17 Dic. 2007

Legados del personaje Pinochet

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La muerte de Augusto Pinochet aparece como el cierre de una época. Al menos sale de escena el individuo a quien se adjudicaron todos los males y todos los bienes de un periodo de la vida chilena.


La muerte de Augusto Pinochet aparece como el cierre de una época. Al menos sale de escena el individuo a quien se adjudicaron todos los males y todos los bienes de un periodo de la vida chilena. Lo primero y necesario es separar al personaje de la obra. Una cosa es analizar a la persona de Augusto Pinochet y otra cosa es analizar el pinochetismo, si es que así se quiere denominar al régimen que tuvo la autoridad en Chile desde el 11 de setiembre de 1973 hasta un momento difícil de determinar, porque en el país trasandino no se cambió de un día para otro, sino que la transición ha sido un proceso largo y complejo

La persona de Augusto Pinochet es muy compleja. Su comienzo político es oscuro, ya que no se sabe si estuvo entre los impulsores del golpe de Estado o fue sumado al mismo a último momento; no hay que olvidar que sus camaradas de armas le desconfiaban, en parte por su vinculación con Allende, más aún por su fama de hombre escurridizo y calculador. Su final es el resquebrajamiento del personaje, del de ese luchador ascético e implacable contra el comunismo internacional, al que se le encuentra una infinidad de cuentas dispersas por el mundo, muchas a nombre de personas ficticias, depositarias de cifras varias veces millonarias en dólares.

Pero más allá de esta persona oscura lo que importa es el personaje, el hombre del escenario, ese hombre de voz chillona y aflautada y lentes negros, el dictador. Y aquí la palabra cabe en serio. Porque dictador no es cualquier titular de una dictadura, sino aquél que resumen en sí la totalidad del poder, o al menos representa fuera de toda duda esa totalidad del poder. Un nombre cuya sola mención hace temblar y odiar, y también despertar el amor incondicional de quienes se sienten protegidos por su figura. Dictador con todas las letras como lo fueron Trujillo, Somoza, Stroessner, Melgarejo.

Lo curioso de este dictador es que llega al poder mediante un golpe de Estado, y por lo tanto asume fuera de toda duda clasificatoria como un “presidente de facto”, pero baja del poder con el manto de una Constitución aprobada en plebiscito. Más allá de las objeciones a todo plebiscito realizado en dictadura, lo que fortaleció ese resultado, lo que dio un aroma de validez, fueron dos hechos. Uno, que en parecidas circunstancias y por los mismos momentos, semanas más tarde, en Uruguay triunfa el NO; aquí – en esta tierra - el facto careció del jure, no es posible afirmar lo mismo tras los Andes. Dos, que el resultado electoral del otro plebiscito, el de 1988, en que triunfa el NO, con la vigilancia de millares de observadores internacionales, con un fenomenal desgaste de la dictadura, con un contexto internacional en su contra, demuestra un poderío electoral formidable.

Así nace el primer legado del pinochetismo: una Constitución bajo la cual gobernó Pinochet 8 años y bajo la cual perdió el plebiscito de ratificación para otro octenio y luego abrió el camino al pluralismo político. Esa misma Constitución pinochetista es la actual, con los retoques que permitieron eliminar los senadores vitalicios, cambiar la designación de los mandos militares, pero que todavía está lejos de un cambio significativo hasta que no se procese una profunda reforma electoral y finalicen los últimos residuos de la autonomía militar.

El segundo legado es un modelo económico caracterizado por el fuerte peso de la economía de mercado, el bajo peso del Estado y la apertura al mundo. Modelo que en sus líneas centrales ha sido reafirmado por cuatro gobiernos de la Concertación por la Democracia, dos con presidencia demócrata cristiana, uno socialdemócrata y ahora uno socialista. En este campo, no solo Chile no se despinochetizó, sino que el modelo de un país abierto al mundo, sin ropajes ni ataduras regionales, con tratados con Dios y con el Diablo, tienta fuera de fronteras, una tentación que llega hasta este país y hasta dentro de la izquierda vernácula.

El tercer legado es el de una fuerte inequidad social, una de los más grandes desniveles latinoamericanos en distribución de la riqueza y uno de los países con mayor desprotección en seguridad social. Este tercer legado, que surgió ineludiblemente asociado al anterior, es el que la Concertación pretende corregir. En un esfuerzo gigantesco, en una tarea compleja y riesgosa, hace 17 años que el centro-izquierda busca mantener el más fuerte liberalismo económico sin aceptar sus duras consecuencias sociales.

Y finalmente el legado que más aflora cuando la persona de Pinochet llega a su fin: la imposición de un régimen de muerte, desaparición y tortura, masivo. El pinochetismo logró que el nombre de Chile se asociase con el de Argentina como símbolo de una de las más masivas violaciones a los derechos humanos ocurridas en Occidente en la segunda mitad del siglo XX.

El resquebrajamiento del personaje, producto de que la persona fue más oscura que el personaje, es lo que permitió que Pinochet muriese mucho más en solitario que el pinochetismo. Curiosamente, en tanto se pretendió centrar exclusivamente en su persona los mayores crímenes del periodo, su muerte deviene providencial para quienes quieren cerrar el tema. Es lo que ocurre cuando crímenes colectivos productos de una época se esquematizan en un solo nombre y apellido. Colectivos por la cantidad de autores y colectivos por la cantidad de víctimas.

Chile tiene mucho que andar en el camino hacia la superación del pasado. Es una sociedad profundamente dividida, con causas que no empiezan ni terminan en el pinochetismo. Un país que todavía no está en condiciones de rever todo su pasado con la frialdad científica, para desentrañar por qué esa cuasi-poliarquía, por qué ese país que era una democracia cuasi plena, derivó en lo que derivó. Quizás con la cremación del cuerpo de Pinochet pueda empezar el tiempo de mirar hacia el pasado con frialdad y sin pasión, porque solo así se lo puede entender. Porque si no hay pasión no se puede luchar, y si no desaparece la pasión no se puede entender.