07 Ene. 2007

La disputa ideológica

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En cuatro décadas, los partidos tradicionales en conjunto pasaron del 91% del electorado afirmativo al 43%. La caída fue persistente, elección tras elección, sin una sola excepción. Vale recordar las cifras: 91% (1962), 90% (1966), 81% (1971), 76% (1984), 69% (1989), 64% (1994), 55% (1999) y 46% (2004).


En cuatro décadas, los partidos tradicionales en conjunto pasaron del 91% del electorado afirmativo al 43%. La caída fue persistente, elección tras elección, sin una sola excepción. Vale recordar las cifras: 91% (1962), 90% (1966), 81% (1971), 76% (1984), 69% (1989), 64% (1994), 55% (1999) y 46% (2004). También vale la pena repetir que a lo largo de estos cuarenta años el país vivió años de vacas gordas y años de vacas flacas, gobiernos democráticos y dictadura, presidencias coloradas, blancas y de sustento militar. Y en esos ocho lustros los colorados fueron conducidos o representados por Gestido, Pacheco, Batlle Ibáñez, Sanguinetti, Tarigo, Stirling; y los blancos por Etchegoyen, Gallinal, Heber Usher, Ferreira Aldunate, Lacalle, Pereyra, Zumarán, Volonté, Ramírez, Larrañaga. Cada elección en particular ofreció una explicación y encontró sus respectivos culpables. Cuarenta años en una misma tendencia obliga a salir de las anécdotas y de los personajes. También hay que salir de la búsqueda de causas por la economía, el empleo, la inflación o el ingreso de los hogares, porque en ese periodo hubo de todo, de todo lo bueno y de todo lo malo.

Y lo que aparece son dos grandes líneas explicativas. Una va por el lado de lo ideológico, en el sentido estructuralista del término: los partidos tradicionales fueron perdiendo sintonía con los valores, las demandas y los imaginarios de buena parte de los uruguayos, sintonía que fue paulatina y persistentemente lograda por la izquierda, en valores, comprensión de las demandas y estructuración de los imaginarios. La otra línea explicativa va por la forma de hacer política, incluidas en ella las percepciones de corrupción (que merecen un análisis propio).

La sociedad uruguaya, como buena parte de las sociedades socialmente desarrolladas, no se resignó ni a la caída del welfare state ni al fin del modelo fordiano de producción. El imaginario deseado es de un fuerte estado de bienestar que proteja al individuo desde el nacimiento hasta la muerte, que asegure atención gratuita de la salud, educación gratuita, trabajo de por vida y al margen de toda zozobra, jubilación adecuada. Y ese trabajo desarrollado en relación de dependencia en centros de gran concentración de asalariados, como el Estado, los bancos o las viejas fábricas de miles de obreros y empleados. Oficinas o empresas donde el trabajo se asegurase de por vida, y hasta hereditario, ya que se generó la costumbre que los hijos ocupasen la plazas vacantes. Para la funcionalidad de ese modelo, o de parte del mismo, fue necesario instrumentar el régimen de sustitución de importaciones con el consiguiente bloqueo de las importaciones. Más o menos así fue o más bien se cree que funcionó el país en su momento más ideal, en ese Nirvana que habría ocurrido entre los años cuarenta y la primera mitad de los cincuenta. No importa cómo fue en realidad, sino cómo se cree que fue.

Un buen día ese modelo se desplomó. Las consecuencias más fuerte fueron la incapacidad del Estado de mantener el welfare state en niveles adecuados a las exigencias y, por sobre todo, el cambio fundamental en la estructura laboral: la pérdida de un porcentaje muy elevado de puestos de trabajo estables y su sustitución por el trabajo por cuenta propia, las empresas unipersonales, el empleo precario, la venta callejera (o en ferias y mercados), los carritos de recolección privada y manual de basura con la consiguiente clasificación manual de deshechos. Para segmentos significativos de la población se operó un cambio en la calidad del trabajo (aunque no necesariamente en la cantidad de la retribución, ya que a lo largo de toda una década, la de los noventa, los ingresos crecieron de manera sensible). Pero por encima de todo lo que sobrevino fue la imprevisibilidad, el tener siempre la amenaza de la pérdida o disminución del ingreso, o lisa y llanamente la pérdida de la fuente de trabajo. También creció de manera significativa la competitividad, recibida como un factor positivo por algunos segmentos minoritarios, particularmente por los de mentalidad emprendedora e innovadora, en gran mayoría jóvenes de elite, pero percibida como un factor indeseable por los más.

Este cambio opera progresivamente desde mediados de los setenta, con un gran impulso en los noventa. Aquí la izquierda encontró su espacio. La sociedad uruguaya mayoritariamente continuaba atada a la utopía de los cuarenta y cincuenta. Los partidos tradicionales comenzaban a abandonar el discurso defensor de esa utopía y a proclamar – en general de manera inconexa y contradictoria – la necesidad de cambios, de algunos cambios o de cambios profundos. La izquierda hizo el gran viraje: en los cuarenta, cincuenta y sesenta combatió duramente el modelo, hasta el punto que surgieron sectores que se alzaron en armas contra el mismo, al que consideraban injusto. En los ochenta y particularmente en los noventa la izquierda se alza como el gran defensor del imaginario, apuesta al restablecimiento pleno del welfare state y del empleo seguro, de por vida y hereditario. Y además fue exitosa en endilgarle a los partidos tradicionales el mote de “neoliberales”, quizás parcialmente válido en lo atinente a la apertura de la economía y cierta desregulación fáctica del trabajo (como es válido endilgarlo a la política económica del gobierno actual), aunque nada válido en relación al papel y el peso del Estado.

El libremercadismo reformulado – definición más exacta que la de neoliberalismo – fue impulsado en el Partido Colorado por Jorge Batlle y en el Partido Nacional por Lacalle. En su momento comenzaron a obtener consensos, al punto que la sociedad uruguaya en 1996 aceptaba mucho más fácilmente que en 1992 formas de tercerización, privatizaciones periféricas y apertura económica. El Foro Batllista y el resto del nacionalismo oscilaron entre el impulso a cambios y la defensa del viejo imaginario o de parte de él, es decir, un manejo que apareció como contradictorio entre el alejamiento y el mantenimiento de la vieja utopía. Hubo pues dos cosas que afectaron a ambos partidos. Por un lado las contradicciones interiores entre posturas fuertemente libremercadistas y posturas relativamente estatistas. Por otro la contradicción propia de los sectores menos libremercadistas entre la defensa y el cambio del modelo de estado fuerte. Faltó la construcción plena de un nuevo imaginario y el lograr que sectores mayoritarios de la sociedad creyesen y se entusiasmasen en ese nuevo imaginario.

Mientras los partidos tradicionales sigan creyendo que el enfrentamiento a la izquierda es estrictamente un problema de encontrar líderes y candidatos, seguirán sin estar en condiciones de plantear combate.