01 Jul. 2017

El suicidio de las ballenas

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La legitimidad de la democracia radica en la confianza de los ciudadanos […] Hoy y desde hace unos cuantos años, la confianza en el sistema político es baja y en creciente caída […] Como fuere, con tanquetas, botas y fusiles antes, con procedimientos judiciales más tarde, con juicios parlamentarios más ahora, siempre hay caminos alternativas al más puro camino democrático […] La dirigencia política uruguaya comenzó hace un par de décadas en la búsqueda de la destrucción del otro, para luego observar que los intentos cruzados de homicidio … devinieron en suicidio colectivo de unos o de otros


La legitimidad de la democracia radica en la confianza de los ciudadanos

Hay momentos en que determinadas especies registran fenómenos extraños de suicidios masivos -explícitos o implícitos- como el caso de las ballenas que nadan hacia la costa y quedan atrapadas en las rocas o las arenas. A comienzos de este año varios cientos de ballenas quedaron atrapadas y muertas en las costas de Nueva Zelanda, pese al esfuerzo de autoridades y organizaciones ambientalistas. No se explica con claridad el por qué ocurre.

La poliarquía es un sistema político basado en las formas y en los contenidos. Una poliarquía -que equivale más o menos al concepto de una democracia plena de partidos- requiere del cumplimiento de formas y de contenidos. No solo de haber elecciones limpias, libres, competitivas en plenitud, sino también ocurrir en el contexto de sociedades con amplias libertades civiles, garantías, derechos ciudadanos. Pero es un elemento esencial a la poliarquía, a las democracias más puras, la confiabilidad de los ciudadanos, la creencia en los agentes políticos y los actores políticos, que es lo que otorga la legitimidad sociológica.

Hoy y desde hace unos cuantos años, la confianza en el sistema político es baja y en creciente caída. La confianza en el Parlamento está algo por debajo del 30% y la confianza en los partidos políticos más bajo aún, apenas por encima del 20%. Hay una pérdida generalizada de credibilidad en los agentes (partidos, sectores) y en los actores (líderes, candidatos, gobernantes, parlamentarios). Esa pérdida afecta a los tres partidos clásicos del país. Descreen de sus propios representantes los frenteamplistas, los blancos y los colorados. No hay ningún sector que pueda tirar la primera piedra. Esto es un dato relevante.

La convocatoria en las elecciones preliminares del ciclo electoral, las mal llamadas “elecciones internas”, registran un nivel de participación decreciente. Comenzó en 1999 por debajo del 60% y alcanzó en 2014 -medido en término de votos afirmativos a partidos y candidatos para cargos nacionales- apenas en el tercio. Los dos tercios de los ciudadanos uruguayos no expresaron preferencia alguna por partido, candidato o lista de nivel nacional.

En elecciones nacionales propiamente dichas, con voto obligatorio, la disconformidad no se expresó en un incremento sustancial del voto en blanco o del voto anulado (aunque aumentó levemente). Pero resulto claro que desde 2004 en adelante, el voto a las cuartas y demás opciones aumentó significativamente: Partido Independiente, Asamblea Popular/Unidad Popular, PERI, PT, además de voto en blanco y anulado. Sin tomar datos más alarmantes de las encuestas recientes, los datos crudo de voto son llamados de atención.

Hay algo claro y es que en Uruguay no existe una oleada del tipo “que se vayan todos”, como ocurrió por ejemplo en Argentina, pero eso no quiere decir que si la gente no quiere “que se vayan todos”, ello quiere decir “que se queden todos”. Si se quiere, es una disconformidad a la uruguaya, suavemente ondulada.

En los años sesenta del siglo pasado, los dirigentes políticos -de manera generalizada- se negaron a ver el creciente descontento de la gente. Primero, por la fácil explicación de que “la gente vota igual”, sin valorar si ese voto se emitía con fervor y confianza o como algo rutinario y residual1. Antes de acabar la década, sectores significativos de la sociedad apostaron a las armas, o las del Estado o las de la Revolución. Hoy no hay cabida ni para los golpes militares ni para las guerrillas, en este tiempo y en estas latitudes. Pero en el mundo han comenzado otras formas de golpes a la poliarquía. Una de esas formas es la judicialización de la política, cuya forma extrema se vio en Italia con el proceso de Tangentopoli, que derrumbó el sistema de partidos y barrió con la mayoría de la élite política. Otra son los golpes parlamentarios, como los otrora practicados en Ecuador, más cerca en Paraguay y a la vuelta de la esquina en Brasil2. Como fuere, con tanquetas, botas y fusiles antes, con procedimientos judiciales más tarde, con juicios parlamentarios más ahora, más allá de las formas siempre hay caminos alternativas al más puro camino democrático, o con mayor precisión, poliárquico.

La dirigencia política uruguaya comenzó hace un par de décadas en la búsqueda de la destrucción del otro, del enemigo, interno o externo, una especia de intento simbólico de homicidio, para luego observar que los intentos cruzados de homicidio, o al menos de lesiones graves, devinieron en suicidio colectivo de unos o de otros. El espectáculo con mucho de “reality show”, de operativos masivos de destrucción de actores políticos -operativos impulsados desde el sistema de poder- conlleva a infundir en la sociedad la imagen de una élite política corroída, en la que resulte imposible creer o confiar. La historia enseña, y más aún la historia reciente y el relato presente de esta comarca, de este vecindario y de este mundo, que en este juego no hay ganadores, solo hay perdedores. Y los perdedores son no solo los agentes y los actores políticos, sino la democracia entendida como poliarquía plena, y no solo la democracia, sino la sociedad en su conjunto.

La pregunta que surge cada vez que en una etapa histórica aparecen procesos autodestructivos es: ¿cómo no se dieron cuenta de lo que hacían? ¿cómo no previeron las consecuencias? Y esto es válido desde los juegos destructivos al final del Imperio Romano hasta hoy.


1 Ver No te preocupes, chiquilín, El Observador, junio 6 de 2010, en Factum Digital

2 Ver Paraguay: No hay duda: fue un golpe de Estado, Se trata no solo de Paraguay, Miré hacia abajo en mi tumba abierta”, Los golpes a la poliarquía y Aquellos vientos y estas tempestades, El Observador,junio 24 y julio 1° de 2012, abril 17 y setiembre 10 de 2016, y mayo 20 de 2017, en Factum Digital