Si hoy hubiera elecciones

El EP-FA oscila entre un piso del 49% y un techo del 54%

La elección se juega en que los rivales del EP-FA logren volcar a su favor a quienes hoy votarían a la izquierda pero tienen dudas en mantener el voto. Aun así, hoy lograría mayoría absoluta en ambas cámaras

Lo más significativo de la Encuesta Nacional Factum del comienzo de octubre es que el Encuentro Progresista-Frente Amplio logra transformar en intención actual de voto lo que 15 días atrás era solo simpatía, cercanía o algún atisbo de proclividad. En el otro extremo, el Partido Colorado continúa su constante caída de pérdida de un punto porcentual todos los meses hasta llegar al 9% actual (que no es su piso, pues los realmente decididos a votarlo son tan solo el 7% del electorado y si no logra revertir la tendencia podría caer más aún)
El proceso de decisión del voto es un fenómeno harto complejo, en que intervienen elementos racionales y emocionales, y que se produce durante largo tiempo. Casi todas las personas, aún las más lejanas a lo político, van formando percepciones sobre los distintos partidos políticos a lo largo de su vida (al menos sobre los más grandes). Y también van elaborando percepciones sobre los dirigentes políticos a lo largo de la vida pública de estos, o más precisamente, desde que estos llegan al primer plano. Por eso no es analizable el proceso electoral como si fuese un mercado donde los consumidores conocen los productos de golpe, sin información previa. Este proceso largo y complejo arroja distintos niveles de decisión. Si se busca una clasificación muy exigente, habría que empezar por el núcleo duro de pertenencia, constituido por las personas que sienten ser de un partido, es decir, que “son blancas, coloradas, frenteamplistas”. Un segundo escalón lo constituyen los que sin sentirse parte de un partido, tienen definido el voto al mismo desde hace mucho tiempo. Hoy manifiesta un voto absolutamente decidido por algún partido 83 de cada 100 electores; 68 de ellos ya tenía decidido ese voto hace dos años solamente 15 tomaron la definición en el correr de 2004 (casi todos ellos a favor del Partido Nacional). Solamente 17 de cada 100 electores toman la decisión plena en esta etapa.

Con miras a las elecciones, a tres semanas de las mismas, pueden encontrarse cinco categorías de votantes: a) Los decididos (83%); b) los que hoy votan por un partido y no saben qué hacer el 31 (8%); c) los que no optan entre partidos y hoy eligen un presidenciable, sin saber si mantienen o cambian el voto el último domingo del mes (2%); d) los que todavía no definen hacia dónde piensan inclinarse, pero expresan simpatía por algún partido o candidato (2%); e) los verdaderamente sin definición, que constituyen tan solo el 3%. Para proyectar el voto de estos indefinidos se toman en cuenta varios elementos: a quién nunca votarían, de qué partido se sienten más lejos, trayectoria electoral en años anteriores, voto en el referendo sobre Ancap, voto en las elecciones preliminares de junio y además algunos componentes sociodemográficos, como edad, nivel socioeconómico, nivel de educación, actitud religiosa, autoidentificación ideológica, interés en política, antigüedad generacional de nacimiento en el país. De todo esto resulta que estos últimos indefinidos pueden volcarse así: quizás un punto hacia la izquierda, uno o dos al nacionalismo, quizás uno al Partido Independiente y probablemente uno al voto en blanco o nulo.

A esta altura, con tres semanas por delante, la izquierda tiene que extremar la prolijidad para no perder ningún dudoso. Y para ello tiene muchos riesgos. El más importante de todos, la existencia de siete listas con posibilidades de acceder al Senado, que necesariamente van a extremar sus esfuerzos por diferenciarse, con los riesgos de salirse de libreto. También puede cometer errores el propio candidato presidencial o su acompañante, y la jefatura de campaña ha mostrado que genera iniciativas por su cuenta. Del otro lado, de quienes quieren que haya balotaje, y naturalmente desde Larrañaga y el Partido Nacional, todo el énfasis debe estar puesto en hacer trastabillar a todos los que hoy se inclinan hacia el EP-FA y tienen dudas en mantener el voto. Dicho de manera simple: intentar hacer caer en errores gruesos a Vázquez y su gente. En ese 3% del electorado se juega la suerte de la elección presidencial. En cambio, tiene que haber hechos más impactantes aún para modificar el resultado de la elección parlamentaria: para que el EP-FA no logre la mayoría absoluta en ambas cámaras se necesita que pierda votos de gente que hoy está plenamente decidida a votarlo el domingo 31.

Publicado en diario El Observador
octubre 10 - 2004