07 Dic. 2003

Un lugar entre los grandes

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En la Asamblea General de las Naciones Unidas se sientan casi 200 estados independientes en pie de igualdad, vale lo mismo el voto de Vanuatu que el de Estados Unidos o China. En el Consejo de Seguridad hay dos categorías de países: los cinco grandes, iguales entre sí, producto de la realidad o de las conveniencias diplomáticas de la Segunda Guerra Mundial.


En la Asamblea General de las Naciones Unidas se sientan casi 200 estados independientes en pie de igualdad, vale lo mismo el voto de Vanuatu que el de Estados Unidos o China. En el Consejo de Seguridad hay dos categorías de países: los cinco grandes, iguales entre sí, producto de la realidad o de las conveniencias diplomáticas de la Segunda Guerra Mundial. Pero como ocurre en tantas áreas, hay clubes exclusivos que no están revestidos de formalidades y sedes, pero su importancia puede ser mayor; el que no es parte del club, poco importa que su voto valga lo mismo en la ONU. Sin duda el club más elitista del mundo es el que a veces se llama G-7 y en otras G-8, que en su primera versión agrupa a las siete potenciales industriales del mundo (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) y cuando agranda el nombre incorpora a la Federación Rusa. Pero a las puertas de ese club, con el nombre que se le quiera poner, golpean unas cuantas puertas. Para lo que interesa a este confín del mundo, hay dos de relevancia: España y Brasil; ambos aspiran a sentarse en la mesa de los poderosos. Porque para estar allí hay que ser uno de los más poderosos económicamente, o de los más poderosos militarmente, o liderar una megapoblación o un bloque significativo.

En el último cuarto de siglo España pasó de la marginalidad política a sentirse con derecho propio a integrar ese club de elite, derechos reforzados desde que acaba de pasar a Canadá en el ranking de potencias industriales. Es pues un país de afuera del club que resulta más poderoso que uno de los miembros plenos. Pero España teje otras fuentes de poder, a partir del ranking de economías industrias pero no solamente basado en ello. Y es su vocación por liderar el mundo iberoamericano, ya sea en su versión máxima o en la mínima. En la máxima Ibero-América es la conjunción de la península Ibérica (España y Portugal) con los países hispano y lusoparlantes; esta vocación lideral puede confrontar con la de Brasil. En la mínima se trata más bien de liderar al mundo Hispano-Americano, es decir, España y los países hispanoparlantes, los que alguna vez fueron parte del imperio español. Para ello apuesta no solo a las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno Iberoamericanas, sino a una compleja política de relacionamiento económico, comercial, cultural y social con los países iberoamericanos, hasta el intentar oficiar como el gran puente entre estos países y los de la Unión Europea; inclusive llegar hasta oficiar de puente entre un país del sur y los grandes resortes financieros internacionales, como fue el papel que jugó en el caso argentino. Uruguay como siempre tiene sus singularidades, y en este enlace histórico es el menos español de los países hispanoparlantes, por ser un hijo de la etapa final y decadente del imperio español, y por tener paternidad reclamada por la Casa de Braganza. Como marca imperial, confín entre dos imperios, es una especie de hijo bastardo de dos ancianos decrépitos, uno y otro a punto de morir como gandes imperios. Desde la segunda década del siglo XIX Uruguay y España vivieron de espaldas el uno al otro hasta hace bastante poco tiempo, un par de décadas, y ahora se está en un tiempo opuesto, de estrechas relaciones. Que España sea o no puente con la Unión Europea y con las elites financieras, que ingrese o no al club de los poderosos, es un dato relevante para el posicionamiento exterior del Uruguay. Pero tan importante como los logros de España, es la señal que éste dé hacia Iberoamérica en general y hacia el Mercosur en particular, sobre qué beneficios puede traer a esta zona y a esta región un papel internacional más vigoroso de Madrid.

El otro que golpea el club de los poderosos es Brasil. Nació como Imperio, se independizó al revés (porque más bien expulsó a la metrópoli y el trono con poder se quedó en América) y nunca ocultó su vocación imperial, de potencia o de liderazgo. Lo que rara vez coincidió es vocación o deseos con capacidad para llevar adelante ese liderazgo. Y en ello es un tema clave el Mercosur. Vale la pena una precisión: para que un bloque regional sea un punto de apoyo para una potencia, requiere que ese bloque sea más o menos político y no meramente comercial. Las comunidades europeas nacieron parciales, varias y limitadas, pero inspiradas en el ideal de la unificación política, los Estados Unidos de Europa como soñaba Robert Schuman. El Mercosur nació desprolijamente con una vocación política. Luego se pasó a cuestionar lo político, no anduvo lo macroeconómico y anduvo a los tumbos la mínima zona de libre comercio. En lo que el Mercosur funcionó más como bloque fue en la común responsabilidad de todos en el fracaso: de Argentina porque por largo tiempo no creyó en el bloque regional y soñó con el ingreso unilateral al Nafta; de Paraguay por su falta de solidez interna y escasa influencia externa; y finalmente de Uruguay, el país más apegado al bloque, porque en los años dos mil su gobierno empezó a apostar a otros proyectos, y fuerzas no menores alzaron su voz contra el Mercosur político. Pero sin duda la responsabilidad mayor es la de Brasil, porque sus juegos internos de intereses regionales le impidieron cumplir a cabalidad el papel de líder regional. A Brasil le ha costado entender algo que pregona Berlusconi: si alguien pretende ejercer liderazgo en una región, debe asumir los costos y sacrificios de ese liderazgo. El presidente italiano se refería a los costos que supone la vocación italiana por liderar el Mediterráneo. Vale para la vocación brasileña de liderar la región.

El otro problema es ¿cuál es la región?. Porque ahora ya no es tan claro que la región es el Mercosur de los cuatro o de los cinco, sino que Brasil apuesta a una región que incluye a toda Sudamérica. Y este es un tema que nada se ha discutido en Uruguay y sobre el cual se han visto pocos análisis. ¿Uruguay gana o pierde con esa ampliación? Es difícil un bloque de cuatro y desequilibrado, con un socio poderoso, otro intermedio y dos minúsculos. Pero ¿crea equilibrio el ingreso de cinco países con los que Uruguay poco tiene en común, tanto en lo político como en lo económico? En realidad este es un tema que merece un análisis desapasionado y un verdadero debate nacional. Porque se han dado declaraciones a favor del macro-Mercosur y se han dado pasos en contra, pero no parece que ni lo uno ni lo otro sea verdaderamente producto de una estrategia nacional. Y este tema está íntimamente ligado con las ventajas y desventajas para Uruguay de que Brasil ascienda o no en la jerarquía de los poderosos del mundo. (Tema para época de reflexión política y veda electoral).