10 Ago. 2014

El tiempo de los cuchillos largos

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Pasado el 1° de junio, apagados los ecos de las mal llamadas “elecciones internas”, alejada la tristeza por la derrota de Uruguay ante Colombia y la indignación nacional por el linchamiento de Luis Suárez, vino el momento más duro y más cruel de la política, el más desagradable. Es también el más estresante para los actores del nivel parlamentario, de las figuras que acompañaron la disputa presidencial. Todos y cada uno luchan primero por ascender; si ello no es posible pelean por mantenerse en su lugar, y en última instancia combaten por sobrevivir.


Se cuenta -no importa el verdadero nombre de los partidos y tampoco si es cierto, porque se non è vero, è ben trovato- que un día un observador extranjero se reúne en una mesa con varios políticos uruguayos. A la derecha está uno del partido amarillo, flanqueado por dos correligionarios o compañeros; enfrente, uno del otro partido, del verde. El extranjero le pregunta al del partido amarillo: “¿El que está a su frente es del partido verde, no, su enemigo?”

“No- responde- es solamente un ocasional y leal contrincante en la competencia entre los partidos”. 

“Ah! Y entonces ¿el que está a su derecha es su compañero de partido, su aliado?”

“Bueno, más o menos. En realidad es mi adversario. Él pertenece a la otra fracción de mi partido”

“Este ... bueno -titubea el observador- entonces su aliado es el que está a su izquierda”

“No, hombre -contesta cansado de la incomprensión del visitante- él es mi enemigo: es de mi misma lista, es el que disputa conmigo el lugar en la lista, es él o yo”

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Pasado el 1° de junio, apagados los ecos de las mal llamadas “elecciones internas”, alejada la tristeza por la derrota de Uruguay ante Colombia y la indignación nacional por el linchamiento de Luis Suárez, vino el momento más duro y más cruel de la política, el más desagradable. Es también el más estresante para los actores del nivel parlamentario, de las figuras que acompañaron la disputa presidencial. Todos y cada uno luchan primero por ascender; si ello no es posible pelean por mantenerse en su lugar, y en última instancia combaten por sobrevivir. Es el momento en que todas y cada una de las fracciones políticas, nacionales y departamentales, elaboran sus listas de candidatos. Cuando el elector recibe esas listas, días antes de la votación, lee un simple y neutro conjunto de nombres. No ve, no conoce, la lucha que hay detrás, las angustias, dolores, éxitos y fracasos que subyacen tras esas asépticas nóminas.

No es diferente a cualquier otra actividad en la vida. No es distinto a la lucha entre empresarios, entre profesionales, entre deportistas o entre universitarios, o la disputa entre compañeros de trabajo. La diferencia estriba que en política todos los actores de todos los partidos y fracciones, luchan al mismo tiempo los unos contra los otros por la reelaboración de los escalafones, de los ranking. En la carrera universitaria los docentes grado 4 de una especialidad de un área de una de las quince facultades compiten un día por un ascenso a grado 5; y los que pierden siguen como grado 5. Otros lo harán otro día, en otro lugar. Y no compiten ni todos los grados, ni todas las especialidades, ni todas las áreas ni mucho menos todas las facultades. La carrera es una por una, separada, a lo largo de los días, las semanas y los meses.

En política, en cambio, todo o casi todo se baraja a la vez. Hubo una preclasificación el 1° de junio y habrá un descarte final el 26 de octubre. Para algunos queda otra carrera el 10 de mayo del año siguiente. Pero ahora se elabora el ranking. Un diputado puede aspirar a ser senador, puede ir en un lugar privilegiado de la lista o no, y en este caso al menos repetir como diputado; o puede no correr para senador ni repetir para diputado. O quedar en el purgatorio, en el lugar o los lugares de riesgo, en los que solo podrá saber si ganó, empató o perdió recién en la noche del 26 de octubre, o según los tiempos geológicos de la Corte Electoral, al día siguiente, o al otro, o al otro.

El contraste entre el triunfo y la derrota lo relató con fría crudeza el célebre periodista norteamericano Thedore White, autor de la crónica de las elecciones presidenciales norteamericanas de 1960, 1964, 1968, 1972 y 1980. Dijo que luego que se cerrasen las casillas de votación, uno de los dos competidores pasaría a ser un capítulo de la historia americana y el otro una simple llamada al pie de página. Así de cruda es la vida política. Es la cara tensa y áspera que los ciudadanos no perciben, que hace de la carrera política una de las más duras que hay sobre la faz de la tierra, capaz de sacar lo mejor y lo peor de cada uno.

Esto es así aquí y lo fue en el pasado. Y lo es y lo fue en las demás democracias de partido a lo largo y ancho del mundo. Ocurre que la intensidad puede ser mayor o menor. Puede ser como aquí y ahora una dura temporada de cuchillos largos, o puede ser algo previsible, que se va dibujando en el horizonte y que al final produce alguna otra magulladura, alguna que otra herida y nada más. En sustancia, todo depende de dos factores: de la arquitectura del sistema de partidos, de las reglas de competencia interior y de la fortaleza y permanencia de los liderazgos y las elites partidarias y fraccionales. Uruguay tuvo a lo largo de buena parte del siglo XX organizaciones partidarias sólidas y estables (más bien fracciones de grandes y complejos partidos), con liderazgos indiscutidos y de larga vigencia. Los traumas, los tiempos de los cuchillos largos, alcanzaron su esplendor en la transición entre la desaparición de un liderazgo o una elite dirigente y la aparición del siguiente liderazgo o la siguiente elite. Por las dudas, no es lo mismo ser referente popular que líder; un líder es un conductor, una persona que traza el camino y es seguida por sus partidarios. Puede haber fuertes referentes electorales y ello no supone la existencia de fuertes liderazgos.

En las últimas décadas se asistió en los tres grandes partidos al debilitamiento de los liderazgos, a la pérdida de poder o la desaparición de esos poderosos conductores, al paralelo debilitamiento de elites colectivas y a la delicuescencia de las reglas internas para la disputa del poder interior y de los cargos de representación. Y paralelo a esa desaparición de estructuras fuertes y reglas claras, se potenció el tiempo de los cuchillos largos.