04 May. 2014

El aprendiz de brujo en Uruguay

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La reforma constitucional de 1996 fue un agregado de piezas inconexas, producidas mediante el razonamiento restringido de buscar instrumentos sin discutir objetivos y sin saber con exactitud cuáles se perseguían. Esa desordenada acumulación de engranajes, sin un plano previo, determinó un sistema electoral cuyos efectos han sido devastadores para el sistema político, ha acelerado su desgaste, incrementado el costo electoral, enturbiado aún más las campañas electorales, alejado a cada vez más gente de involucrarse en la acción politica y acentuado el desapego de los ciudadanos respecto a los actores políticos.


El aprendiz de brujo (L'Apprenti sorcier) es un poema sinfónico de Paul Dukas, basado en una balada de Johann Wolfgang Goehthe, recogido por Offenbach en el álbum Viva La Música y popularizado por Walt Disney en el filme Fantasía (1940). El argumento central es el de un aprendiz de brujo que da vida a una escoba, para que haga el trabajo por sí sola. El aprendiz no logra articular la palabra mágica para frenar la brujería y la escoba sale de todo control. Es la enseñanza del que desata fuerzas sin saber cuáles pueden ser esas fuerzas y luego no puede controlar.

La reforma constitucional de 1996 fue un agregado de piezas inconexas, producidas mediante el razonamiento restringido de buscar instrumentos sin discutir objetivos y sin saber con exactitud cuáles se perseguían. Esa desordenada acumulación de engranajes, sin un plano previo, determinó un sistema electoral cuyos efectos han sido devastadores para el sistema político, ha acelerado su desgaste, incrementado el costo electoral, enturbiado aún más las campañas electorales, alejado a cada vez más gente de involucrarse en la acción politica y acentuado el desapego de los ciudadanos respecto a los actores políticos. Estos, los actores, sufren los efectos, se quejan de ello pero no atisban a buscar remedio. Lo más curioso es que la reforma se inició con un único objetivo y el mismo se ha cumplido a la perfección: el balotaje (puede gustar o no el instituto, pero es indiscutible que el mecanismo uruguayo corresponde a la perfección a la lógica del mismo). Luego vino el deseo de retocar a diestra y siniestra y se terminó con un larguísimo ciclo electoral de casi un año entre la primera y la última elección, y como consecuencia de ello el alargamiento de la campaña electoral a circa 20 meses. Es decir, un tercio de los 60 meses del periodo de gobierno es absorbido por la campaña electoral directa.

Una pieza crucial, una de las cuáles fue puesta desordenadamente en la máquina construida sin plano y sin objetivo claro, son estas mal llamadas elecciones internas. En principio están concebidas solo para elegir el candidato presidencial único de cada partido. Pero se le llenó de aditamentos, se elige un órgano deliberativo nacional (ODN) o convención nacional y en cada departamento un órgano deliberativo departamental (ODD). El primero tiene como única función elegir el candidato a vicepresidente y en forma supletoria al candidato presidencial. El segundo tiene como objetivo elegir el candidato único a intendente, que luego se dice que pueden ser dos y la Corte Electoral interpretó que donde dice dos pueden ser tres. La realidad es otra, las listas al ODN son competencias preliminares para marcar fuerza con vista a la confección de las candidaturas a la Cámara de Representantes, o para la formalización de acuerdos entre agrupaciones en base al capital demostrado por cada uno.

Eventualmente ofician de registro de capital electoral para la confección de listas senatoriales. Y a su vez como se agrupan en sublemas, éstos marcan la fuerza de cada corriente nacional. Lo mismo se reproduce a escala departamental, donde la competencia las ODD marca (con un año de antelación) las candidaturas a intendente y los rankings para definir las listas a las juntas departamentales. En un país donde los partidos tienen la posibilidad de multiplicidad de candidaturas parlamentarias, se agrega la realización de una especie de primarias, en realidad un ranking primario, una evaluación primaria de capital electoral. Esto determina que en la competencia personalizada, al interior de los partidos, la elección de junio es crucial: se juega in totum la posibilidad de continuar en carrera y de calificar para cargos parlamentarios.

Aquí es donde emergen desde detrás del telón los aprendices de brujo, que fueron los constituyentes de 1996. Hay muchos efectos vistos luego de tres instancias anteriores (abril de 1999, junio de 2004 y de 2009) y que se avizoran para la actual. La más evidente es la enorme cantidad de dinero y de tiempo destinado a esta campaña, que en el caso del Partido Nacional puede superar holgadamente a todo lo que se gaste en las instancias de octubre y de noviembre (contabilizando el gastos que realiza cada una de las agrupaciones nacionales y cada una de las agrupaciones departamentales). Más aún, puede estimarse que se puede llegar a gastar en junio el doble que en octubre y noviembre sumados. En los otros partidos el gasto puede ser igual o menor (especialmente en el Frente Amplio), pero elevado. Consecuencia: se llega a la verdadera competencia entre partidos, a la real lucha por el poder, con elevado consumo de capital y agotamiento de fuerzas.

A ello hay que sumar otro efecto. En junio hay ganadores y perdedores. No solo a nivel presidencial, donde muchas veces (no siempre) los perdedores no son perdedores del todo, ya que o encabezan listas senatoriales o integran como número dos la fórmula presidencial. Las víctimas, los muertos y desaparecidos, se da en el nivel de las disputas senatorial, diputacional y edilícea. Allí es donde la fuerza de los partidos se diezma (o más exactamente se dimezza, se reduce a la mitad).

Un tercer efecto parte de que no se cuadruplican los aportes por haberse cuadruplicado la cantidad de elecciones, ya que en definitiva el volumen global de fondos aportables se correlaciona con el producto interno bruto: a mayor producto, mayor volumen, y a la inversa. De donde, en situación de estabilidad del producto, los mismos aportes se deben dividir entre tres o entre cuatro.

Entonces, la recolección de fondos se dificulta. Así pues, los actores políticos inician la campaña por la disputa real del poder, el combate entre partidos, con menos capital, menos recursos humanos, y además más cansados.

Pero del ángulo de los ciudadanos de a pie, hay elementos que deterioran su apreciación de los actores políticos: la extensión de las campañas electorales, la sobre exposición de los políticos, la dureza que en mayor o menor grado crece hacia el final y en particular la fenomenal exhibición de ambiciones personales por encima de la discusión de temas. El ciudadano primero se divierte con el espectáculo y luego se harta de los actores.