18 Jul. 2004

De óptica y de ilusiones

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La ilusión óptica es un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, causados por engaño del sentido de la vista; o en sentido figurado, causados por engaño de algunos de los sentidos. Los resultados de las elecciones habidas el 27 de junio han generado diversas ilusiones ópticas. La primera de ellas tiene que ver con el resultado global.


La ilusión óptica es un concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, causados por engaño del sentido de la vista; o en sentido figurado, causados por engaño de algunos de los sentidos. Los resultados de las elecciones habidas el 27 de junio han generado diversas ilusiones ópticas. La primera de ellas tiene que ver con el resultado global. De allí surge la idea que el Encuentro Progresista-Frente Amplio captó el 43% de todo el electorado, el Partido Nacional el 41% del mismo y el Partido Colorado el 15%, y que la diferencia entre el EP-FA y el Partido Nacional fue (ahora sí computando los decimales) algo inferior a un punto y medio porcentual. Esto llevó a varios espejismos. Uno de ellos expresado en tres frases similares, pronunciadas por sendos líderes: esta votación es el piso del EP-FA; el 27 de junio marcó el piso del Partido Nacional; este resultado es el piso del Partido Colorado.

Vale la pena corregir la desviación de la córnea, e ir a la medición de la realidad. El electorado real, el que reside en el país más los pocos que viajan hacia éste, es decir, el conjunto de personas que votará el 31 de octubre, es de alrededor de 2.300.000. Ese es el universo. El EP-FA obtuvo para cargos nacionales 455.848 votos, lo que representa el 19.8% de ese universo. El Partido Nacional logró 441.870 votos, que significan el 19.2%. El Partido Colorado logró 159.726 votos, que representan el 6.9%. Y hubo 77.162, es decir, un 3.4%, entre votos a otros partidos, en blanco, votos nulos (sobres con hojas completamente anuladas), votos observados anulados y votos exclusivamente a hojas departamentales. Quedó en sus casas un 50.7% del electorado que sí concurrirá a las urnas en octubre. Entonces, los resultados obtenidos por los tres principales partidos no es el piso de cada uno, es el sótano de cada partido. Tampoco la izquierda y los blancos están 43 a 41 (porcentajes sobre el total de votos por algún partido), ni tampoco 40 a 39 (porcentaje sobre el total de votantes el 27 de junio), sino que por los votos demostrados ese día se sitúan en un 20 a 19, más las adhesiones de los que quedaron en sus casas. Y estas adhesiones no las miden las urnas sino las encuestas (hasta que llegue el momento de las urnas ese 31 de octubre). Y las encuestas, todas las encuestas confiables, sean dos, tres o cuatro consultoras, las que a cada quien le guste elegir, dan aproximadamente una relación por cada 10 votantes, de 5 votos para el EP-FA, 3 para el Partido Nacional, 1 y medio para el Partido Colorado, y el resto en el rubro de los indefinidos. Ese era el escenario al 27 de junio, y ahora se verá cuál es. El resultado del 27 de junio no era una sorpresa. El 20 de junio el informe Factum en El Observador decía: “Ello hace que a la izquierda le resulte bastante difícil el validar el primer lugar con una ventaja de 5 a 3 sobre los blancos. Lo más probable es que gane por una diferencia menor y existe, aunque con menos probabilidades, la posibilidad de que pierda el primer lugar”. Y en Montecarlo TV se dijo: “Los resultados del domingo van a ser diferentes (a la encuesta), porque el voto es voluntario y es muy distinta la motivación de los distintos partidos (y esto se traduce) en que esta proporción de 5 a 3 entre la izquierda y los blancos puede ser mucho menor, bastante menor. Y que la diferencia de 2 a 1 de blancos sobre colorados puede ser mayor”.

A veces cuesta entender el papel de las encuestas. Lo que hacen es ir reflejando los movimientos de la sociedad. Las urnas lo que hacen es cristalizar esos movimientos. Por eso no hay sorpresas con las urnas. No porque nada haya pasado, sino porque el 27 de junio se cristalizaron los cambios operados a lo largo del primer semestre de 2004, fundamentalmente el formidable ascenso del Partido Nacional (que duplicó su caudal electoral en menos de un año) y en particular el crecimiento de Larrañaga, que por sí solo, como líder de fracción, pasó a ser una figura con mucho más fuerza que todo el Partido Colorado y que cualquiera de los otros sectores políticos de cualquiera de los partidos. Sin duda Jorge Larrañaga es el gran ganador de los últimos cuatro años, que pasó de ser un aspirante a la posibilidad de ser pre-candidato presidencial, porque de eso se trataba, a ser el candidato presidencial del segundo partido del país, con empuje para intentar forzar un balotaje.

Pero la otra ilusión óptica del 27 de junio es la derrota de Lacalle. Naturalmente que perdió la candidatura nacionalista y sin apelación, fue derrotado por la friolera de 2 a 1. Esta es una lectura del resultado. La otra lectura, que no se hace ni aún dentro del herrerismo, es que fuera de Vázquez y Larrañaga, es decir después de los dos líderes que en realidad van a disputar la Presidencia de la República, aparecen en pie de igualdad otras tres figuras. Tanto se tomen las últimas encuestas de fines de junio, como la votación de las llamadas elecciones internas, en ambos casos aparecen en rangos similares el fenómeno comunicacional José Mujica, el aglutinador de casi todo el coloradismo Guillermo Stirling y el cuestionado Luis Alberto Lacalle. En orden de adhesión en las encuestas y de votos el 27 de junio, el orden es Mujica-Lacalle-Stirling, casi parejos. En otras palabras, Lacalle votó y tiene mejor intención de voto que Sanguinetti y Batlle juntos, y además mejor que Astori, Nin Novoa, Arana, Michelini y los socialistas, cada uno por separado. Si esto hace que sea buen o mal candidato para el Senado es otro cantar, y si al herrerismo le sirve ir con él como líder, como miembro del pelotón o como pope en retiro es una evaluación donde se conjugan los cálculos electorales con los proyectos políticos.

Un tercer tema no es tan solo de deformación óptica sino también de interpretación de datos. Ya le ha ocurrido al Frente Amplio en otras oportunidades, producto de que el candidato presidencial no aparece a su vez como jefe inequívoco de una fracción, no hay una lista encabezada pura y exclusivamente con su nombre. Entonces surge la duda cuántos votos de un sector son del propio grupo y cuántos aportados por la figura del líder. En 1984 se discutía cuántos votos de la 99 eran de Batalla y cuántos de Seregni. Ahora, en ese tercio de votos frenteamplistas volcados a la 609: ¿son todos, casi todos o la mayoría de Mujica? ¿o unos cuantos o la mayor parte son de Tabaré Vázquez?