17 Set. 2006

Lo mutante que es la vida

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Hay tres grandes modalidades de salida desde un régimen autoritario: la salida otorgada, la salida pactada y la rendición por derrota fáctica. La salida otorgada es aquélla en que el régimen se retira solo, o cambia desde dentro, por decisión fundamental de sus propios componentes, a veces por la necesidad de adecuarse a un mundo del cual quedan marginados o al cual resultan extraños, pero sin que hayan adversarios que obliguen a esa salida (fue el caso de España en 1975-78).


Hay tres grandes modalidades de salida desde un régimen autoritario: la salida otorgada, la salida pactada y la rendición por derrota fáctica. La salida otorgada es aquélla en que el régimen se retira solo, o cambia desde dentro, por decisión fundamental de sus propios componentes, a veces por la necesidad de adecuarse a un mundo del cual quedan marginados o al cual resultan extraños, pero sin que hayan adversarios que obliguen a esa salida (fue el caso de España en 1975-78). La salida pactada es la que surge como un entendimiento, con o sin pacto explícito, muchas veces con la mezcla de algunos acuerdos explícitos y muchos implícitos, en que quien se va lo hace conservando una cuota de poder o de fuerza. El tercer camino, en cambio, es la huida, ya fuere por rendición ante un triunfador interno por la fuerza (Portugal, 1974; Nicaragua, 1980) o por la derrota militar ante una potencia extranjera (Grecia, 1974; Argentina, 1982-83).

Cuando hay huida la rendición adquiere visos de incondicionalidad y abre la puerta a los Nüremberg; aunque a veces la incondicionalidad es más aparente que real, y hay condicionalidades invisibles que aparecen a poco de andar, como ocurrió en Argentina. Pero cuando hay salida otorgada o consensuada, no hay rendición sino retiro, y quien se retira conserva una parte de poder, al menos el poder suficiente para su autoprotección; allí no hay Nüremberg, ni significativas revisiones del pasado. En España, salida otorgada, no ha habido una sola investigación judicial ni un solo juicio que revisara las casi cuatro décadas de franquismo, pese a que algunos episodios ocurrieron a días escasos de la muerte del generalísimo; en medio de la ebriedad de la apertura, algunos jueces lograron prestigio por perseguir cuanto violador de derechos humanos encontrasen, siempre que las violaciones hubiesen ocurrido fuera de España.

En la salida consensuada de Uruguay no hubo espacio para juicios como los de Argentina o Grecia, y ello era una condicionante histórica, más allá de la voluntad de los protagonistas de la salida, y de pactos explícitos o implícitos. Es la única lectura científica posible. Pero el sistema político no se enfrentó a un único camino, sino que tuvo varias opciones. Una fue la del hermetismo a toda investigación, todo juicio y toda depuración, fundamentado en la necesidad de dar vuelta la página, cerrar el pasado y construir el futuro. Otra fue la de buscar algún juicio, alguna pena, alguna depuración; y es claro que se buscó algo, pero no el todo. Ese algo pudo ser la autodepuración de las Fuerzas Armadas mediante procedimientos de un nuevo Supremo Tribunal Militar, como lo propuso Liber Seregni. Pudo ser el juzgamiento para los casos de muerte y lesiones gravísimas (o quizás también graves), como lo tentaron Wilson Ferreira Aldunate y Hugo Batalla. Puso ser excluir los procedimientos realizados o iniciados fuera del país. Pudo ser la elección de un número de máximos responsables de las peores violaciones para que recibiesen una pena, como condena paradigmática de un periodo y un régimen. Un aparte: este camino, cuyas vías jurídicas nunca terminaron de desarrollarse, se basaba en una lista de 12 nombres de militares (lista que este autor tuvo en sus manos), en las cuales figuraban todos los que fueron procesados o estuvieron a punto de ser procesados en estos días, y cinco nombres más. Cada opción tenía sus beneficios y sus costos, sus logros y sus riesgos. Y se impuso la opción de privilegiar la salida segura, sin sobresaltos, mediante el hermetismo absoluto.

Lo cierto es que se conjugaron varias cosas. Uno, que la ley que pretendió cerrar el tema no lo hizo, entre otras cosas por su heterodoxia jurídica, de difícil clasificación y exégesis, con el agravamiento de sus graves defectos de redacción. Dos, las investigaciones que la ley permitía no se hicieron o fueron hechas de manera imperfecta. Tres, que se mantuvo un reducto de intransigentes que peleó en silencio muchos años y en el último lustro y medio logró abrir espacios significativos. Pero la variable principal que jugó fue la historia, el devenir de las sociedades. En los cuatro lustros y medio transcurridos desde el comienzo de la apertura institucional, mucho cambió en esta sociedad: la izquierda pasó de dos décimos a la mitad del país, pero además ganó el gobierno; con el avance de la izquierda se fue produciendo un cambio significativo en el talante y el vector de la sociedad; ese cambio permeó al sistema judicial y al sistema militar; el paso del tiempo hizo que los máximos responsables de los hechos duros ya no estuviesen en la conducción militar, y que la nueva oficialidad correspondiese a gente de otra época, con otras preocupaciones y valores, poco dispuesta a asumir la carga de cosas hechas por sus antecesores, de difícil defensa en la sociedad de hoy; y finalmente con el triunfo de la izquierda perdió total peso el sostenimiento político de la línea del hermetismo. Es claro que hoy no hay una sociedad dividida, que hay una apabullante mayoría que se congratula y apoya estos hechos y una minoría muy reducida que se opone o se molesta con ella; dicho esto en cuanto corresponde a nivel de la sociedad, de la gente. Esto es lo que hay que entender que sucedió. No se puede juzgar los sucesos de 2006 con ojos de 1986. Tampoco se pueden juzgar los sucesos de 1986 con los ojos de 2006. Cada época tuvo su lógica, su razón de actuar para producir los resultados necesarios a la misma. La historia no se puede leer de manera contrafáctica. No hay forma de probar cómo hubiesen sido las cosas, cuáles las consecuencias, si en cada momento se hubiese hecho algo diferente. Lo que queda ahora es ver hasta dónde se va: hasta dónde permite ir la Ley de Caducidad sin violar ni su letra ni su espíritu; o si más allá de la ley cabe arrasar con la ley de caducidad, la prescripción y hasta el non bis in idem; o si en algún lugar se considera que hay un límite (más acá o más allá del límite de la Ley de Caducidad), y en ese caso cuál es esa frontera. Queda también la necesidad calibrar en los pasos sucesivos cuánto es lo que se gana, cuánto es lo que se pierde y cuánto es lo que pueda comprometer principios y valores hacia el futuro. Todas estas respuestas no es posible darlas hoy con facilidad, pues sed irán viendo sobre la marcha. Estos últimos años enseñan cuán mutante es la vida.