01 Abr. 2007

En la hora del valle, hacia el pico

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La mitad del tiempo efectivo de gobierno es el periodo del valle en la popularidad de un gobernante, de ese valle entre el gran pico con que asume el poder (generalmente muy alto) y el pico (mayor o menor) con que en circunstancias normales se alejará del mando.


La mitad del tiempo efectivo de gobierno es el periodo del valle en la popularidad de un gobernante, de ese valle entre el gran pico con que asume el poder (generalmente muy alto) y el pico (mayor o menor) con que en circunstancias normales se alejará del mando. El valle es el tiempo más difícil, pues es cuando ya ha gastado los haberes de la expectativa y se encuentra, con el mínimo capital, para administrar el lapso que resta y – en paráfrasis de la célebre frase de un ministro de Economía – esperar que los tiempos económicos calcen con los tiempos políticos. Más o menos así puede definirse la norma general.

Tabaré Vázquez es un hombre que funciona en una órbita diferente a la órbita media o standard de los gobiernos semejantes, vale decir, de países con alto desarrollo político, democracias consolidadas, sistema político sólido. Ese funcionar en órbita diferente aparece en todo su esplendor al comenzar la segunda etapa de su tiempo efectivo de gobierno, su 25° mes de mandatario. No está en el valle sino más bien cerca del pico. Al revés de las tendencias esperadas, cuando la norma es registrar a esta altura una cierta caída, logra lo contrario: frena la caída, recibe un fuerte repunte de apoyo ciudadano y casi alcanza los niveles en que navegó a lo largo del primer año, de 2005. En datos: a lo largo de ese primer año flotó entre el 62% y el 63% de aprobación efectiva, que bajó al 57% en el primer semestre de 2006 y nuevamente cayó al 55% en el segundo semestre. Este fue su valle. Ahora trepa al 60%[i].

¿Qué ha ocurrido entre el último trimestre de 2006 y este mes de marzo, cuando entre uno y otro corrieron las últimas semanas del año y el verano? Las luces y sombras del gobierno, los logros y frustraciones, las autopistas y los caminos sin huella, todo ello es prácticamente lo mismo. La gente no descubrió en el verano que aumentó su salario real, consiguió empleo, salió de la pobreza o de la indigencia, mejoró la economía de su negocio; tampoco fue en el verano que comenzaron los temores por el impuesto a la renta personal, o por los incrementos tributarios por los reaforos inmobiliarios, o por las tercerizaciones. Se puede decir que todo ello estaba consolidado cuando se acercaba el final del sexto año del milenio.

Las cosas que han ocurrido desde el verano o al cabo del verano operan más en el plano simbólico, en el de los mensajes, que pueden servir para catalizar los elementos favorables y neutralizar o mitigar los desfavorables. Entre esas cosas que ocurrieron una de las más significativas es el cese de la conflictividad pública al interior del elenco gobernante, que en 2006 tuvieron momentos extremadamente fuertes como por ejemplo en la discusión sobre el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos de América, debate que alcanza sus mayores decibeles entre agosto y setiembre.

Por otro lado, el Frente Amplio y el gobierno dieron finalmente el necesario paso atrás para salir de la conflictividad con la oposición, abandonar los caminos oblicuos para imponer una fiscal de Corte sin el necesario consenso político exigido por la Constitución y abrieron el camino a un gran acuerdo. El mensaje trasmitido fue el de un gobierno y un oficialismo que buscan el diálogo y el entendimiento.

Pero parecería que el gran elemento central estuvo en la política exterior, pese a la derrota sufrida en La Haya y a lo que ella descubrió: el grave error estratégico de haber recurrido a la Corte Internacional en busca de estas medidas cautelares. La derrota en La Haya y la presentación de la demanda argentina impactaron más en los ámbitos cerrados de la cancillería y las más altas esferas políticas, que en la gente, quizás porque el periodismo no calibró demasiado la importancia de lo primero, pero sobretodo de lo segundo.

En cambio Tabaré Vázquez exhibió un país que salió del aislamiento, del arrinconamiento contra el océano que quedó el año pasado, tras los desplantes de Argentina, Brasil y Venezuela cuando la Cumbre Iberoamericana y el autoaislamiento en relación a los Estados Unidos. Esta salida del aislamiento obviamente se logra no solo por los méritos propios, sino por la contrapartida ajena. Pero la contrapartida nunca se obtiene si uno no juega con el objetivo de obtenerla y lo hace en la forma y en el momento adecuados.

En una quincena viene un presidente Lula distinta, casi desconocido, o más bien un presidente que habla por un Brasil desconocido, dispuesto a hacer concesiones unilaterales, a buscar una relación fraterna con Uruguay. Sin duda ello es producto de otros hechos: el debilitamiento del eje con Argentina, el enfriamiento con Venezuela, el acercamiento a Estados Unidos y la eventualidad de un TLC entre la potencia mundial y la potencia regional.

Y luego viene un presidente de los Estados Unidos que se relaciona con el presidente uruguayo en términos joviales, con trasmisión de imágenes de dos pares que mandan dos países amigos y quizás aliados. Una gran señal es la foto de Bush y Vázquez caminando distendidos por el parque de Anchorena, con ropa sport, rumbo a navegar y pescar. A lo que hay que sumar el dato no menor de un presidente norteamericano que visita Uruguay y no Argentina, en medio del conflicto entre ambos países, mientras en el mismo medio Argentina es visitada por el presidente Chávez.

En las dos instancias, Lula y Bush, el presidente uruguayo trasmitió imágenes de un estadista que puede moverse por lo alto en el nivel internacional. A lo que cabe sumar los gestos hacia Lula y hacia Bush, y los de Bush y de Lula, y los gestos desde y hacia Chávez, un ausente presente. Todo lo cual conforma un cuadro que coincide con los reclamos de la oposición. Por tanto, el presidente resulta inatacable, salvo para lo que puede beneficiarlo ante la opinión pública: la izquierda más dura. Para coronar, resulta que la mayoría de los uruguayos considera positiva la venida de Bush y una muy pequeña minoría la considera negativa.