26 Dic. 2004

El último año del último Batlle

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El fin del año cuatro del tercer milenio es el último del último Batlle, al menos por un largo tiempo y como primer apellido, ya que se no ve ningún relevo en el horizonte. Es también el último año del último presidente de continuo de un partido tradicional.


El fin del año cuatro del tercer milenio es el último del último Batlle, al menos por un largo tiempo y como primer apellido, ya que se no ve ningún relevo en el horizonte. Es también el último año del último presidente de continuo de un partido tradicional (si no se cuentan las interrupciones no constitucionales). El año cuatro del último siglo del anterior milenio, otro Batlle, el segundo, el que con su apellido diera origen a la expresión batllismo, cerró ese año como el último que tuvo una guerra civil. Estos cien años marcan la distancia que va del fin del enfrentamiento sangriento entre blancos y colorados, al fin de la hegemonía política civilizada de blancos y colorados, primero en competencia entre sí, luego en distintas formas de colaboración o cogobierno. El Batlle de hace un siglo llegó a la primera magistratura por el voto indirecto emitido por la Asamblea General, como correspondía a la primera constitución, voto de colorados (no todos) y de blancos disidentes, que por ese hecho fueron expulsados del Partido Nacional. Para los blancos la elección de aquel segundo Batlle fue el triunfo del exclusivismo colorado y la amenaza para la colectividad nacionalista. Este Batlle, el cuarto, fue elegido con el apoyo conjunto de todos los colorados y todos los blancos. Después del año cuatro Batlle y Ordóñez trasmitió el poder a un sucesor indicado por él, para luego – transcurrido un periodo de gobierno – retornar a la primera magistratura. Este Batlle entrega el poder no a su sucesor, que salió tercero en la corrida electoral, sino al adversario de su partido y del otro partido tradicional. Quizás estas imágenes sirvan para ejemplificar cuánto ha cambiado este año que se va.

El tercer Batlle, Luis Batlle Berres, pasó el fin de año de su último gobierno en la transición histórica hacia el primer gobierno blanco elegido por las urnas en el Uruguay moderno, el cuarto gobierno blanco de toda la historia, y el primero en 93 años. No lo hizo como presidente de la República, cargo que no existía, sino como líder de la fracción que ejercía la mayoría del Consejo Nacional de Gobierno. El padre tuvo el peso de dejar el gobierno al adversario tradicional, todavía claro adversario y en competencia abierta. El hijo tiene el peso de dejar el gobierno al nuevo adversario, ahora adversario de ambas colectividades tradicionales.

En países moderados, relativamente predecibles, gradualistas, los cambios históricos tienen el efecto de rebarajar muchas cosas y dejar otras tantas. Nunca son lo tanto que los más idealistas imaginan, ni tampoco el quietismo que algunos creen percibir. Donde más efecto tienen los cambios históricos en estos países normalmente es en las estructuras políticas y en los elencos políticos. Pero los cambios históricos abren también grandes interrogantes, ya que ni el Frente Amplio se impuso sobre los partidos por una diferencia abismal ni por unos pocos votos, ya que fue de seis puntos porcentuales sobre votos válidos. La primera interrogante es qué pasa con esta fuerza política al afrontar los desafíos de un gobierno y las expectativas de la población. Las otras dos grandes interrogantes en cuanto al sistema político tienen que ver con el destino de uno y otro partido tradicional.

El Batlle que termina su labor ha tenido un periodo que no pasará inadvertido en ninguna crónica. Claramente hay tres periodos, con sus subperiodos, que pueden dividirse perfectamente en años civiles: el 2000-2001, el 2002 y el 2003-2004. El primer periodo tiene a su vez dos subperiodos. El primero corresponde al tiempo exultante, a un presidente en la cúspide de su popularidad, tiempo más pródigo en impactos verbales que en realizaciones. El segundo subperiodo es cuando despunta el desencanto, cuando las reformas esperadas por sus seguidores no solo no llegan, sino que tampoco se promueven; y además cuando sobrevienen las malas noticias, la más fuerte de todas, la aftosa. El 2002 es el tiempo intermedio del gobierno y el más duro. Se caracteriza por el vendaval argentino que se lleva toda la estabilidad monetaria, la estabilidad bancaria, el equipo económico, la libre disposición de los depósitos en los bancos estatales y los privados en bancarrota, y se lleva también la coalición de gobierno. De estos dos tramos el presidente de la República puede exhibir dos grandes resultados: la labor de la Comisión para la Paz (que culmina un poco después) y los 1.500 millones de dólares que impiden que el país entre en el abismo (dinero otorgado por el FMI gracias a la presión de Estados Unidos y al crédito puente otorgado por éste).

El tercer periodo es el de la recuperación: de la economía, del empleo y de la imagen presidencial. No le bastaron para mantener la nave política a flote. Ya que lo último que se llevó la crisis es al Partido Colorado. Habrá que estudiar detenidamente muchas cosas: cuánto influyó en el magro resultado del Partido Colorado los efectos económicos y sociales de este gobierno, cuánto las formas de hacer política que resultaron más crudas cuanto peores aparecían los indicadores de opinión pública, y cuánto los errores en los procedimientos y las soluciones en materia de candidaturas presidenciales.

El cierre del año plantea una pregunta. Una ventaja de seis puntos porcentuales como obtuvo la izquierda sobre los partidos tradicionales en bloque, o de tan solo cuatro puntos sobre el conjunto de los partidos, implica que en realidad la ventaja fue de un swing de tres y dos puntos respectivamente. En otras palabras, el cambio de bando de tres puntos entre izquierda y tradicionales provocaba un equilibrio, y lo mismo un cambio de dos puntos entre izquierda y el resto de los partidos. Por otro lado se observa ese determinismo estadístico que marca que desde 1966 a la fecha los partidos tradicionales en conjunto perdieron sistemáticamente peso electoral, elección tras elección, sin una sola excepción. Con ambos elementos a la vista viene la pregunta: ¿la izquierda hubiese obtenido ganado, al menos con esta magnitud, sin el desbarranque del 2002? ¿o este fue un año de consecuencias electoralmente neutras? Son preguntas sin respuesta, pues no hay forma alguna, científicamente hablando, de responderla. Las otras interrogantes, las abiertas, las contestará el tiempo por venir, que como todo por venir, está siempre lleno de esperanzas e incertidumbres.