16 May. 2004

Enroque en la prolijidad

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Las llamadas elecciones internas de 1999 marcaron dos grandes líneas de comportamiento en los tres grandes partidos políticos. De un lado dos partidos que manejaron con gran prolijidad la competencia interna: el Partido Colorado y el Encuentro Progresista-Frente Amplio. Del otro lado un partido que no entendió las nuevas reglas de juego y sumó a ello una ancestral dureza en los enfrentamientos internos: el Partido Nacional.


Las llamadas elecciones internas de 1999 marcaron dos grandes líneas de comportamiento en los tres grandes partidos políticos. De un lado dos partidos que manejaron con gran prolijidad la competencia interna: el Partido Colorado y el Encuentro Progresista-Frente Amplio. Del otro lado un partido que no entendió las nuevas reglas de juego y sumó a ello una ancestral dureza en los enfrentamientos internos: el Partido Nacional. Las nuevas reglas exigen que los disensos necesarios en una competencia interna se compatibilicen con la necesaria propuesta única o central que adviene después de las elecciones internas y para las elecciones nacionales. Ello supone que las diferencias se marquen por la positiva, presentadas como matices de una propuesta central compatible, todo se haga sin descalificaciones personales, ideológicas o programáticas para su contrincante interno. Los colorados se sujetaron estrictamente a las reglas de juego y la misma noche de las elecciones quedó sellada la fórmula presidencial con el abrazo entre el ganador y el perdedor. En menor medida, también los frenteamplistas siguieron las reglas de juego, y tiempo después el perdedor fue anunciado como el futuro ministro de Economía del posible gobierno del ganador.

El Partido Nacional hizo todo lo contrario: campañas centradas en la descalificación ética de quien resultó ganador, serias tardanzas y dificultades para componer la fórmula presidencial, fuertes críticas a la línea política seguida por la conducción partidaria en la coalición de gobierno, retiro para su casa de dos de los candidatos presidenciales perdedores y ausencia de presentación de candidatura del tercero. Puede decirse que los blancos no dejaron error sin cometer y su empeño dio resultado, el peor resultado electoral de su historia.

Cinco años después aparece un enroque. El Partido Nacional presenta una elección interna por un lado competitiva (la única donde existe una competencia presidencial real) y esa competitividad se maneja dentro de las más ortodoxas reglas del juego. Nadie descalifica a nadie y ambos candidatos apuntan a captar franjas diferentes del electorado. Al punto que se observa un fenómeno inédito: ninguno le resta votos al otro, ninguno crece a costas del otro; es una competencia por la positiva, donde Lacalle capta voto colorado o potencialmente colorado y Larrañaga capta voto de izquierda o potencialmente de izquierda. La ventaja que uno obtiene sobre el otro es producto de diferente velocidad de crecimiento. Parece ser la fórmula ideal. Al punto que ya está claramente por encima del resultado de las elecciones nacionales de octubre de 1999, en un proceso de ascenso que permite sostener que no ha alcanzado su techo: tiene margen aún de crecimiento.

El enroque se completa con el movimiento contrario. Aparentemente tanto el Encuentro Progresista-Frente Amplio como el Partido Colorado hicieron las cosas bien: definieron un candidato único o central, con lo que en principio habrían evitado la confrontación interna. Pero en realidad no lo hicieron. El Partido Colorado definió un candidato central que no fue producto de un verdadero acuerdo, sino de una jugada política del líder de la 15 (el presidente Batlle) sobre el líder del Foro Batllista. Nació una candidatura central renga, sin aparato propio. Se abrieron además varios espacios de competencia: por la vicepresidencia entre el Foro y la 15, por la vicepresidencia dentro del Foro y dentro de la 15, por los lugares en las listas al Senado y a la cámara baja en ambos sectores, por la o las candidaturas a la Intendencia en los pocos departamentos en que el coloradismo puede competir. Sanguinetti exhibe un liderazgo con menor potencia que otrora. La 15 tampoco exhibe conducción fuerte y no logra resolver el papel de Atchugarry, que se ha especializado en ser postulado y en declinar las postulaciones (primero a la pre-candidatura presidencial, luego a la pre-candidatura vicepresidencial). Las diferentes listas no aciertan el modo de potenciar al candidato presidencial y así se ven carteles de candidatos a diputado del Foro con el nombre de Stirling y sin el de Sanguinetti, otros que mencionan a Sanguinetti y omiten o disminuyen a Stirling, otros de la 15 que potencian a Atchugarry y ocultan a Stirling, y otros también de la 15 que mencionan con Stirling y sin Atchugarry. En medio de ello el "Caso Peri Valdéz" y la Intendencia de Canelones son dos punto sonoros de fricción entre la 15 y el Foro. Lo único que les falta es que caiga el ministro de Educación y Cultura, en medio de la campaña electoral, empujado por una extraña convergencia del Foro Batllista y la izquierda; y además que el candidato presidencial sea noticia por comparecer como testigo en interrogatorios judiciales penales derivados del "Caso Peri Valdéz". Stirling, por su parte, se encuentra en el dificilísimo papel de un candidato común que no cuenta con las apoyaturas y el poder necesario. El coloradismo ha emulado en lo posible al nacionalismo de 1999 y los blancos han aprendido de la otrora prolijidad colorada.

Los frenteamplistas no se han quedado atrás. Sin competencia por la presidencia ni la vice, sin competencia real entre los sectores a nivel nacional para junio, no aciertan a una política común y exhiben una falta de conducción, que no es de una persona sino de un conjunto. Ya van tres meses consecutivos de errores y fallas, más o menos bien aprovechadas por los contrarios. En medio de eso hubo dos atisbos de Vázquez de pretender imponer conducción, sin que lo efectos hayan sido positivos (en marzo, cuando mandó callar, y en abril cuando estableció reglas de centralidad de la campaña). La reaparición de disidencias en el Senado y de discursos temerosos a la inversión extranjera fue la nota dominante de la última semana, que han opacado el mayor acierto de los últimos tiempos, como lo fue la entrevista Vázquez-Kirchner. El líder de la izquierda exhibió el tono justo y dijo lo necesario. Actuó como figura presidencial, en tono de jefe de Estado potencial pero sin soberbia, sin que se leyera un apresurado ya gané, sino un más bien tengo muchas probabilidades de ganar. Exhibió coincidencias con el gobierno argentino, sin quedar atado al peculiar enfoque que hace el país vecino de la deuda externa. Los ecos de la reunión cumbre quedaron opacados por el rechine en el Senado.

Es complicado este juego y difícil de aprender. Pero no se entiende mucho el que quien hizo las cosas mal haya aprendido y los que la hicieron bien hayan des-aprendido.