo que respecta al Partido Colorado es claro. Por primera vez en la historia moderna uruguaya queda absolutamente desprendido del Estado, con excepción de Rivera. Forzosamente debe buscar otras formas de hacer política, de convocar, de generar alguna mística. Lo podrá lograr o no, y según el resultado su futuro es muy oscuro o podrá revivir.


Ahora bien, en estos momentos, incluso desde tiendas de los partidos tradicionales, se habla de un nuevo país surgido a partir del mapa político. ¿Cuánto puede tener de nuevo un proyecto con tan fuertes anclajes en el pasado?

 
Lo nuevo tiene que ver, más que nada, con recambio de elencos y en algunos casos, con el recambio de estilos. En cuanto a esto último, el cambio de estilos va a ser fuerte, como por ejemplo en Canelones; en otros no lo va a ser tanto. En este rubro ubico a Salto, donde las formas de hacer política y manejar la Intendencia no van a tener cambios sustanciales. De manera más relativa, también pienso en Paysandú. Sí es claro que hay una expectativa sobre el nuevo gobierno mayor que los que lo votaron. Mucho voto que no fue al FA en las municipales no es un voto de los partidos tradicionales en términos de la expectativa de lo que pasa en el país. Es el caso de San José, donde la gente premió lo que consideró una buena gestión, habiendo, una buena parte de ese electorado, votado a Vázquez en octubre. Por lo tanto, en términos de imaginario país, a esa gente hay que ubicarla del lado de Vázquez. Por otra parte, en la comparación de los resultados de octubre con las municipales de mayo se intersecta lo macro con lo micro, la visión país con la local. Carámbula y Giachetto, por ejemplo, son grandes referentes locales, tanto en Canelones como en Florida. Pero además, no olvidemos que el voto a Larrañaga en octubre y el voto a Bordaberry en mayo están expresando un cierto afán de cambio. Puede ser cambio de elencos o de estilos de hacer política, pero expresan búsquedas de aggiornamiento de los partidos tradicionales.


¿Existe percepción en los partidos tradicionales sobre el agotamiento de ciertos discursos?

 
Sí que la hay. Si observamos el discurso de Sanguinetti previo a las elecciones de octubre y el posterior, nos encontramos con un cambio notorio. Sanguinetti es un fino observador político y advierte que hay formas y estilos que se agotaron, que no tienen eco, que la contraposición extrema ya no da resultados y que la convocatoria se obtiene por el consenso, el diálogo y la búsqueda de entendimientos. A partir de entonces, empieza a rehilvanar un discurso más batllista, tanto en relación con el Estado como en el gran énfasis que puso –que no es menor, pasando lo que pasó después– en la laicidad.

LA ATEMPERACIÓN DE LOS POLOS
Parecería que en Uruguay éste es un mal momento para las derechas e izquierdas duras y puras, al menos en el discurso.

 
Si por derecha te estás refiriendo a la derecha autoritaria o populista, yo creo que es el momento de mayor reflujo en el Uruguay de los últimos 50 años. Esto es muy claro si tomamos como referentes a sectores y dirigentes que, apelando a ese discurso, hoy tienen una capacidad de convocatoria minúscula. Por otro lado, en relación con la izquierda dura, el panorama es más confuso. Si la concebimos de acuerdo a los parámetros de los años 60, 70 y principios de los 80, con un planteo claro, fuerte, nítido, de características revolucionarias, nos encontramos con que está tan empequeñecida como la derecha autoritaria. Pero el Movimiento de Participación Popular (MPP) expresa a una masa de gente con un discurso que no es racionalizable en categorías, que es difícil trasladar al papel porque tiene sentimientos muy contradictorios. Son sentimientos que en algunos casos implican rechazo, no en el eje derecha-izquierda, sino en el eje de manejos políticos con determinadas lógicas y racionalidades –en los que entraba tanto el Partido Colorado como el Comunista–, y que podrían apuntar a un mayor espontaneísmo. Rechazo a ciertas formas de consumismo, pero que puede implicar el rechazo a mucho más que el consumismo, como pueden ser determinadas formas de organización y estructura de la economía y del funcionamiento social. Allí hay una porción del electorado difícilmente categorizable. Debo aclarar que cuando digo ‘discurso’ no me refiero fundamentalmente a los dirigentes, sino al discurso de la gente que vota ahí, cuyos motivos son muy diversos e inclasificables.

LO QUE VENDRÁ
Después de rastrear tantos antecedentes, deberíamos incursionar en cómo imagina estos cinco años de gobierno venideros.

 
Es muy difícil predecir hacia dónde va el nuevo gobierno. De lo que uno puede hablar es de ciertos desafíos que hay de por medio, y si hablamos de desafíos tenemos que hablar de los riesgos que implican. El primer desafío es que a este gobierno le puede ir mejor o peor, pero no tiene margen para fracasar. La sociedad no admite el fracaso y éste es el primer gran desafío y a la vez el primer gran riesgo. Segundo, es un gobierno que, quizás más que todos los que lo antecedieron, tiene un primer gran desafío-riesgo: tener elencos con capacidad de gestión. La izquierda no se preparó para el gobierno, entendiendo por tal la generación de cuadros con la formación suficiente para la cantidad de niveles de decisión y ejecución que exige el gobierno. Por otro lado, hay áreas en las que está aprovechando capacidades acumuladas por gobiernos anteriores y profesionalidades existentes y otras en la que considera que todo lo que no pertenece al FA y adyacencias no debe participar en la gestión. Eso comporta el riesgo de que haya áreas en las que se desarmen estructuras que están funcionando. El tercer riesgo es que la izquierda llega demasiado cerca del gobierno, con demasiadas ideas y pocos planes. Se está viendo, ya transcurridos setenta días de gobierno, lo que cuesta aterrizar planes. Por ejemplo, un problema que no tiene el Parlamento es el atolladero de proyectos que vienen del Poder Ejecutivo. Lo cierto es que el momento de auge del presidente es cuando asume y tiene un gran poder hasta que viene la discusión presupuestaria. Este gobierno tiene posibilidades de extender más ese poder, pero cada transacción que haga, cada paso que dé, va a implicar un desgaste que en algún momento va a estallar. Entonces, hay un momento de iniciativa del gobierno y otro en el que la pierde porque ya no tiene la fuerza inicial, y eso le sucede a cualquier gobierno, sin excepción.


¿Entiende que buena parte del éxito de este gobierno se define en la distribución de la riqueza?


Creo que algo se va a jugar en eso, pero lo fundamental es obtener algún resultado cuya importancia radica más en la forma en que lo ve la ciudadanía que en su valor intrínseco. Yo pensaba que el rumbo podía estar más por el lado del Plan de Emergencia, de la indigencia, de la pobreza extrema, pero al día de hoy no lo veo claro, porque me parece que al propio gobierno se le han entreverado los diagnósticos en la medida en que empezó a indagar en profundidad en el tema. No era tan simple como para resolverlo cambiando cheques contra prestaciones.
 

Reportaje de Caras y Caretas
mayo - 2005