12 Ago. 2012

Se es lo que es, no lo que se quiere

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Los conflictos entre el gobierno argentino y el gobierno uruguayo [...] ha tenido enfoques muy diferentes del lado uruguayos. [...] En la actualidad hay en principio cuatro grandes áreas de conflicto [...] El presidente responde que Argentina es importante para el país y que sigue apostando al diálogo. La pregunta es si esta estrategia de diálogo y paciencia conduce a la obtención de resultados o no.


Es muy difícil entender al otro si uno cree que el otro piensa y actúa como uno y tiene los mismos valores y prioridades. También es muy difícil entenderlo si se mira al otro a través de cristales ideologizados o de las propias simpatías o antipatías, o en base a un retrato al carbón sin matices y hasta caricaturizada. En el análisis estratégico se trata de entender al otro a partir de quién es el otro: cómo piensa, cuáles son sus valores, cuáles sus percepciones del mundo y de la sociedad, cuál es la sociedad en que se educó y cuál la que vive, cuál es su estructura de personalidad. Solo así es posible entender al otro y solo así es posible tratar una estrategia realista, que como toda estrategia, su éxito o fracaso depende por un lado de elementos objetivos fuera de control y por otro lado de lo acertado o desacertado de los caminos tácticos trazados, y además de la capacidad para saber implementar esa táctica sin desviarse del objetivo estratégico.

Los conflictos entre el gobierno argentino y el gobierno uruguayo o el largo conflicto con etapas y leif motiv diferentes, ha tenido enfoques muy diferentes del lado uruguayos. Básicamente se pueden observar tres: la búsqueda sustancial del entendimiento y el otorgamiento casi ilimitado de concesiones al gobierno argentino (primera y breve etapa de Vázquez); el enfriamiento en las relaciones y la negativa al diálogo y el entendimiento (segunda y larga etapa de Vázquez); nuevamente la búsqueda persistente del entendimiento, la apuesta al diálogo y el otorgamiento de concesiones con la idea de poder obtener (o haber obtenido) resultados equivalentes (etapa Mujica).

En la actualidad hay en principio cuatro grandes áreas de conflicto: el comercio binacional, el intercambio de información asociado con la doble tributación, las restricciones argentinas en materia cambiaria y el río Uruguay; este último a su vez se puede dividir en dos: por un lado, los proyectos uruguayos de instalación industrial o logística en la margen izquierda del río, y por otro, el mejoramiento de la navegabilidad del río, en lo cual es un elemento crucial la profundización del calado del canal Martín García.

En el primer punto el presidente de la República sostiene que ha despejado el 90% de las trabas, mientras gente de talante opositora (políticos, empresarios) consideran que no es así. Conviene dejar este punto para que lo esclarezcan expertos independientes y no comprometidos. En el segundo punto no solo no hay mitigación alguna a favor de Uruguay, sino que el cerrojo cambiario (urbi et orbi) avanza de manera sistemática y acelerada. Después de la instalación de la entonces planta de celulosa de Botnia (hoy UPM), no ha habido instalación ni avance hacia ningún proyecto de instalación industrial o logística en la margen uruguaya del río, por la existencia de un veto o de una persistente actitud argentina de diferir pronunciamientos. Al punto que el propio Estado ha trasladado el emplazamiento de un importante proyecto energético -originariamente a localizarse sobre el río Uruguay- para evitar la paralización del mismo en su pasaje por la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU). Más aún, en medio de los últimos embates, el gobierno argentino vuelve a embestir contra la planta de celulosa, ahora por aumentar su producción. En cuanto al canal Martín García, el avance real es cero. Después de dos años hubo un progreso manuscrito, mediante la elaboración del correspondiente pliego para el llamado a licitación y luego el propio llamado, pero a cada paso surgen nuevas trabas, nuevos inconvenientes, que hacen muy difícil un pronóstico positivo; los operadores e inversores lisa y llanamente consideran que no hay en tiempo prudencial posibilidad alguna de profundización del canal Martín García.

