02 Nov. 2014

El balotaje no es una sola cosa

Oscar A. Bottinelli1

El Observador

Hay muchas propuestas de modificar las reglas del fútbol, como introducir el corner corto o la suspensión del jugador. Son modificaciones al juego. Pero si alguien propone que el fútbol no se juegue con las piernas sino con las manos, no es una modificación a las reglas del juego sino una modificación del tipo de juego. Primera advertencia: tener claro si lo que se quiere es modificar las reglas del mismo juego o cambiar de juego, ir a otro tipo de juego.


Hay muchas propuestas de modificar las reglas del fútbol, como introducir el corner corto o la suspensión del jugador. Son modificaciones al juego. Pero si alguien propone que el fútbol no se juegue con las piernas sino con las manos, no es una modificación a las reglas del juego sino una modificación del tipo de juego. Primera advertencia: tener claro si lo que se quiere es modificar las reglas del mismo juego o cambiar de juego, ir a otro tipo de juego.

Cuando se habla de fútbol unos piensan en unas personas que corren a cara descubierta y disputan una pelota redonda; otros piensan en hombres con casco, hombreras, protector de la cara, que corren con una pelota ovalada en sus manos. Segunda advertencia: tener claro que una misma palabra puede referir a cosas (juegos, sistemas) completamente diferentes.

Cuando se discuten las reglas del balotaje, no es lo mismo flexibilizar la elección en primera vuelta manteniendo el principio de la mayoría absoluta, que ir a un sistema completamente diferente, de volver a la mayoría relativa con la introducción de algún tipo de barrera o de condición para la elección. Son dos sistemas distintos, que responden a lógicas también distintas, dentro del macrosistema mayoritario-pluralitario.

Lo que engaña es que ambos implican realizar una segunda vuelta. En el caso uruguayo se agrega que la existencia de un presidente de la República elegido directamente y la no existencia de un primer ministro, hace creer que se trata de un régimen presidencial, cuando en realidad el sistema uruguayo es un sistema semiparlamentario, con cierta similitud al sistema francés.

En principio hay tres grandes categorías de sistemas mayoritarios de doble vuelta con bases y objetivos diferentes. Uno es el sistema de mayoría absoluta invariable (como el francés y el uruguayo), en que se busca que sea electo quien cuente con la mayoría absoluta de los votos; si esos votos no se obtienen de primera, se realiza una vuelta definitoria entre los dos más votados. Cualquier cambio que se haga a este principio, cambia radicalmente el sistema, sus bases y sus objetivos. En el caso uruguayo en particular, en que el voto es en conjunto por presidente, senadores y diputados, se busca que el presidente no solo resulte elegido por mayoría absoluta, sino que cuente con respaldo parlamentario natural, ya fuere porque al ganar en primera vuelta ya obtuvo esa mayoría, o porque el sistema tiende a que se conformen coaliciones electorales (para la segunda vuelta) y consecuentemente de gobierno. Lo que el sistema uruguayo tiene como exceso, es que es el único caso en el mundo en que se cuentan los votos en blanco y los votos nulos para determinar la barrera de elección, la cual en lugar de ser medio voto más del 50%, tiende a ubicarse entre el 51,4% y el 51,7% de los votos válidos (dependiendo del volumen de los votos blancos y nulos). Sin duda lo que aparece dentro de la lógica sistémica es adecuar la barrera a los criterios dominantes universalmente y llevarla o a superar el 50% de los votos válidos u otorgar la elección al partido que obtuviere mayoría parlamentaria, expresada en el logro de 50 bancas en la Cámara de Representantes.

Otro sistema de doble vuelta es el de mayoría relativa con barrera o condicionamiento. No busca que el electo cuente con la mayoría absoluta de los ciudadanos detrás suyo, y por la misma razón no queda relacionado con ninguna mayoría parlamentaria o legislativa. El objetivo es que no resulte electo un presidente con una baja base ciudadana, como ocurrió en Uruguay en las dos últimas elecciones por mayoría relativa: en 1989 el Partido Nacional no alcanzó al 40% de los votos válidos y en 1994 el Partido Colorado no llegó al 33%. Pero no se pretende que haya mayoría ciudadana ni parlamentaria, sino buscar un respaldo mínimo predeterminado para el elegido. En general hay dos modalidades: la de establecer una barrera (40%, 45%) o establecer una barrera más baja con spread (Argentina, por ejemplo, establece una barrera de funcionamiento autónomo del 45% y una barrera del 40% condicionada a una diferencia de 10 puntos porcentuales entre el primero y el segundo) Una variante es una barrera autónoma y en su defecto un spread sin exigencia de barrera. La segunda a vuelta tiene más una función de desempate que de búsqueda de la mayoría absoluta.

