25 Ene. 2004

De líderes y vicarios

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Puede el Partido Colorado ir a la elección con Julio María Sanguinetti como candidato, en un momento de importante afectación de su figura? ¿Puede el Partido Nacional ir con Lacalle como candidato único, también cuando su figura aparece con importante afectación? Estas preguntas se hacen todos los días y ya no en voz baja; no sólo los competidores de ambos líderes plantean el tema, sino también periodistas empeñados en impedir el triunfo de la izquierda.


Puede el Partido Colorado ir a la elección con Julio María Sanguinetti como candidato, en un momento de importante afectación de su figura? ¿Puede el Partido Nacional ir con Lacalle como candidato único, también cuando su figura aparece con importante afectación? Estas preguntas se hacen todos los días y ya no en voz baja; no sólo los competidores de ambos líderes plantean el tema, sino también periodistas empeñados en impedir el triunfo de la izquierda. Como es obvio, también se formulan las contrapreguntas: ¿puede el Partido Colorado presentarse sin Sanguinetti? ¿puede el Partido Nacional presentarse sin Lacalle? ¿puede uno y otro prescindir de la fuerza y la experiencia de los ex-presidentes de la República?

El tema admite varios ángulos de análisis. Uno es el que atiene a lo específico de las preguntas: cuál es la potencialidad de los dos ex-presidentes, cuánto suma y cuánto resta cada uno a sus respectivos partidos, si tienen o no sucesores naturales, si pueden ser o no derrotados en la confrontación interna. Hay otro ángulo que va más a lo genérico y parte de estas preguntas: ¿pueden los líderes naturales ser sustituidos a placer? un candidato vicario ¿puede captar todo el capital del líder a quien sustituye y además agregar su propio capital, o por el contrario queda por el camino parte del capital del líder sustituido?

Como la palabra líder admite múltiples significados, a efectos de esta nota corresponder definirlo como la persona que es referente de toda una colectividad política, para el pueblo y para los actores políticos, que guía a dicha colectividad y que además la representa como candidato al máximo cargo. Los liderazgos se construyen y consolidan en un proceso largo, y normalmente duran también largo tiempo; un liderazgo pleno es aquél que conduce no sólo en los éxitos sino también en los fracasos. Hay líderes de mayorías y líderes de minorías, líderes de victorias y líderes de derrotas. Los verdaderos liderazgos son aquéllos que están más allá de los resultados de ocasión. Uruguay, al igual que los países más estables de Europa, exhibe liderazgos de larga duración y de diferente tipo, hay profetas y directores de orquesta, hay conductores de cuadros políticos y guías de multitudes.

A lo largo de la última centuria son pocos los nombres que han resistido el paso del tiempo: José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de Herrera, Luis Batlle Berres, Emilio Frugoni, Rodney Arismendi, Jorge Pacheco Areco, Wilson Ferreira Aldunate, Líber Seregni, para hacer una lista corta, de actores que en su momento fueron referentes únicos o principales de lemas electorales, para no mencionar a ningún personaje en actividad (quedan fuera de la lista no pocos nombres que lideraron sectores o que cumplieron liderazgos transicionales o efímeros).

En este país y en el mundo en lo que casi unánimemente han fracasado los líderes es en la búsqueda de vicarios, de personajes que actúen en su representación. Quizás la excepción la constituya Mariano Rajoy si, como todo indica, se impone el 14 de marzo sobre Rodríguez Zapatero y asegura al Partido Popular de España el mantenimiento del gobierno. Sanguinetti fracasó dos veces consecutivas al intentar proyectar un vicario y ambas contra Jorge Batlle: el actual presidente derrotó primero a Enrique Tarigo y diez años más tarde a Luis Hierro López; en cambio, la única vez que uno y otro líder confrontaron, Sanguinetti derrotó a Batlle Ibáñez por 8 a 1. También Lacalle fracasó en el vicariato, cuando su candidato Juan Andrés Ramírez resultó derrotado por Alberto Volonte. Tanto Sanguinetti como Lacalle ganaron dentro de sus partidos cuando fueron candidatos y ambos perdieron cuando postularon vicarios. Parece que los vicariatos no andan aquí, y salvo España en el 2004, tampoco en el mundo.

Alguien podría decir que le fue bien a Luis Batlle, desde el punto de vista electoral, con la candidatura de Andrés Martínez Trueba; pero este fue más que un vicario, y además Batlle Berres todavía estaba en proceso de construcción de su liderazgo. Pero yendo para atrás, Herrera nunca recibió mayor paliza electoral que cuando hizo mutis y puso como vicario a Juan José de Arteaga.

De lo anterior surge una conclusión que es grata a unos y nada grata a otros, pero que no tiene que ver con los gustos de nadie sino con la lógica más rigurosa: los líderes no pueden decir "en esta mano, paso". O juegan la mano o se retiran. Hay múltiples retiros: uno es dedicarse a pescar, a pintar, a escribir las memorias o a jugar con los nietos; otro es el cumplir funciones de viejo patriarca, de consejero de los nuevos líderes, como Willy Brandt o Manuel Fraga Iribarne, que abandonaron el timón del barco (por su voluntad o contra ella); hay una tercera, que es la que cumplió Seregni en la última etapa de su vida política, que es dedicarse a provocar el pensamiento y el debate. Pero el que dice "me retiro" y conserva la manija del poder, no se retira, sino que se queda y pone a otro como vicario. Entonces, no hay retiro sino vicariato, con el resultado previsible.

¿Esto quiere decir que los líderes siguen siendo tales hasta que les llega la muerte o, excepcionalmente, cuando deciden pescar o asumir el patriarcado? No. Hay una forma de extinción de liderazgos tan normal como el fin físico de los líderes, que es su sustitución por la aparición de otro que primero disputa el liderazgo y luego lo obtiene. Así fue como Wilson Ferreira se hizo con la primacía en el Partido Nacional (mediante la derrota de Etchegoyen) o Sanguinetti en el Partido Colorado (mediante la derrota de Pacheco primero y de Batlle Ibáñez después). De donde surge que la continuidad o no de Lacalle depende no tanto de sí mismo, sino de la aparición de una figura que sea capaz de enfrentarlo y derrotarlo. Y la continuidad de Sanguinetti depende también de que aparezca una figura capaz de enfrentarlo y derrotarlo. Por lo que surge de los estudios de opinión pública, en el Partido Nacional la continuidad o no de Lacalle dependerá del éxito que logre Jorge Larrañaga en una competencia que tiende a polarizarse. En el Partido Colorado depende de que aparezca alguien con fuerza suficiente para enfrentar al líder forista, papel en que se vislumbraba a Alejandro Atchugarry, hasta que hizo mutis y dejó a la 15 en el dilema pirandelliano de varios personajes en busca de un autor. De donde la continuidad o renovación de liderazgos en definitiva se resolverán en las urnas (el 27 de junio o el 31 de octubre) y no en las tertulias.