El presidente responde que Argentina es importante para el país y que sigue apostando al diálogo. La pregunta es si esta estrategia de diálogo y paciencia conduce a la obtención de resultados o no. Este no es un tema político, ni ideológico, ni de simpatías o antipatías. Es correcto que hay mucha gente a favor o en contra de esta estrategia que está en esa postura por razones políticas, ideológicas o de simpatías. Pero lo importante es el análisis frío.

Y el análisis frío sugiere estudiar con mayor profundidad al gobierno argentino, al justicialismo en general (con la excepción de la última y breve etapa de Juan Domingo Perón) y el kirchnerismo en particular. Y el juicio debe hacerse asépticamente, sin consideraciones éticas. No hay duda que el justicialismo como fuerza política actúa con una razón interna de poder y como razón externa la raison d’Etat, lo que considera mejor para Argentina en lo inmediato, con prescindencia de otras consideraciones, aun de las ventajas estratégicas (esto último no es ningún dislate, basta ver que Brasil hace lo mismo: no construye un liderazgo sólido a largo plazo, para preservar todas y cada una de las ventajas inmediatas, por pequeñas que fueren). En lo interno y en lo externo lo general en el justicialismo y lo acentuado en el kirchnerismo, es la concepción de que el poder no se comparte; se lo busca, se lo obtiene y se lo preserva a toda costa. Y para preservarlo se busca aplastar a todo posible enemigo, adversario o molestante. En la lucha por el mantenimiento del poder, el kirchnerismo no sigue la premisa de que “a enemigo que huye, puente de plata”, sino la otra premisa (muy sostenida en el plano militar por muchos estrategas) que al enemigo se lo persigue hasta alcanzarlo y destruirlo por completo.

En las relaciones políticas, internas o externas, el kirchnerismo ha demostrado que no busca aliados ni amigos, solo socios ocasionales para logros puntuales. Y además que no acepta límite ni condicionamiento alguno, de ninguna naturaleza. Así es como persigue con la misma saña a un peligroso adversario del justicialismo como Mauricio Macri, como al leal Daniel Scioli (que es visto como un peligro para la hegemonía del kirchnerismo incondicional), como al más endeble de los gobernantes locales. El kirchnerismo se maneja en el lenguaje del poder y de la fuerza. Cuando se actúa en ese terreno, solo se respeta la fuerza; como es obvio, es de lo que más carece Uruguay, por tamaño territorial, demográfico, económico, militar.

Esta lectura del modus operandi del kirchnerismo, de su forma de jugar el juego del poder, parece compartido por analistas independientes de dentro y de fuera de Argentina. Y parece bueno tomar nota debida cuando se trata de repensar la estrategia en el relacionamiento binacional. No hay afinidad ideológica, ni empatía personal, ni cosmovisión compartida, ni apuesta a proyectos regionales conjuntos que permitan remover los obstáculos que al gobierno argentino no le interese remover. Tampoco hay favores otorgados, apoyos dados, que funcionen como débitos a cobrar, sobre los cuales el gobierno kirchnerista se sienta deudor. Nada de lo anterior implica juicio ético alguno, porque las relaciones de poder deben hacerse necesariamente en base a la lógica del poder.

El camino que Uruguay ensayó en la etapa anterior, la del enfriamiento binacional con Néstor Kirchner de un lado y Tabaré Vázquez del otro, fue apostar por un lado al derecho internacional y por otro a construir una gran red de apoyatura al país. Que lo logró. En ese conflicto Uruguay contó con el apoyo de los Estados Unidos de América y de todos los países de la Unión Europea con la excepción de España (que según se lo mire, se mantuvo equidistante o quizás mejor se decantó en favor de Argentina); contó con el visto bueno de México. Y la diplomacia uruguaya mantuvo permanentemente informada a la Santa Sede sobre el conflicto, sobre cada acontecimiento y sobre las razones del país.

El actual gobierno ha considerado que ese no es el camino. Por el contrario, en un momento en que Uruguay puede ser una carta importante para el Reino Unido o que el gobierno argentino agrede a España, el gobierno uruguayo se ha decantado en ambos casos a favor de Argentina.