26 Nov. 2006

El Emperador y el Cardenal

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Uruguay se encuentra en la encrucijada de definir su lugar en el mundo, en un mundo cambiante que emite señales opacas y contradictorias. Desde que Lord Ponsonby fuese decisivo para que este pedazo de tierra deviniese en un estado independiente, y más acentuadamente a partir del último tercio del siglo XIX, este país giró en la órbita del Imperio Británico; al decir de Eric Hobsbawn, Uruguay (como Argentina) fue un “dominio honorario” de la corona, situación querida por unos y malquerida por otros.


Uruguay se encuentra en la encrucijada de definir su lugar en el mundo, en un mundo cambiante que emite señales opacas y contradictorias. Desde que Lord Ponsonby fuese decisivo para que este pedazo de tierra deviniese en un estado independiente, y más acentuadamente a partir del último tercio del siglo XIX, este país giró en la órbita del Imperio Británico; al decir de Eric Hobsbawn, Uruguay (como Argentina) fue un “dominio honorario” de la corona, situación querida por unos y malquerida por otros. Y terminó de girar con los últimos estertores del Imperio, entre mediados de los años cincuenta y mediados de los sesenta del siglo pasado.

Quince años atrás, la creación del Mercosur supuso haber encontrado un destino para el país, con la conformación de un bloque regional cuyos dos grandes brazos constituían las dos bases históricas de conformación de este país. Once años atrás ese destino quedaba sellado con un segundo gran paso: la histórica decisión de la Unión Europea y el Mercosur de pasar a un conformar un gran bloque, el de mayor peso a escala planetaria. Ya avanzados seis años de este Tercer Milenio, los entendimientos entre Europa y Mercosur están más cerca del punto de partida que del punto de llegada, mientras que el propio Mercosur amplía sus instituciones y sus miembros, sin lograr hacer funcionamiento el escalón más primario de toda asociación comercial internacional: la zona de libre comercio. Ante esta realidad el gobierno anterior apostó a un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, y este gobierno caminó y desencaminó por esa vía.

Un primer hecho que llama poderosamente la atención es que no hay un debate nacional con la profundidad y la amplitud que exige el momento histórico. Porque está en juego el destino del país por un largo tiempo. El gobierno debate en torno a medidas concretas sobre problemas concretos y la oposición cuestiona esas medidas concretas y no sale de ver problemas concretos. Pero el debate plantea una encrucijada previa a la encrucijada del país, la de cómo se debe procesar una decisión de esta envergadura, si se va por el camino del cardenal Richelieu o del emperador Fernando de Habsburgo.

Hace cuatro siglos, Fernando II de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, defensor de la Fe, de la Santa Madre Iglesia y del Vicario de Cristo, se alió exclusivamente con quien compartiese sus concepciones religiosas y combatió a todos aquellos que pensasen o creyesen de manera diferente. No hizo una sola concesión a esta concepción ideológica de la política internacional y subordinó cualquier interés nacional de Austria al interés global del catolicismo romano. Esa visión del hombre que concibe el juego político entre estados como un choque de ideas se expresa también hace medio siglo en John F. Kennedy, cuando proclama que "los Estados Unidos pagarán cualquier precio, soportarán cualquier carga para asegurar el triunfo de la libertad (...) allí donde se encuentre amenazada".

Enfrente a Fernando se situó Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, cabeza del gobierno de Francia, quien encarnó la línea pragmática. Proclamó la “raison d’Etat” Como la base de su política exterior y así fue como el príncipe de la Iglesia Católica Romana se alió con todos los principados y ducados protestantes de la Alemania del Norte contra el Sacro Emperador, defensor de la Iglesia, además apoyado económicamente por el Papa. Para el cardenal no existió aliado mayor que aquél cuyo interés coincidiese con el interés nacional francés o fuese funcional a los intereses franceses. Y así como Richelieu fue la contracara de Fernando, Richard Nixon lo fue de Kennedy. El gran conservador, el gran cazador de brujas, fue quien en pos del interés nacional norteamericano realizó la apertura hacia China, la distensión con la Unión Soviética y el retiro de Viet Nam (y eso quizás fue lo que en verdad le hizo perder el cargo)

La República Oriental debe debatir, sus elites políticas, económicas, sociales e intelectuales, su sociedad, cómo ve al mundo, al país y la relación del uno con el otro, del país con el mundo. Porque hay un punto de previo y especial pronunciamiento de cómo se cree que funciona el mundo, y en especial las relaciones internacionales. Si se ve las relaciones internacionales como el frío juego de intereses nacionales o como el apasionado juego de concepciones ideológicas. De un lado, la concepción tipo Richelieu, si se entiende que lo que predomina es la búsqueda de la “raison d’Etat” de cada país, que supone oponerse a todos cuyo interés nacional fuere en sentido contrario, y aliarse con quienes tuvieren intereses nacionales coincidentes. Del otro lado, la concepción tipo Fernando, que supone trazar mapas ideológicos de los países, fronteras ideológicas, descubrir enclaves y exclaves ideológicos, en el supuesto de que todos aquellos países que piensan igual, o que tienen el soporte de la misma ideología, tienen intereses coincidentes en la política exterior.

Las recientes discusiones sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o sobre la ampliación del Mercosur (con la incorporación de Venezuela), revelaron la alta ideologización de gobernantes y opositores en el análisis. En el caso de la ampliación del Mercosur se fundamentó poco (a favor o en contra) las conveniencias o inconveniencias de la tal ampliación, se argumentó bastante en cuanto a las ventajas y desventajas de la presencia de Venezuela, pero por sobretodo que se discutió en torno a la bondad o maldad de asociarse con Hugo Chávez (y la mar de las veces la palabra Venezuela no invocada un país, sino una figura). Y en el caso del Tratado de Libre Comercio, jugaron dos factores altamente subjetivos: la simpatía o antipatía por el país del norte; la adhesión o rechazo al libre mercado más libre. Lo curioso es que al hacer argumentos ideológicos, todos pretendieron hacerlo como si razonasen exclusivamente a partir de la “raison d’Etat”.