25 Nov. 2007

Nixon entre Mao y Brezhnev

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Al mirar la política internacional, o más exactamente la política exterior de un país, tiende a haber dos grandes enfoques: el que concibe el funcionamiento del mundo sustancialmente como un conflicto de intereses nacionales y el que lo concibe como un conflicto de ideologías. Esta dicotomía afecta no solo el juego entre los países sino también la visión que dada dirigente de un país tiene sobre sus preferencias en relación a los hechos políticos internos de los otros países.


Al mirar la política internacional, o más exactamente la política exterior de un país, tiende a haber dos grandes enfoques: el que concibe el funcionamiento del mundo sustancialmente como un conflicto de intereses nacionales y el que lo concibe como un conflicto de ideologías. Esta dicotomía afecta no solo el juego entre los países sino también la visión que dada dirigente de un país tiene sobre sus preferencias en relación a los hechos políticos internos de los otros países.

La percepción de que el mundo es esencialmente un conflicto de ideologías es quizás la más fácil de definir, o la que aparece como más obvia para el razonamiento común. Corresponde al mapa de esa entidad tan compleja que es la Unión Europea, que muchos la ven como un organismo internacional y en cambio cada vez más adquiere las características de un estado confederal o una confederación de estados. Allí la institucionalidad se juega en dos planos: el del macroestado confederal o entidad supranacional y el de los estados nacionales (en el sentido de sujetos de derecho internacional). En el plano comunitario (adjetivo que se aplica a la Unión Europea por el nombre de su antecesora, la Comunidad Europea) existe un parlamento – el Parlamento Europeo – en el cual actúan partidos de nivel comunitario o confederal: así se ve al Partido Socialista Europeo, el Partido Popular Europeo, el Partido Liberal Europeo, la Izquierda Unitaria Europea, Los Verdes. Cada uno de los partidos – también percibidos como grupos parlamentarios – se integra con uno o más partidos de los estados nacionales de la Unión. De allí surge que – normalmente – haya un concepto de identidad socialista, popular, liberal, etc. que determina que para un socialista español no haya nada mejor que el triunfo de sus correligionarios alemanes, mientras que para un popular español lo mejor es también el triunfo de sus correligionarios, que en este caso son los cristiano demócratas alemanes. Esta comunidad entre partidos de diferentes países excede el marco europeo y se traslada al juego mismo de la política entre estados a nivel global: los partidos socialistas colaboran entre sí y se apoyan entre sí, los populares hacen lo mismo, y los demás también.

Ocurre normalmente que la colaboración es más sencilla y con menos contradicciones cuando los partidos que mutuamente se apoyan están en la oposición. Cuando están ambos en el gobierno, puede ocurrir que no haya contradicciones, o puede ocurrir que los intereses nacionales de cada uno resulten más poderosos que la comunidad ideológica o partidaria. Aquí comienzan los rechines entre la visión del interés nacional y la visión de la comunidad ideológica.

Concebir las relaciones internacionales – y consecuentemente la política interna de los otros países respecto al propio – en base a la visión del interés nacional, parte de una premisa inequívoca: mis aliados son aquéllos que coinciden con o coadyuvan a mis intereses, mis adversarios – o enemigos – son aquéllos que no coinciden, obstaculizan o se oponen a mis intereses. Es muy sencillo de formularlo y fácil de aplicarlo. Salvo cuando ese aliado que coincide con los intereses de uno es a su vez el exponente en su país de la ideología anatematizada. No es fácil coincidir con el Diablo porque sus intereses coincidan o coadyuvan al de uno mismo.

Al finalizar los años sesenta y comenzar los setenta, la izquierda universal (especialmente la europea y la latinoamericana, pero también la africana y alguna asiática) personificaron la imagen del Diablo sobre la Tierra en la cara del controversial presidente norteamericano Richard Nixon. Hombre surgido al primer plano nacional en medio de la ola maccarthysta, perseguidor de comunistas, derechista, aupado por los sectores más reaccionarios de los Estados Unidos de América, con fama de politiquero inconfiable. “Tricky Dicky” - el Tramposo Danielito – era el mote que le endilgaban los demócratas y liberales.

Pero resulta que dos zorros viejos, sin ninguna ingenuidad y gran sentido del poder, como Mao Zedong y Leonid Ilich Brehznev, los líderes de las dos grandes potencias comunistas – además adversarias entre sí – vieron en Tricky Dicky otra cosa. No al anticomunista ramplón, sino a un estadista capaz de rodearse de los mejores cerebros en el manejo político-diplomático, a un pragmático, defensor por encima de todo del interés nacional de su país, más allá de toda ideología. A un líder político que podía llevar a su país a importantes niveles de coincidencia y acuerdo con los países de ambos líderes, con la Unión Soviética y la República Popular China.

Así fue que mientras en América Latina y Europa los estudiantes y trabajadores, los militantes de izquierda y los pacifistas quemaban efigies de Nixon, Brezhnev por su lado y en pos de sus intereses y jugando en contra de los intereses de Mao, y Mao por otro lado también en pos de sus intereses y en contra de los intereses de Brezhnev, los dos viejos zorros dieron todos los guiños posibles a favor de la elección y la reelección de Tricky Dicky. En realidad apostaron con éxito, porque en el periodo Nixon se produjo la apertura de Estados Unidos hacia la China Continental, Beijing se sentó como miembro permanente del Consejo de Seguridad y se avanzó hacia profundos acuerdos entre los Estados Unidos y cada una de los dos potencias comunistas. Y además con Nixon comenzó el camino hacia el retiro definitivo de los Estados Unidos de Vietnam. En medio de ello, también bajo Nixon se produjo el impulso o el apoyo de los Estados Unidos a los golpes militares en Chile y Uruguay. Son las dos caras de una política.

Estas referencias no tienen la finalidad de recordar la historia sino de verla para mirar el presente. Se puede elegir el camino de la comunidad ideológica o el del interés nacional. Y esto vale para todo país en todo momento y lugar. Vale para cuando desde Uruguay se mira la política interna del país que fuere, por ejemplo de la Argentina, de Brasil o de España. Vale para analizar si en un caso o en otro el hermano de ideología llegado al gobierno es lo mejor para el interés nacional propio. Porque si no lo es, hay que elegir por un camino o por otro, por la comunidad ideológica o por la fría “raison d’Etat”.