19 Set. 2004

De pobres, iglesias y políticos

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El tema de los pobres y la pobreza se instaló en la campaña electoral, sin duda como el punto de mayor relevancia para el futuro del país (no solo para los primeros años del próximo gobierno), lo que quiere decir que también se ha instalado en la agenda de gobierno y lo que es sin duda más importante en la agenda de políticas de Estado.


El tema de los pobres y la pobreza se instaló en la campaña electoral, sin duda como el punto de mayor relevancia para el futuro del país (no solo para los primeros años del próximo gobierno), lo que quiere decir que también se ha instalado en la agenda de gobierno y lo que es sin duda más importante en la agenda de políticas de Estado. El llamado del Consejo de Iglesias Cristianas del Uruguay (CICU) hace que el punto logre un consenso mayor en cuanto a prioridad, ya que si a ello se suma posturas como las del movimiento sindical y las ONGs, puede considerarse que adquiere relevancia de política de país, ya que la sociedad en su conjunto expresa preocupación por el tema.

El CICU lo integran la Iglesia Católica y las iglesias protestantes más tradicionales: Anglicana, Evangélica Luterana, Evangélica Metodista, Evangélica del Río de la Plata, Evangélica Valdense y Pentecostal Naciente. En cuanto a lo político no ha planteado el tema de la mejor manera si el objetivo es la obtención de consensos, porque partió desde un ángulo confrontador, que revela o poca comprensión del papel de las campañas políticas en una democracia política o lisa y llanamente acusa al sistema político de practicar la demagogia. Si se parte de la hipótesis de una intención consensualista de las iglesias, ese ataque a los actores políticos es una gafe, en tanto no conduce al efecto propuesto.

Pero más allá de ello, si se olvidase ese párrafo de la declaración multieclesiástica, hay una expresión de alarma: “No es necesario acumular datos estadísticos para comprobar una realidad que vemos a diario en nuestros barrios, en los semáforos, en el colapso de las instituciones de contención y servicio, en los hurgadores de la basura de nuestras casas. Hemos llegado a tener dos generaciones que viven de la mendicidad. El suicidio silencioso de los adultos por el colapso económico ya no es solo de ellos sino que también toca a adolescentes y niños. La migración no cesa y se vuelve el camino alternativo, especialmente los jóvenes que no tienen esperanza dentro de nuestras fronteras. Estas menciones y otras más, son sólo la punta de un “iceberg” que nos refiere a lo que hay por debajo y que no es tan visible. La destrucción del tejido social. La fragmentación de la familia. La pérdida de valores. El deterioro que la desnutrición produce en los niños y niñas del país y que no es recuperable. Los cambios de comportamiento en las relaciones humanas que no serán fáciles de revertir. Del temor, secuela de la violencia que pervirtió formas simples de la convivencia ciudadana. La proyección hacia el futuro perfila un país que tendremos dificultades en reconocer. No es solo un problema económico. Tampoco de habilidad en el malabarismo de cifras o recursos. Es mas profundo. Lo que vemos a diario es muy preocupante”.

Cuando se habla de la pobreza surge un problema básico de definición: qué es y a qué se llama pobreza. Las diferencias de definición conllevan a contabilizar porcentajes abismalmente diferentes de pobreza. No son iguales los criterios restrictivos de Cepal que los criterios ampliamente abarcativos del Instituto Nacional de Estadísticas. En general las estadísticas coinciden en que, más allá del nivel exacto de personas en la pobreza, ese nivel bajó sostenidamente hasta 1998 ó 1999, y luego comenzó a crecer. Pero lo que también coinciden las estadísticas, es que la pobreza extrema creció sostenidamente por lo menos en las últimas dos décadas (seguramente más). Hay una diferencia conceptual entre pobreza a secas y pobreza extrema. Esta última es la marginalidad o lleva a la marginalidad. Y la diferencia entre un pobre y un marginal es la diferencia entre la inclusión y la exclusión social. El pobre a secas es aquél que tiene insuficiencias, carencias, pero que no afectan el vivir con alguna pizca de dignidad. El pobre extremo es aquél que se enfrenta a la pérdida de la dignidad, a la pérdida sustantiva de valores, en que cualquier forma de obtener la subsistencia pasa a ser lícita, sin que existan diferencias entre el trabajo, la mendicidad o el robo, porque todas esas son meras formas diferentes de buscar la sobrevivencia: se vive con lo que se encuentra, como fuere. Inicialmente quien cae en la pobreza extrema puede ser rápidamente ayudado a salir de ella. Pero si esa pobreza extrema se prolonga, y más aún si traspasa generaciones, se entra en la definitiva confusión de valores y en la exclusión social.

Combatir la pobreza extrema requiere de recursos materiales y de recursos humanos, pero como señalan las iglesias no basta. La distorsión de valores que genera la extrema pobreza no se arregla con mayores recursos ni con resolver temas como vivienda o alimentación, pues la crisis de valores conlleva muy largo tiempo y hasta el paso generacional para su recomposición. Es más rápido el proceso de descomposición y extremadamente lento el proceso de recuperación.

Además hay un dato demográfico muy importante. Decrece la población de los sectores que están por encima de los niveles de pobreza, las muertes por año son más que los nacimientos por año, y además son los sectores golpeados por la emigración (los marginales y los pobres extremos no emigran). La población se mantiene y aún crece por la explosiva tasa de natalidad que existe en los niveles de pobreza común y de pobreza extrema. Ello conlleva a que también hay un cambio de valores en la sociedad producido por la propia diferencia en las tasas de remplazo poblacional. Y en este aspecto hay una carencia generalizada, pues no hay propuestas ni de partidos, ni de instituciones religiosas ni de organizaciones sociales que digan, a partir de las concepciones sobre la vida y el mundo de cada uno, cómo se enfrenta un problema demográfico de esta magnitud. Porque esto también lleva a ese temor que revelan las iglesias de ir hacia un país que se torne irreconocible.

Desde hace varias décadas en Uruguay se debate poco, si por debate se entiende la discusión profunda y con nivel, a partir de las diferencias conceptuales e ideológicas de cada uno, en busca de soluciones y de respuestas. Hay discusiones uno diría con mentalidad judicial, o más propiamente con mentalidad juzgatoria: quién es el culpable de que la cosa ocurra. Y por las dudas, quien pueda sentir que se le pudiere culpabilizar, le conviene comenzar por negar el diagnóstico. Entonces no sólo no hay debate, sino que la discusión se centra en el diagnóstico. En este tema parece que hay coincidencias de diagnóstico. La sociedad entonces tiene la opción de discutir las culpabilidades o debatir las soluciones, que ni son sencillas ni están a la vista.