07 May. 2006

El zorro y el león

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El célebre florentino Niccolo’ dei Macchiavelli escribía: el príncipe debe ser como el zorro y como el león, tener la astucia del zorro y la fuerza del león. La imagen maquiavelista del zorro y el león fue aplicada a Franklin Roosevelt en relación a varias facetas de su vida política, pero en particular para ese gran esfuerzo que fue llevar a un país desde una postura claramente aislacionista a ser un partícipe fundamental en la Segunda Guerra Mundial y, a partir de allí, proyectarse en el epicentro del escenario mundial.


El célebre florentino Niccolo’ dei Macchiavelli escribía: el príncipe debe ser como el zorro y como el león, tener la astucia del zorro y la fuerza del león. La imagen maquiavelista del zorro y el león fue aplicada a Franklin Roosevelt en relación a varias facetas de su vida política, pero en particular para ese gran esfuerzo que fue llevar a un país desde una postura claramente aislacionista a ser un partícipe fundamental en la Segunda Guerra Mundial y, a partir de allí, proyectarse en el epicentro del escenario mundial. Como señala Henry Kissinger: “Para los dirigentes políticos contemporáneas que gobiernan dejándose influir por las encuestas de opinión pública, el papel de Roosevelt al llevar a un país aislacionista a participar de la guerra es como una lección objetiva del liderazgo en una democracia”

El liderazgo es una forma de conducir difícil que supone evitar los dos riesgos extremos: el del conductor conducido y el del precursor que no conduce. El conductor conducido es aquél que por seguir los estados de la opinión pública, se mueve al reflejo de ésta sin aventurar nuevos caminos. El precursor es quien puede ver el camino muy a lo lejos, pero se distancia tanto de la opinión pública que no logra que ésta lo siga. El líder efectivo es aquél que está lo suficientemente delante de la gente como para trazarle el camino y guiarla, pero lo suficientemente cerca como para que la gente lo entienda y lo siga. Ese difícil matiz es el que logran los líderes. Pero cuando la meta trazada por el líder dista mucho y puede ser hasta opuesta al punto de partida de la sociedad, es cuando ese líder requiere de toda la astucia del zorro. Esa astucia se expresa muchas veces en el uso de un lenguaje impreciso, deliberadamente ambiguo, que permita reflejarse en él a quien viene del punto de partida y a quien busca la meta. En el comienzo ese lenguaje debe estar más cerca del punto de partida y al final debe estar más cerca de la meta. Debe hacerlo al compás del seguimiento de la mayoría de la opinión pública y de la dirigencia política y social, para arribar al propósito deseado con las menores deserciones posibles.

Tabaré Vázquez es probable que no tenga muy claro cuál es la meta que persigue, porque desde que se erigió en candidato presidencial hasta hoy han cambiado y mucho sus puntos de referencia. Concibió una política exterior con un Uruguay anclado en el Mercosur y a partir de allí ese bloque asociado, insertado o imbricado con otros bloques o países, de regiones diferentes, e inclusive con un Mercosur posiblemente agrandado, con más países en su seno. La mar de contradicciones e inconsecuencias en el funcionamiento del pacto regional llevaron a que el otoño austral de este 2006 presente un panorama regional casi opuesto al que se vio cuando la cumbre hemisférica de Mar del Plata. Lo que el presidente oriental sabe es qué es lo que ha cambiado y con qué cosas no puede contar. No sabe con precisión ni a dónde debe ir ni con qué puede contar. Comienza así un proceso de tanteo, de exploración, de búsqueda de caminos. Lo que sabe es la voluntad de su gobierno de conseguir la mayor cantidad de acuerdos comerciales posibles, en la latitud y la longitud que fuere, sin mirar regímenes, ideologías o posicionamientos internacionales. Este es sin duda el cambio más significativo en la política exterior del presidente; habrá que ver hasta dónde es la política exterior compartida por todo el gobierno y todo el oficialismo.

El 1° de marzo de 2005, al instalarse el gobierno, partió de una concepción ideologizada, basada en que la comunidad ideológica o política es lo que sedimenta los entendimientos entre las naciones; de donde: no hay mejor marco para un gobierno progresista en Uruguay que estár rodeado de gobiernos progresistas, y por tanto afines y amigos, en la región y más allá de ella, en casi todo el resto del continente sudamericano. En doce meses descubrió que en las relaciones internacionales pesa más la raison d’Etat que las ideologías, religiones o filosofías, y que para Uruguay es lo mismo que en Brasil haya un gobierno de izquierda que un gobierno de derecha, y que en Argentina importa más la capacidad y estructura psicológica del virrey de turno, que su discurso o su ideología real o presunta. Llegó pues la hora de la realpolitik. Es además una realpolitik sin un libreto determinado, sino que el mismo se va a ir escribiendo al son de los éxitos y los fracasos en esas exploraciones.

Pero un problema grave es que el cambio hacia la realpolitik que va experimentando el presidente, buena parte de sus ministros y asesores, no va acompasado ni en el ritmo ni en la dimensión por toda la dirigencia de izquierda ni por buena parte de su militancia. En general en estos cambios el presidente logra buena sintonía con los ciudadanos de a pie, con el conjunto de ellos pero en particular con la abrumadora mayoría de sus votantes, una sintonía que es mayor que la que obtiene con los militantes de izquierda y con una parte nada menor de la dirigencia, ministros, senadores y diputados incluidos.

El tema Estados Unidos es crucial. No es un país que despierte la mayor simpatía de los uruguayos, aunque tampoco que exalte fuertes animosidades. Pero en militantes de izquierda ese país es mala palabra, despierta animosidades; hay un antinorteamericanismo visceral, profundo, ideológico, que responde a visiones del mundo y concepciones históricas muy arraigadas. No proviene de ninguna moda pasajera ni de ningún reflejo incomprensible. Por eso mismo, es un antinorteamericanismo difícil de enfrentar. En este tema es donde el presidente debe jugar con toda la astucia del zorro combinada con toda la fuerza del león. En ese doble juego sutil, de sorpresa, convencimiento y autoridad, es donde juega toda la suerte del apoyo en la izquierda a este nuevo enfoque de la política internacional, caracterizado no por un cambio de bando, no por la adhesión a la política norteamericana, sino por salir de los esquemas ideológicos y navegar en medio de las filias y las fobias con Estados Unidos, Venezuela, Colombia, Irán, la Unión Europea, Cuba, más la región, los países árabes, Israel y los países asiáticos.