09 Oct. 2011

Cuota política: número y calidad

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Es una tendencia natural de los distintos grupos políticos, aquí y en el mundo, a propender a ocupar espacios de poder. [...]Los hechos de los últimos días y las últimas semanas evidencian fallas significativas en materia de cuadros políticos y gubernativos, especialmente de la fracción presidencial.[...]La cuota política no es un mal ni un bien en sí mismo. Tiene como mayor virtud hacer que el equilibrio interno de un gobierno coincida con el equilibrio de la ciudadanía que le dio soporte[...]Pero la cuotificación pasa a ser un debe, cuando quien tiene una gran cantidad de cargos no tiene cuadros suficientes.


Es una tendencia natural de los distintos grupos políticos, aquí y en el mundo, a propender a ocupar espacios de poder. O más exactamente, a tender a ocupar cargos en el gobierno y la administración, a través de los cuales se ocupan espacios de poder. La lucha por los cargos es esencialmente una lucha por el poder. En realidad puede ser una búsqueda de ocupar cargos como finalidad o como medio. A veces lo que convoca a participar en un grupo político es la apetencia por la ocupación de cargos, y los grupos devienen en lo que los brasileños denominan “partidos fisiológicos”, cuando la única finalidad es colmar la capacidad fisiológica de ocupar cargos. Otras veces lo que convoca es el poder en tanto tal. La mar de las veces hay una buena combinación de la necesidad fisiológica y el deseo de poder.

Cuando los partidos tradicionales comenzaron su largo y sostenido declive, cuando fueron agotando su poder, creció sensiblemente la apetencia por cargos y predominó la necesidad fisiológica. Tres administraciones frenteamplistas en el gobierno departamental de Montevideo dieron la sensación de que el Frente Amplio estaba vacunado contra esos pecados humanos, la búsqueda de los cargos por los cargos mismos no era un apetito de sus militantes y en todo caso lo que provocaba era la búsqueda de posiciones de poder o los cargos como ejercicio de una misión evangélica. Todo ello hasta que alcanzó el gobierno nacional. Allí se demostró que la fisiología de los seres humanos es igual para todos, y que no hay una raza de blancos y colorados por un lado y una raza de frenteamplistas por otro. El apetito por los cargos públicos se desató en la administración Vázquez, pasó ya a ser hambre a mitad de esa administración –cuando al culminar el tercer año de mandato se efectuaron los primeros recambios- y devino en este periodo en hambre acumulada de generaciones. Ya no aparece el apetito sino el hambre voraz.

La ocupación de cargos para ser eficiente debe seguir un par de lógicas rigurosas. La primera es que se requiere gente, mucha gente, que logre combinar capacidad técnica, capacidad de administración y capacidad política. Eso no es nada fácil. Varios gobiernos exhibieron el problema de cuando convocaban a gente con gran capacidad técnica, demostraban una formidable impericia política; y cuando lograban una buena capacidad política, no estaba acorde o en la capacidad técnica o en la capacidad de ejecución y administración. La segunda lógica es que no se ejerce el poder por el mero hecho de desparramar compañeros o correligionarios a lo largo y ancho de la administración, sino que eso deviene en poder cuando hay quien por encima o al costado de ellos tiene la capacidad de coordinar acciones, fijar metas políticas, verificar falencias.

Cuadros con la triple capacidad necesaria se logra cuando hay una larga preparación para el gobierno, y las cabezas políticas tienen a su vez otra larga experiencia de gobierno. El Frente Amplio careció en buena medida de esto último; sin embargo, la generación fundacional del partido de izquierda que fue a su vez la base del primer elenco de la administración Vázquez –especialmente entre 2005 y comienzos de 2008- tuvo la mejor preparación política y capacidad de gobierno que podía lograr una izquierda que siempre estuvo fuera del poder. Pero luego viene la convocatoria a nueva gente, con buena capacidad técnica y menor rodaje político. Y llega este gobierno, con el Movimiento de Participación Popular como eje principal.

El MPP comenzó a preocuparse por la necesidad de formar cuadros de gobierno y elaborar propuestas de gobierno, cuando ya se avizoraba el inminente triunfo del Frente Amplio. En 2002 funda el CADESYC (Centro Artiguista por los Derechos Económicos, Sociales y Culturales). Fue más que un lugar de formación, o además de un centro de formación, un lugar de reclutamiento de cuadros provenientes de otras tiendas de la izquierda o de otras tiendas partidarias (como el caso del actual canciller Luis Almagro, diplomático vinculado originariamente al Movimiento Nacional de Rocha del Partido Nacional). Una parte importante de buenos cuadros técnicos emepepistas de esta administración surgieron del papel reclutador y nucleador del CADESYC. Un hecho no menor para explicar algunos problemas de este gobierno es que el MPP sufrió la sub representación en la distribución de cargos durante la administración Vázquez, así como los socialistas llevaron una sobre representación (más o menos, a igual cantidad de votos, hubo 6 cargos socialistas por cada uno del MPP). Eso estos lo tuvieron entre ceja y ceja y reaccionaron con ecuanimidad electoral al aplicar la más estricta regla de cuotificación en base a los resultados electorales, es decir, al apoyo popular demostrable de cada grupo.

Los hechos de los últimos días y las últimas semanas evidencian fallas significativas en materia de cuadros políticos y gubernativos, especialmente de la fracción presidencial. Qué le ha faltado esencialmente al MPP (y no solo al MPP, como se ha evidenciado con las falencias en el Ministerio de Desarrollo Social). Varias cosas. La primera es que se preocupó de ocupar demasiados cargos políticos y de administración sin calibrar si contaba con la necesaria cantidad de cuadros capacitados para ello, sin calibrar si los cuadros técnicos tenían una mínima capacidad política, o si los cuadros políticos estaban en condiciones de cumplir funciones ejecutivas y de administración.

La cuota política no es un mal ni un bien en sí mismo. Tiene como mayor virtud hacer que el equilibrio interno de un gobierno coincida con el equilibrio de la ciudadanía que le dio soporte; la correspondencia exacta entre proporción de cargos y proporción de votos no es una deformación politiquera –como en forma simplista se presenta- sino una consecuencia de la lógica democrática. Pero la cuotificación pasa a ser un debe, cuando quien tiene una gran cantidad de cargos no tiene cuadros suficientes. Porque de allí se deriva o la necesidad e apelar a cuadros de otros sectores o persistir en ejercer su propio poder a costa de la eficacia.