04 Jun. 2006

El inesperado jaque de Larrañaga

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Hace 30 años la izquierda identificaba el poder económico con la tenencia de la tierra y la producción agropecuaria. La “oligarquía ganadera” era la tipificación de dicha elite sociopolíticoeconómica, la reforma agraria el instrumento para su derrota, expresado en el rebelde “A desalambrar” de Daniel Viglietti, cantautor portavoz de la veta “ultra” (según la terminología de la época), “radical” (según la terminología actual) o pro-tupamara, en una clasificación de geografía política. José Mujica Cordano, alias “El Pepe”, pasó de alzarse en armas para derrotar a la “oligarquía ganadera”, a ser el vocero de los reclamos de la Federación Rural hacia las elecciones de 2004 y durante el primer año de gobierno, al punto que su discurso en el pasado Congreso de la gremial agropecuaria fue una especie de rendición de cuentas ante sus mandantes, un lamento por las promesas que no ha podido llevar adelante y una amenaza de renuncia a su dicasterio proferida en medio de sapos y culebras.


Hace 30 años la izquierda identificaba el poder económico con la tenencia de la tierra y la producción agropecuaria. La “oligarquía ganadera” era la tipificación de dicha elite sociopolíticoeconómica, la reforma agraria el instrumento para su derrota, expresado en el rebelde “A desalambrar” de Daniel Viglietti, cantautor portavoz de la veta “ultra” (según la terminología de la época), “radical” (según la terminología actual) o pro-tupamara, en una clasificación de geografía política. José Mujica Cordano, alias “El Pepe”, pasó de alzarse en armas para derrotar a la “oligarquía ganadera”, a ser el vocero de los reclamos de la Federación Rural hacia las elecciones de 2004 y durante el primer año de gobierno, al punto que su discurso en el pasado Congreso de la gremial agropecuaria fue una especie de rendición de cuentas ante sus mandantes, un lamento por las promesas que no ha podido llevar adelante y una amenaza de renuncia a su dicasterio proferida en medio de sapos y culebras. En realidad Mujica invoca en su favor los compromisos asumidos por el Frente Amplio en la campaña electoral (por buena parte pero no por todo él), pero sí por el presidente de la República; en particular por el discurso del 1° de marzo en la escalinata del Palacio Legislativo. En ese escenario peculiar, en el medio de la gran escalinata marmórea, televisado desde abajo, agigantando por el juego de luces, con la banda presidencial puesta, Tabaré Vázquez pronunció aquella frase que no deja lugar a dudas: en este país nadie va a perder sus bienes por haberse endeudado trabajando.

Este giro de Mujica es correlato de dos hechos de características históricas. El primero, ocurrido en esos 30 años, es la pérdida de poder político, económico y social de las elites ganaderas, reflejado en el endeudamiento del sector y en una Federación Rural que clama y protesta, porque ya no tiene la capacidad de antaño de imponer y amenazar. El segundo hecho es que el agro, tradicional baluarte político-corporativo del Partido Nacional (aunque quizás un baluarte mucho más simbólico que efectivo) dejó de serlo: buena parte de los productores rurales, y de los grandes, buscaron cobijo bajo los paraguas del Frente Amplio. La dirigencia blanca quedó prácticamente sin ningún sector corporativo al cual representar en forma primordial o exclusiva. Y este último proceso ocurrió ante la mayor pasividad de esa dirigencia nacionalista, que no atisbó a ningún contraataque efectivo.

En este gobierno, una de las praxis del oficialismo fue jugar toda la disputa política posible al interno del mismo, sin dejar espacio alguno para la oposición. El tema del endeudamiento agropecuario es un claro ejemplo, donde en el Frente Amplio y en el gabinete conviven desde la posición más ortodoxamente defensora de la intangibilidad de los créditos bancarios hasta la postura contestataria de la modificación de los contratos por ley. Como quien dice, con algo de caricaturesco, desde la ortodoxia libremercadista hasta el paradigma del intervencionismo estatal.

Como es de notoriedad, la política económica ha sido concebida, planificada, profundizada, aterrizada y ejecutada por Danilo Astori, con el apoyo invalorable y totalmente coincidente del subsecretario Mario Bergara y del jefe de la Asesoría Macroeconómica Fernando Lorenzo. Ni en la política agropecuaria, ni en la industrial, ni en la energética, ni en salud, educación o políticas sociales, se ha podido desviar un solo centavo de los objetivos y metas del equipo económico a largo, mediano, corto e inmediato plazo. Y José Mujica, al cabo de casi 9 meses de férrea colaboración y juego en equipo con el ministro de Economía, rompe ese eje, se enfrenta, patea y amenaza con la renuncia. El presidente abre entonces un espacio para buscar el mantenimiento del ministro en el gabinete, para evitar el riesgo de un líder del MPP suelto en el Senado sin ninguna atadura; ese espacio es una nueva instancia de negociación que en los hechos debería terminar en algunas concesiones del Equipo Económico y algunas ganancias del ministro de Ganadería; más acá o más allá dentro de los margenes trazados por el viejo Salomón.

Lo que rompió el juego, lo que pateó el tablero, es que el presidente del Partido Nacional apareció con un inesperado jaque a Mujica, cantado delante de todos los congresales de la Federación Rural. No hay nada más elemental que sumar 36 y 20 para dar 56; 36 diputados blancos más 20 del Espacio 609 son una cantidad que supera en 6 la mayoría absoluta de la Cámara de Representantes. Y la otra suma es 11+5 ó +6, que da también mayoría absoluta en el Senado. El nacionalismo desafía a sumar los votos de ambos grupos políticos para sancionar una ley que contemple todas o la mayoría de las aspiraciones de los rurales endeudados, ley que solo podría no promulgarse de jugarse Tabaré Vázquez a la otra punta, a la ortodoxia astorista, y vetarla. Con esta inesperada movida, el presidente del Directorio blanco dejó sin espacio al ministro de Ganadería, porque habiendo votos para sancionar una ley, todo lo que se aparte de esa solución será visto por los rurales como debilidades o concesiones de Mujica. Larrañaga marcó la cancha de donde Mujica no pierde ante los rurales, y de allí hacia cualquier punto de entendimiento con Astori es la distancia en que Mujica pierde más o pierde menos. A esta altura, en ningún terreno realmente gana: empata o pierde.

Pero esta jugada del líder blanco va más allá del juego concreto del ministro de Ganadería y el endeudamiento agropecuaria: es una jugada de largo aliento, estratégica, la primer jugada para buscar el comienzo de un proceso de recuperación de su tradicional sostén, de los socios que perdió, que son los productores rurales, al menos los ganaderos de la Federación Rural.

Para que la jugada nacionalista sea completa requiere que el jaque continúe con una ofensiva, lo que supone aunar posiciones dentro del nacionalismo y en pocos días presentar un proyecto de ley con el respaldo de los 36 diputados y 11 senadores blancos. Si ese acuerdo nacionalista no aparece, si ese proyecto no se presenta, entonces el jaque puede diluirse, como muchos jaques, en una amenaza que pasa, y entonces Mujica ya no estará tan acorralado, tendrá más espacio de juego, no necesariamente perderá con una transacción, y hasta puede ganar.