12 Dic. 2004

El difícil oficio de opositor

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El 15 de febrero de 1990 comenzó a funcionar en el país un tipo de esquema político inédito: la izquierda al frente de un gobierno o administración (el del departamento de Montevideo), ambos partidos tradicionales en la oposición. Hasta entonces, y para considerar los tiempos vividos desde la fundación del Estado moderno, es decir, a partir de los primeros años del siglo pasado...


El 15 de febrero de 1990 comenzó a funcionar en el país un tipo de esquema político inédito: la izquierda al frente de un gobierno o administración (el del departamento de Montevideo), ambos partidos tradicionales en la oposición. Hasta entonces, y para considerar los tiempos vividos desde la fundación del Estado moderno, es decir, a partir de los primeros años del siglo pasado, los partidos asumieron diversos roles:

Uno. El Partido Colorado en forma normal como partido de gobierno, salvo 8 excepcionales años como partido de oposición al gobierno y coparticipación en la administración

Dos. El Partido Nacional primero como partido de oposición al Partido Colorado, luego como opositor al gobierno colorado y coparticipador en la administración, en algún tiempo cogobernante.

Tres. Los partidos de izquierda y centro izquierda como opositores a unos, a otros y a ambos.

Cuatro. La vieja Unión Cívica como un partido de oposición suave y a veces con algún hombre suyo en el gabinete.

Así, cada uno aprendió su juego y supo jugarlo. El juego incluía jugar la elección presidencial. Primero fue un juego interno de los colorados, donde los blancos participaban por los honores. Luego el juego pasó a ser bipartidario, hacia dentro y hacia fuera de las colectividades tradicionales. La izquierda era un mero espectador del nivel presidencial.

El primer cambio que opera ese día de mitad de febrero del último año de la novena década es la aparición de ese bicho extraño: el Frente Amplio como titular de un gobierno o una administración, y los dos partidos tradicionales, ambos, como oposición a un gobierno de izquierda. Cada uno debió aprender su juego. El Frente Amplio el juego de administrar y ser oficialista, y en su ámbito, el municipal de Montevideo, lo aprendió. Pueden ser juzgadas mejor o peor sus administraciones, pero en lo que importa, que es el juzgamiento de la opinión pública y del electorado, aprendió, ya que en todas las elecciones municipales capitalinas incrementó el caudal de votos, y los índices de aprobación de la gestión han sido siempre positivos y hasta altamente positivos. La percepción es que ni colorados ni blancos aprendieron a hacer oposición. En los 15 años pasados la izquierda gobernó Montevideo virtualmente sin oposición. No se recuerda un solo tanto convertido por la oposición, una sola dificultad creada desde las filas opositoras. Todas las dificultades que tuvo la izquierda provinieron de adentro, del propio Frente Amplio, o de ese mitad adentro y mitad afuera que es el sindicato, la ferreamente combativa ADEOM. Los colorados y los blancos ensayaron una oposición como si fuera contra administraciones tradicionales, muchas veces más apuntando a lo pequeño que a lo grande. increíblemente hubo yerros de la administración frenteamplista que pasaron inadvertidos para los opositores; hubo actos administrativos harto cuestionables (de corrido conocimiento a nivel de proveedores) que jamás lograron una sola mención de ediles o autoridades opositoras. En cambio, se formularon escándalos sobre temas de escasa intensidad y fácil refutación, o directamente se cometieron yerros inconcebibles, como atacar que se concediese a la obra social Tacurú la concesión de la limpieza de una parte de Montevideo. El yerro no estuvo en el planteo (que fue correcto, pues la concesión se hizo en clara violación de las normas administrativas) sino en el impacto sobre la población: los opositores debieron pagar un juicio severo de la ciudadanía montevideana, que los vio obstaculizando una obra social por menores propósitos políticos. La lección es muy clara: para que la oposición sea eficaz no solo hay que tener razón, sino que la gente tiene que percibir que la razón la tiene la oposición y no el oficialismo.

El segundo cambio que opera entonces, quizás no tanto ese día sino más bien hacia mediados de 1992, es la inequívoca aparición de un postulante presidencial con posibilidades y ajeno a los partidos tradicionales. De entonces a acá la oposición de blancos y colorados a Tabaré Vázquez, y también la oposición desde dentro de la propia izquierda, no encontró el camino apropiado. No logró hacer mella en el hombre, en su imagen y su mito.

Ahora ocurre una cosa por demás obvia: que la izquierda tiene que aprender a gobernar. Pero ocurre otra no tan obvia: que los partidos tradicionales tienen que aprender a hacer oposición a la izquierda. Cada uno tiene que resolver su forma de actuación fuera del gobierno, del co-gobierno, de la coalición de gobierno o de la coincidencia de gobierno, lo que es una novedad desde la restauración institucional a la fecha. Debe resolver sus cuitas internas, uno por estar en pleno proceso de renovación, el otro precisamente por no estarlo. Pero además y sobre todo deben aprender a hacer oposición a un gobierno de izquierda. Ya los primeros comentarios, a propósito de la designación del gabinete, marcan que siguen lejos de siquiera orejear por dónde se debe hacer la oposición, si lo que se quiere es que esa oposición sea bien recibida por la gente e influya sobre una sociedad que no es la misma que la de hace veinte años, que se maneja con códigos diferentes. Es obvio que la izquierda en estos cinco años se va a desdecir de la gran mayoría de las cosas que dijo e hizo: desde el no pago de la deuda externa, el no al Fondo Monetario Internacional, el no querer saber nada con los Estados Unidos, la oposición al equilibrio fiscal y todas las demás yerbas que se quieran inventariar. También se va a desdecir de cosas (o se está desdiciendo) como el reparto político, la no designación de familiares en cargos de confianza y yerbas de parecidas. Pero si blancos y colorados creen que mencionar esas incongruencias les va a dar resultado, poco entienden de lo que ha pasado en el país.

Es que el gran desafío que tienen por delante ambos partidos tradicionales es recrear formas de oposición y formas de convocatoria. La oposición no está en decir “hacen lo que criticaron”, está en plantearle a la sociedad cosas que esta sociedad acepte. Que no es fácil, no lo es. Es todo un ejercicio de creatividad. Y también el formular nuevas convocatorias, para lo cual es fundamental la rediscusión ideológica de ambos partidos. El gobierno Vázquez no solo empieza con una gran cuota de expectativa de la población y va a tener el natural periodo de gracia de un cambio de esta magnitud, sino que va a tener un tiempo adicional de gracia que es el que van a consumir los colorados y los blancos en descubrir cómo hacer oposición a un gobierno frenteamplista.