13 May. 2007

De oficialismo y estrategias

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La lectura de la arquitectura y de la dinámica políticas del oficialismo son harto complejas. Por un lado hay un partido con un líder fuerte que cuenta con una masa ciudadana que responde directamente al conductor, pero que se apoya en 8 corrientes cada una con una dirección o liderazgo independiente del líder común, corrientes que a su vez se dividen en un total de entre 14 y 17 subcorrientes.


La lectura de la arquitectura y de la dinámica políticas del oficialismo son harto complejas. Por un lado hay un partido con un líder fuerte que cuenta con una masa ciudadana que responde directamente al conductor, pero que se apoya en 8 corrientes cada una con una dirección o liderazgo independiente del líder común, corrientes que a su vez se dividen en un total de entre 14 y 17 subcorrientes. Por otro lado ese juego de corrientes y subcorrientes no da como resultado la existencia de dos, tres o cuatro bloques válidos para todos los temas, sino que se asiste al persistente alineamiento y realineamiento de corrientes y subcorrientes en función de cada tema o de cada bloque temático. Valga como ejemplo pensar en las alineamientos que se dan en relación al fortalecimiento o debilitamiento del Mercosur o, lo que tiene mucho de espejo, la calidez o frialdad en relación a un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América; y compárense estos alineamientos con los que se dan en relación a qué hacer con el pasado, con las violaciones a los derechos humanos habidos entre los años sesenta y setenta. Sectores que apoyan con firmeza la política del equipo económico están a la vanguardia en intransigencia respecto a las violaciones a los derechos humanos cometidas desde el o al amparo del Estado. Y grupos o personas muy críticas del equipo económico sostienen a su vez posturas muy flexibles en el otro tema.

Este es un conjunto o varios conjuntos de complejidades del oficialismo, que podemos calificar como complejidades del presente hacia el presente o hacia el futuro inmediato. Pero luego vienen otras complejidades, mayores, más profundas, estratégicas, hacia el futuro mediato. De la multiplicidad de matices que arroja la paleta de colores ideológicos, de cosmovisiones, de la combinatoria de valores, ideales y modelos de país, sobresalen tres o cuatro grandes líneas estratégicas.

Una de ellas, la que cabe calificar de revolucionaria en el sentido más exacto del término, referido al fondo y no al método, es la que ve el acceso del Frente Amplio como un primer paso en la lucha de poder con los poseedores del poder verdadero. El poder efectivo y real es el poder económico, con el que cuenta la oligarquía, apoyada por el imperialismo. El Frente Amplio, entonces, se encuentra en el gobierno y no en el poder, en disputa por ese poder. Por tanto, las políticas que el gobierno debe llevar a cabo tienen que tener por finalidad erosionar el poder con que cuenta esa oligarquía, debilitarla y llevarla de a poco a la pérdida de ese poder. En una de las más modernas clasificaciones socio-políticas, esta postura podría integrar lo que se denomina socialismo de medios, es decir, que los medios de acción política son por sí socialistas.

Una variante de esta línea, más clara en la metodología presente que en las divergencias de llegada, apuesta a un país socialista, a un socialismo de fines, a un país con la mayor equidad o igualdad social, que puede pasar por un Estado fuerte o por un tejido social fuertemente organizado y dinámico (la diferencia entre lo primero y lo segundo no es menor, y marca también diferencias sustanciales al interior de esta misma línea estratégica). Y para llegar a esta meta se plantea caminos graduales, el dar pasos profundos de a uno, pero que uno a uno conduzcan siempre a la meta; y ante la resistencia de los grupos poderosos, los beneficiarios de la actual ecuación de poder, algunos de estos pasos deben ser incisivos.

Una segunda línea estratégica apuesta a un país con economía de mercado pero fuerte accionar planificadora del Estado, que marque prioridades en base al interés nacional, que estimule y desestimule inversiones y actividades, pero a la vez tenga siempre presente la equidad social. Se puede definir a esta línea como de una socialdemocracia renovada.

Una tercera línea estratégica se basa esencialmente en una economía libre de mercado, con la menor presencia posible del Estado, salvo en lo que sea asegurar activas políticas sociales. Es una línea de alto libremercadismo con énfasis social, que puede tener como referente a la Tercera Vía encarnada por el saliente premier británico Tony Blair.

Estas tres grandes líneas, o cuatro (si se considera que hay más que matices en las dos versiones de la concepción revolucionario-socialista), no resisten el intento de clasificar a las ocho grandes corrientes y encajonarlas en tres o cuatro líneas; ni siquiera es fácil encajonar a todas y cada una de las 14, 15, 16 ó 17 subcorrientes en estos caminos estratégicos. Porque hay algunas corrientes y subcorrientes cuya clasificación es inequívoca, pero en muchos casos son los propios individuos los que oscilan entre una concepción y otra, la mar de las veces producto de la tensión entre los ideales básicos sostenidos desde la juventud hasta la llegada al gobierno, o hasta la proximidad del gobierno, y los límites que impone la realidad, los condicionamientos de la realidad y hasta el ver que la realidad es mucho más matizada y compleja que lo que surge de los axiomas iniciales.

En el verano de 1967 aquella estrella periodística que fue Omar Defeo, el conductor del primer programa periodístico de la radiofonía nacional, preguntó al presidente electo general Oscar Gestido cómo iba a resolver las contradicciones en su gobierno, entre un ministro de Hacienda (hoy se llama Economía) de fuerte impronta económica liberal como Carlos Vegh Garzón y un director de la flamante Oficina de Planeamiento y Presupuesto de no menos fuerte impronta planificadora y desarrollista, como Luis Faroppa. Y el general contestó algo así como: creo que ambos son patriotas y van a dejar sus diferencias académicas para trabajar juntos por el bien del país. Creía que las diferencias entre uno y otro debían dirimirse ateneos filosóficos, en juegos poéticos florales y poco tenían que ver con la vida. No pasaron cuatro meses sin que la contradicción entre el uno y el otro estallase, como volvió a estallar con algunos otros y algunos mismos actores a los ocho meses.

La anécdota vale por si alguien cree que esta clasificación y subclasificación se mueve en el terreno de la teoría y poco afecta a la cotidianeidad del gobierno. Por el contrario, estos cruces estratégicos están presentes o subyacentes en todos los grandes actos de gobierno, y a veces en algunos no tan grandes. Van desde la reforma tributaria, la rendición de cuentas, el impulso o el no impulso a políticas económicas sectoriales, la reforma de la salud, la inserción internacional del país, el seguir siendo miembro pleno del Mercosur o pasar a ser miembro asociado, el asimilarse a Chile o no, y un sinfín de temas de primera relevancia.