04 Jul. 2004

Viene la segunda etapa

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Una de las innovaciones que trajo la reforma constitucional de 1996 fue la instauración de este originalísimo sistema electoral de corte olímpico, o de elección por eliminatorias. De diferente tipo: tres vueltas para la Presidencia de la República (cuartos de final, semifinal y final), dos etapas más o menos completas para el Parlamento (un ranking clasificatorio en los partidos tradicionales y una etapa definitoria para todos los partidos en octubre), dos etapas para los gobiernos departamentales (clasificación preliminar este año, final entre finalistas plurales y en tandem el año que viene).


Una de las innovaciones que trajo la reforma constitucional de 1996 fue la instauración de este originalísimo sistema electoral de corte olímpico, o de elección por eliminatorias. De diferente tipo: tres vueltas para la Presidencia de la República (cuartos de final, semifinal y final), dos etapas más o menos completas para el Parlamento (un ranking clasificatorio en los partidos tradicionales y una etapa definitoria para todos los partidos en octubre), dos etapas para los gobiernos departamentales (clasificación preliminar este año, final entre finalistas plurales y en tandem el año que viene). Como se ve, la originalidad de los uruguayos va más allá de la adopción del múltiple voto simultáneo, el sistema de lemas y hasta el haber tenido dos Poderes Ejecutivos en forma simultánea, algo así como la diarquía consular de la vieja Roma. Hay países con presidente de la República (como Uruguay hoy), hay uno con un ejecutivo colegiado como Suiza y hubo uno con Presidente de la República y además con colegiado, como el Uruguay de 1919 a 1933.

Esta segunda etapa presidencial y parlamentaria llega de la mano de un resultado y un conjunto de encuestas. Lo uno y lo otro difiere. El resultado da un casi empate entre el Frente Amplio y el Partido Nacional (algo así como 42 a 40) y las encuestas dan un 5 a 3 (49 el FA, 30 los blancos). Lo que no hay discrepancias es en el nivel del Partido Colorado de entre un 13% y un 15%. Ocurre que no hay cosa más confusa que los porcentajes, que pueden decir mucha cosa o no decir nada. Es que los porcentajes del resultado de la elección son con el universo del total de votantes del domingo 27, es decir, de alrededor de un millón 150 mil personas. Los porcentajes de las encuestas son sobre el electorado real total, es decir, sobre el total de habilitados para votar residentes en el país, que son alrededor de dos millones 300 mil personas, el doble de los que votaron el 27 de junio. Comparar pues unos porcentajes con otros, sin ninguna otra explicación, es cómo saber si es más caro un auto de 10.000 u otro de 300.000, sin aclarar antes que los 10.000 son dólares y los 300.000 son pesos. Falta pues el arbitraje entre dos monedas. O en el caso electoral el arbitraje entre dos porcentajes, que pueden ser los votos.

Y de ahí resulta que en votos las encuestas dan más o menos un millón 100 mil votos (ó 130 mil) al Encuentro Progresista-Frente Amplio y casi 700 mil al Partido Nacional. El domingo votaron unas 450 mil personas al EP-FA y unos 430 mil al Partido Nacional. Muy lejos lo uno y lo otro de las encuestas, porque la mitad de los uruguayos que viven en Uruguay se quedaron en sus casas. De aquí vienen varias falacias, que se usan no porque los dirigentes políticos no sepan de matemáticas, sino porque saben bien de marketing: El piso del EP-FA no puede ser la votación del domingo, como dijo Vázquez, porque el piso del EP-FA está muy por encima, uno diría que en más del doble de esos 450 mil. El Partido Colorado no tiene por qué preocuparse tanto de los colorados que hayan votado al Partido Nacional, que no se sabe si los hay, porque a los blancos los votaron 270 mil personas menos de las que los votarían con voto obligatorio. Y al propio coloradismo lo votó la mitad. Entonces, lo importante no es tanto preocuparse por lo que hay que capturarle al otro dentro de los votantes del domingo, sino en la captación del millón 150 mil que se quedó en sus casas. Tampoco es claro cuál es la diferencia real entre los dos principales partidos, si los 450 mil votos que dan las encuestas o los esmirriados 20 mil de los votos, voluntarios. Pero lo que el domingo cambió del panorama nacional es que desapareció la inexorabilidad del triunfo de la izquierda: el balotaje hoy es una posibilidad real (no la única), mientas que en diciembre era una probabilidad en 20 ó en 100.

Así las cosas, esta semifinal (que puede llegar a ser la final) comienza con una fuerte polarización entre la izquierda y el Partido Nacional, que amenaza con asfixiar al Partido Colorado. Hay dos estrategias posibles. Una es que la confrontación se haga mediante la contraposición de modelos, es decir, para usar una jerga que a los españoles les es funcional, entre derechas e izquierdas, o para usar la terminología italiana, más matizada y filigranática, entre el centro izquierda y el centro derecha. La otra es mediante la disputa por el centro. Dominar el centro quiere decirlo ocuparlo, y como se aprende en física, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio. De donde, la única forma de ocupar el centro es expulsar al contrario. Y para ello hay que empujarlo hacia un extremo.

En eso están ambos. El EP-FA y Vázquez apuntan a derechizar a Larrañaga. Para lo cual buscan demostrar que en el fondo Larrañaga es la continuación de los cuatro gobiernos habidos hasta ahora, de blancos y colorados con apoyo recíproco, y en particular que detrás del sanducero están Lacalle, Batlle y Sanguinetti. Y además hacer hincapié en que el candidato a vicepresidente fue ministro de Batlle. El Partido Nacional y Larrañaga apuntan a radicalizar hacia la izquierda a Vázquez. Para lo cual buscan que la gente mire detrás de Vázquez y vea a Mujica, a los tupamaros, a los marxistas y a gente de tinte radical.

Pero no todo empieza y termina en la disputa por el centro político, sino que también el juego pasa por la creación de certezas hacia sí y de incertidumbres hacia su adversario. Cada quien buscará demostrar que el otro es inconsecuente, carente de propuestas y poco confiable.

El juego también puede darse de manera asimétrica. Mientras uno trata de ocupar el centro y expulsar de allí al otro, el otro se aferra al centro y en lugar de tratar de expulsar al uno, busca disminuirlo. Por allí aparecen algunos juegos cruzados entre los dos ex intendentes. Vázquez pretende envolver a su adversario en la imagen del continuismo gubernamental, mientras que Larrañaga pretende disminuir la credibilidad y confianza en su oponente. Más o menos por aquí va a andar la puja en los comienzos de la etapa. Luego, en función de éxitos y fracasos, se verá.