04 Nov. 2007

Los sindicatos y las capas medias

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El imaginario laboral dominante en el Uruguay, que en general se ubica en el modelo que existió o se cree que existió en los años cuarenta y cincuenta, se caracteriza por la presencia de grandes complejos laborales[...]


El imaginario laboral dominante en el Uruguay, que en general se ubica en el modelo que existió o se cree que existió en los años cuarenta y cincuenta, se caracteriza por la presencia de grandes complejos laborales. Estos complejos son el propio Estado, sus entes autónomos y servicios descentralizados, los gobiernos departamentales, bancos, frigoríficos, barracas de frutos del país (cueros, lanas, granos), grandes fábricas (laneras, textiles, metalúrgicas) y grandes comercios (de intermediación o lo que en el mundo se conoce como tiendas de departamentos, y más modernamente hipermercados). La característica principal y común a todos ellos es: alta concentración de dependientes bajo un mismo patrono, niveles salariales en promedio sensiblemente más altos que los obtenidos en otras actividades en relación de dependencia, beneficios adicionales, pago puntual de salarios y beneficios, y estabilidad laboral (ya fuere emanada de normas constitucionales o legales, de convenios colectivos o de la costumbre).

Este es el sueño de la gran mayoría de los habitantes de esta tierra, que en definitiva se resume en buenos salarios en una estructura grande y sólida, con escalafones. Como se puede deducir con facilidad, estas estructuras generan el clima propicio para la sindicalización: por la concentración de trabajadores, la relativa impersonalización o lejanía del o los patronos, la necesidad de representación de lo colectivo para negociar con esos patronos. De donde, este tipo de patrono es el preferido por el sindicalismo, y así ha sido manifestado en los últimos días por uno de los más importantes dirigentes sindicales de este país.

Del otro lado, en una clasificación simplificada, están las pequeñas y medianas empresas, básicamente de comercio (minorista o de intermediación de bajo monto), industrias pequeñas o talleres artesanales, servicios (que en los últimos tiempos es lo preponderante). Sus características básicas son las opuestas: un número reducido de dependientes, dentro de ellos un alto porcentaje de dependientes zafrales o de alta rotación, niveles salariales y beneficios en promedio más bajos, menor estabilidad laboral (por las características de la actividad y por ser más vulnerables a los cambios económicos), y cuando el viento económico es en contra, dificultades para el pago en tiempo. En general no son ni los empleos más codiciados ni benefician la sindicalización; más bien son las condiciones que dificultan y a veces impiden esa sindicalización. Expresamente dicho por algún dirigente sindical de nota, son los patronos menos deseados.

En los últimos tiempos las grandes concentraciones de asalariados corresponden a las entidades públicas o a capitales extranjeros. Y las empresas pequeñas y medianas son todas uruguayas, en el sentido de ser propiedad de ciudadanos uruguayos o de ciudadanos extranjeros con residencia permanente en el país. De allí una frase oída: que es más fácil para los trabajadores – en realidad para los sindicatos – tratar con los empresarios extranjeros que con los empresarios nacionales.

Ocurre que las grandes empresas proveen mayor estabilidad laboral y mejores salarios, y las pequeñas y medianas menor estabilidad y más bajos salarios. Pero también ocurre – y la crisis del 2002 fue ruidosamente demostrativa de ello – que la mayor cantidad de empleos en el país, una abrumadora mayoría de empleos, es generada por las pequeñas y medianas empresas. Para muestra un botón bastante representativo: una inversión industrial milmillonaria en dólares o euros genera la misma cantidad de empleos directos que una veintena o treintena de pizzerías, bares o restaurantes; y la inversión en conjunto de estos comercios y servicios es inferior al uno por ciento de la inversión industrial. Y de paso – aunque es otro tema - sin cortes de puentes, litigios internacionales ni mediaciones mayestáticas.

Las cifras son claras en cuanto a las fuentes de sindicalización. No solo es porcentualmente bajo el nivel de salariados sindicalizados de las pequeñas y medianas empresas, sino que cualitativamente son sindicatos de escasa fuerza y casi nula capacidad de presión, al menos por sí solos.

Ocurre también que estos pequeños y medianos empresarios - junto a los profesionales universitarios y los cuadros empresariales – conforman la denominada clase media, o para decirlo con mayor precisión, las capas medias. Muchos sostienen que del tamaño de las capas medias, de su extensión y peso, depende y mucho el tipo de país. Al menos el tipo de país relativamente homogéneo, de baja dispersión (según el Indice de Gini), que conduce a una sociedad amortiguadora y suave en sus comportamientos sociales. La permanencia de un país así depende mucho de la extensión y fuerza de esas capas medias.

Y aquí viene la gran contradicción a la que se ve enfrentada el sindicalismo. Las contrapartes que más los favorecen, con lo que pactan mejores relaciones, son los que generan menos empleo (aunque de más calidad) y no conducen a un modelo de sociedad equilibrada. Las contrapartes que más les disgustan son las que producen la abrumadora mayoría de los empleos (en general de menor calidad) y conducen a un modelo de sociedad más equilibrada.