01 Ago. 2004

El adiós al General

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Es muy difícil escribir a pocas horas de la muerte de alguien que ha sido muy importante en la vida de uno mismo, y más aún hacerlo en este momento con pretensión analítica. Vayan pues algunas reflexiones, con variada mezcla de subjetividad y objetividad.


Es muy difícil escribir a pocas horas de la muerte de alguien que ha sido muy importante en la vida de uno mismo, y más aún hacerlo en este momento con pretensión analítica. Vayan pues algunas reflexiones, con variada mezcla de subjetividad y objetividad.

Quizás su obra maestra es el papel jugado en la transición del autoritarismo a la democracia. Papel decisivo. El pasaje del régimen de facto a la democracia no se hubiese dado en el tiempo y en la forma en que se dio sin el fuerte liderazgo de Seregni sobre la izquierda. Ese acto requirió dos grandes condiciones. La primera de todo la visión estratégica, que lo llevó a buscar el objetivo sin perderse en las trampas y vericuetos de la táctica, de lo momentáneo, de lo anecdótico. La segunda condición, el coraje. Solo con un enorme coraje pudo llevar a la izquierda hacia donde espontáneamente los frenteamplistas no querían ir, más aún, les parecía horrible ir: a sentarse a la misma mesa con los militares del gobierno de facto, para mediante el diálogo acordar el tránsito hacia la democracia. Quien esto escribe es testigo del esfuerzo, la tensión y los sacrificios que le supusieron poder concretar este objetivo, cuyos primeros pasos tuvo que darlos casi en solitario. Quizás pudo haber habido otras transiciones, pero seguramente más tarde y con mucho más dolor de por medio.

Hay una segunda gran obra de su vida pública que es la búsqueda de los consensos nacionales. En su primera etapa no fue comprendido, cuando al despuntar los años ochenta hizo el llamado a la Concertación. Unos no la entendieron; otros la entendieron y les pareció inoportuna o inconveniente. Al final de su vida, en el plano académico, desde el Centro de Estudios Estratégicos 1815, pudo retomar esa búsqueda de los puntos de encuentro entre los distintos partidos políticos y sectores sociales, en pos de armar un acuerdo básico de país. Su modelo no difiere en mucho del famoso pacto sueco de 1937, entre gobierno, burguesía industrial y sindicatos, que significó las bases para el formidable e ininterrumpido desarrollo del país nórdico a lo largo de medio siglo. Modelo que tiene un hermano menor en el Pacto de la Moncloa auspiciado en parecido formato y con similares objetivos por Felipe González en los inicios de su primer gobierno.

Otro producto de su vida pública, sin duda controversial, querido por medio país, no querido por otro tanto, fue la construcción del Frente Amplio. Pero quizás más importante que su propia fundación fue su sobrevivencia. Porque requirió de toda la capacidad y firmeza de Seregni, de toda su decisión y empeño, hacer sobrevivir algo que estuvo largos años bombardeado desde afuera y desde adentro. Y dejó ese instrumento que bajo otro liderazgo se encuentra en las puertas del gobierno, en la pelea por traspasar esas puertas. Desde su salida de la conducción política (5 de febrero de 1996) fue por varios años un fuerte cuestionador de estilos y conductas, lo que le valió un importante divorcio con buena parte de la masa de izquierda, particularmente con los que no fueron frenteamplistas de la primera hora. Al cerrar su pasaje por la vida pública él se reencuentra con el Frente Amplio y con la masa frenteamplista, y el Frente Amplio y los frenteamplistas se reencuentran con Seregni. Este aporte al Uruguay, a un país con partidos modernos, es el equivalente hacia la izquierda de lo que hicieron para lo colorado o para lo blanco hombres como Batlle y como Herrera.

Hombre de diálogo, cultivó en estos veinte años una intensa relación con todos los últimos presidentes de la República y candidatos presidenciales. Y se transformó en un hombre que, sin abdicar de su pertenencia partidaria, se manejó con independencia de criterio y se situó por encima de las divisiones partidarias.

Fue un permanente cultor de la tolerancia en general, pero en particular del reencuentro entre todos los orientales. Desde el mismo momento en que sale de diez largos años de cárcel, su palabra es de templanza, su mensaje es mirar hacia la construcción del futuro, su accionar es la búsqueda del entendimiento entre todos los uruguayos desencontrados en los años del dolor. Esa línea, no siempre entendida en la propia izquierda, lo llevó a luchar contra los intentos de buscar y rebuscar en el pasado, a bregar por la clausura - una vez por todas - de las heridas abiertas. En esas sugerentes coincidencias de la vida y de la historia, muere en el mismo momento en que se desata una controversia en el seno del Ejército, por la restitución de su retrato a la galería de antiguos comandantes de una de las dos divisiones que lo tuvieron a su frente. Mientras Seregni agonizaba, los últimos sobrevivientes militares formados en esos años de odio, desde su retiro exhibían su incapacidad de buscar la paz de los espíritus, de comprender que el tiempo pasa y que el país y el mundo están en otra cosa. La institución militar quizás todavía no ha comprendido en profundidad cuán distintos hubiesen sido estos últimos veinte años, para el país todo y para los militares en particular, si al frente de la izquierda hubiese estado un hombre lleno de pasiones y rencores, con sed de revancha, si el líder de la izquierda no hubiese sido un militar profundamente orgulloso de su calidad de tal y permanentemente preocupado por salvaguardar la institución. Quizás quien más percibió esto lo fue el general Hugo Medina.

Para un hombre que no llegó a ocupar posiciones de Estado, curiosamente el calificativo que le cabe es el de estadista, el calificativo que le asignan precisamente quienes no transitaron en política con él ni comulgan con las ideas de su fuerzas política. Y también, recurriendo a una palabra que puede sonar antigua, la de patriota. La de un hombre profundamente enamorada de su patria, a la que consustanciaba con la figura de Artigas, de los proyectos y de las frustraciones del héroe nacional.