Hay un tercer sistema, el de mayoría románica, que juega al revés del anterior y lo que busca es que haya una segunda vuelta definitoria si en primera vuelta nadie obtiene la mayoría absoluta, pero esa segunda vuelta no busca la mayoría absoluta, sino que puede realzarse entre tres y más candidatos (régimen dominante en la República de Weimer, Alemania, o actualmente en Francia para la Asamblea Nacional). Sus lógicas y bases giran en otra órbita y por tanto escapan a este análisis.

Como curiosidad, Australia tiene un sistema de mayoría absoluta invariable en una sola votación, en la que los ciudadanos orden su voto otorgándoles la primera, segunda, tercera y demás preferencias que hubiere. La elección no se define por nueva elección sino por nuevo cómputo de los votos.

La primera modalidad de dos vueltas, la de mayoría absoluta invariable, es el sistema actual. Tiene la lógica de correlacionar la elección presidencial con la parlamentaria: buscar que el presidente cuente con el respaldo de la mayoría absoluta de los ciudadanos activos (los que votaron por algún partido) y cuente además con el respaldo de la mayoría absoluta del Parlamento.

La segunda modalidad (que ha encariñado a algunos políticos que la esgrimen sin percibir el cambio radical de sistema que supone) no solo no asegura esa concordancia, sino que puede conducir al efecto opuesto, a posibilitar la elección de un presidente sin mayoría parlamentaria contra una mayoría parlamentaria en sentido opuesto. Cabe imaginar una elección donde el partido A obtiene el 45% de los votos y de las bancas, los partidos B y C sumados (primos hermanos entre sí) el 52% de votos y bancas, y el resto el 3%. Resulta que el partido A logra la elección de presidente y los partidos B y C cuentan con mayoría parlamentaria. Es una delicada situación que conlleva complejas negociaciones para evitar estar frente a una confrontación política.

Cabe imaginar otra elección siempre en el modelo argentino: el partido A obtiene el 44%, el partido B va camino a obtener el 32% y el partido C el 10%. Con la regla argentina, el partido A aunque no sobrepasa la barrera (o ésta no existe) obtendría la Presidencia con ese 44%. En realidad aquí se aplican las lógicas de la mayoría relativa, bien conocida en el interior, especialmente en Salto (víctima el Partido Nacional) y en San José, Flores, Lavalleja, Durazno, Tacuarembó y Cerro Largo (en todos víctima el Partido Colorado). La lógica de la mayoría relativa en un juego de triadas no perfectas, donde dos de los actores son más próximos entre sí que con el tercero, lleva necesariamente a que el partido menor de esos dos se desangre en beneficio del partido mayor. Ante el riesgo de que el partido A obtenga la presidencia tan solo por diferencia de 10 puntos, una masa consistente de votantes del partido C se inclinaría (y en los departamentos mencionados se inclina) por el partido B para asegurar el triunfo de esa área B+C.

En Uruguay esta segunda modalidad existe en las “elecciones internas”, donde la regla es que es elegido candidato único del partido quien obtenga la mayoría absoluta de los votos válidos del partido o un piso del 40% más una diferencia de 10 puntos con el segundo. Esta última variante se aplicó una sola vez, en abril de 1999, cuando Lacalle Herrera no alcanza el 50%, supera la barrera del 40% y obtiene una diferencia con Ramírez de más de 10 puntos. Pero aquí no hay mayoría parlamentaria a cuidar. Solamente definir un candidato con un buen apoyo.

Es necesario, pues, tener muy en cuenta los riesgos de operar con simples variantes de números sin advertir que se producen profundos cambios de sistema.


1 Catedrático de Sistema Electoral de la Universidad de la República, Facultad de Ciencias Sociales, Instituto de Ciencia Política.