25 Feb. 2007

Tabaré Vázquez y Romano Prodi

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La crisis abierta en el gobierno italiano de centro-izquierda alienta a analizar brevemente las similitudes y diferencias entre esa experiencia de gobierno de nueve meses y los dos años de gobierno de la izquierda en Uruguay. Son dos agentes políticos complejos (“coaliciones”) que expresan parecidas evoluciones socio-políticas en dos países de fuertes similitudes en sus culturas políticas y en sus culturas societales.


La crisis abierta en el gobierno italiano de centro-izquierda alienta a analizar brevemente las similitudes y diferencias entre esa experiencia de gobierno de nueve meses y los dos años de gobierno de la izquierda en Uruguay. Son dos agentes políticos complejos (“coaliciones”) que expresan parecidas evoluciones socio-políticas en dos países de fuertes similitudes en sus culturas políticas y en sus culturas societales.

Las mayores similitudes pueden darse en tres elementos:

Uno. Un sistema de partidos altamente complejo, con agentes de diversos niveles, donde resaltan un primer nivel de agentes que en Uruguay se denominan “lemas” y en Italia “coaliciones”, y un segundo nivel que en esta tierra pueden denominarse “sublemas” o “listas” (según el caso) y cruzando el océano son conocidos como “partidos” o también como “listas”.

Dos. Un sistema electoral de estructura similar, de dos niveles, con fuerte proporcionalidad al interno de cada bloque (lema, coalición). Con tres diferencias: a) que al primer nivel (lema, coalición) en Uruguay deviene proporcional puro para el parlamento y mayoritario para el gobierno, y que en Italia deviene plenamente mayoritario para el parlamento; b) que aquí las dos ramas parlamentarias presentan exactamente la misma composición a nivel de lemas, mientras que en Italia la composición de cada cámara es diferente; c) que el sistema uruguayo está integrado a la cultura de la sociedad y al razonamiento de voto del ciudadano individual (como que es casi centenario) y el nuevo sistema italiano no es entendido ni siquiera por la dirigencia política ni en profundidad por una parte mayoritaria de los académicos (como que fue establecido cuatro meses antes de los últimos comicios)

Tres. Una cultura política – tanto a nivel de dirigencia (“la clase política”) como de sociedad – fuertemente matizada, filigranática, herederas acá y allá de la vieja escuela florentina. La diferencia está en que esa complejidad es de pacífica aceptación en estas tierras, mientras que la dirigencia italiana (y la academia italiana) sueña con un grueso y simplificado bipartidismo anglosajón o germánico, con desconocimiento o rechazo a que la diversidad no es producto de la perversidad de los políticos sino de la complejidad de la sociedad.

Cuatro. Ambos países son gobernados por entidades políticas compuestas, de amplio espectro, de izquierda o centro-izquierda: el Frente Amplio en Uruguay L Unione en Italia.

Una diferencia sustancial es el sistema de gobierno. En Uruguay – más allá del razonamiento jurídico – el sistema opera como presidencial puro, en el doble sentido del término: como gobierno unipersonal (pese al concepto colegiado que emerge de la Constitución) y como Poder Ejecutivo (casi) absolutamente independiente del Poder Legislativo. En Italia subsiste uno de los sistemas parlamentarios más puros, con un gobierno que es por un lado colegiado (donde el premier es un primum inter pares) y por otro derivación del Parlamento.

Bien, con las similitudes anotadas y diferencias sustanciales ¿qué elementos pueden apuntar a explicar la diferencia entre la estabilidad y fluidez del gobierno uruguayo a lo largo de veinticuatro meses, y la perpetua inestabilidad del gobierno italiano de apenas nueve meses, y además dudas sobre su permanencia?

En principio surgen tres grandes diferencias: la amplitud del abanico ideológico, la estructura partidaria y el liderazgo. A lo que hay que sumar la diversidad del papel del líder-jefe de gobierno y las antigüedad de enlace de los elementos componentes del bloque gobernante.

El abanico ideológico representado en el Parlamento y con capacidad de incidir en las decisiones de gobierno es más amplio en L Unione que en el Frente Amplio. Hacia la derecha (o el centro) L Unione cuenta con la Udeur de Mastella y con corrientes de La Margherita, que en Uruguay estarían situadas en el Partido Nacional. Hacia la extremidad de la izquierda, en L Unione están representados movimientos de sociedad civil o grupos fundamentalistas que o no están en el Frente Amplio o no cuentan con representación parlamentaria. Todas las corrientes frenteamplistas encuentran identificación en elementos básicos de la izquierda uruguaya y europea de fines de los sesenta, mientras que las corrientes del L Unione beben en fuentes sensiblemente diferentes, con posturas opuestas en aquellos años cruciales.

Por otro lado, L Unione nace explícitamente como una coalición, mientras que el Frente Amplio nunca fue concebido como tal, al menos en el sentido que Maurice Duverger da al término, como un entendimiento puntual con fines electorales, de gobierno o legislativos. En la terminología del constitucionalista y cientista social francés, el Frente Amplio nace explícitamente como una alianza, es decir, como un entendimiento con ánimo de permanencia por un largo periodo histórico. Siempre contó con una estructura de dirección y de base común, con decisiones por mayoría (mayorías especiales, pero mayorías al fin) y con el principio del mandato imperativo. Nada de ello existe en L Unione. Además, el FA devino sociológicamente en partido político, con una identidad propia, diferente a la de sus elementos componentes, que une a todos sus partidarios; salvo un porcentaje muy exiguo, los uruguayos de izquierda son ante todo frenteamplistas.

En tercer término hay una diferencia nítida entre Romano Prodi y Tabaré Vázquez. El profesor italiano es un relevante académico de las ciencias humanas, con clara capacidad de conducción, entendida como la capacidad para tener un horizonte claro, trazar un objetivo y señalar un camino. Tampoco es un hombre que convoque por sí al electorado, más bien es un producto de los aparatos políticos, como lo fue Seregni en los orígenes del Frente Amplio. El médico uruguayo no es un conductor, no diseña el horizonte, no traza el objetivo ni señala el camino; es un caudillo, en tanto tiene un poder de convocatoria popular por sí mismo, al margen y por delante de los grupos políticos; y esa calidad de caudillo más su propia forma de ser le permite arbitrar y decidir en última instancia, sin apelación posible. Vázquez no conduce pero manda. Prodi conduce pero no manda (aunque ahora, en el reciente pacto con el vértice de L Unione, logra una cláusula en que se le otorga mandato, pero es un mandato otorgado y no obtenido per se).

Tampoco es de desdeñar el poder jurídico que tiene Vázquez como presidente de la República y del que carece Prodi como presidente del Consejo de Ministros. Ni tampoco cabe olvidar que el Frente Amplio es una trabajosa construcción de 36 años, mientras que L Unione (contando el precedente del Ulivo) está lejos de la decena.