06 Jul. 2003

Un giro hacia los 360 grados

Oscar A. Bottinelli

El Observador

El conflicto con los Estados Unidos y el retorno a una política favorable al Mercosur marca un giro que se acerca a los 180 grados en materia de política exterior, medido en relación a los objetivos trazados por Jorge Batlle al asumir la Presidencia de la República. Objetivos presidenciales que significaron un giro de 180 grados en relación a la línea dominante bajo toda la administración Sanguinetti.


El conflicto con los Estados Unidos y el retorno a una política favorable al Mercosur marca un giro que se acerca a los 180 grados en materia de política exterior, medido en relación a los objetivos trazados por Jorge Batlle al asumir la Presidencia de la República. Objetivos presidenciales que significaron un giro de 180 grados en relación a la línea dominante bajo toda la administración Sanguinetti. Como quien dice, está a punto de completarse un giro completo en la rotación de la política exterior, donde las posturas de Uruguay se acercan bastante a las sostenidas cinco o seis años atrás. Pero en este lapso de algo más de un lustro ha cambiado la política exterior de los Estados Unidos (el formidable viraje que va de Clinton a Bush Jr.) y en principio en lo verbal hay un fuerte cambio de tónica tanto del gobierno de Brasil (lo que va de la praxis al discurso de Fernando Henrique Cardoso, que en esencia es el discurso de Luiz Inacio da Silva) como más aún del de Argentina (la distancia que va de Menem a Kirchner).

En los últimos lustros, Uruguay puede considerarse como un país distante de los Estados Unidos, dentro del abanico de países occidentales; es pues una distancia relativa. En general han sido mayores las coincidencias con la Unión Europea que con la potencia del norte. Hace precisamente cinco o seis años un semanario publicó un detallado inventario de los choques entre ambos países. Jorge Batlle pretendió cambiar esto a partir de algunas premisas claras y simples:

a) Estados Unidos es un país que proclama el libre comercio; Uruguay debe adherir plenamente al libre comercio y pasaremos juntos a construir una zona del libre comercio, o al menos de un comercio altamente facilitado (Uruguay con Estados Unidos, o con el Nafta, o en el marco del Alca)

b) Estados Unidos es el mayor mercado y por tanto, es preferible tanto a Europa como al Mercosur

c) El Mercosur no sólo no funciona, sino que no interesa

d) Con Europa no hay destino, porque es proteccionista; Uruguay debe asociarse con países librecambistas

Se tardó tres años, las tres quintas partes del periodo de gobierno y las tres cuartas partes de su vida útil, para descubrir que las premisas eran falsas. Ni Estados Unidos practica el libre comercio para la entrada de bienes y servicios a su país (lo pregona y exige al revés), ni se diferencia de Europa, el Mercosur interesa y además es casi lo único posible. Todas estas conclusiones como duro producto de la realidad, con total independencia de que a alguien le guste o le disguste. Por ende, la luna de miel Uruguay-Usa, Batlle-Bush, duró el tiempo necesario para que todas estas premisas cayesen. Y cayeron finalmente en el último viaje presidencial, cuando quedó claro que hay una verdadera Cortina de Hierro para la entrada de bienes y servicios a la potencia del norte.

La especial relación sirvió y mucho para que Uruguay pasase lo peor de la crisis financiera. La actitud del gobierno norteamericano fue decisiva a la hora de conseguir auxilios financieros en emergencia intensiva. Pero no hubo más. Uruguay pagó algo de esa deuda con la actitud intermedia en el tema Iraq, quizás demasiado pro-norteamericana para el talante de los uruguayos y demasiado pro-bélica para la tradición diplomática del país, demasiado anti-norteamericana y demasiado pacifista para los intereses norteamericanos. Por las dudas el presidente Batlle intentó in extremis dar otro tono, en sus declaraciones en el jardín de la Casa Blanca, con un entusiasta apoyo personal (y no del gobierno) a la guerra sobre Iraq. Pero fue en vísperas de quedarse con las manos vacías en lo que fue a buscar: el acuerdo comercial.

El país vive en el presente con mucha intensidad el tema de los derechos humanos, la sociedad rechaza de manera abrumadora la intervención en Iraq y existe una fuerte adhesión a la Corte Penal Internacional en las elites formadoras de opinión pública. A ello hay que sumar que es el pueblo de América Latina (sin contar Cuba) que menos simpatía expresa por los Estados Unidos. Con todos estos datos, la decepción del gobierno norteamericano por la posición uruguaya o es una necesidad diplomática o un claro error de percepción de que pasa con los actores políticos y la sociedad de este país del lejano sur.

Pero el giro hacia el Mercosur no es tan simple. Primero porque no se han dados señales claras de que haya un cambio fáctico en el funcionamiento del bloque regional, es decir, que haya fluidez en el intercambio de bienes y servicios, sin trabas artificiales. Segundo porque han quedado sobre el tapete temas clave como la unión o coordinación monetaria, la coordinación macroeconómica, la unión política, la institución de un Parlamento electivo y, de manera subyacente, la supranacionalidad mercosuriana, algo similar al debate que vive Europa en la materia.

Y Uruguay aparece bastante dividido en la materia. Si se toman a los tres principales líderes políticos y al presidente de la República, surge un degradé Vázquez-Sanguinetti-Lacalle-Batlle en relación al Mercosur. Degradé que dificulta una postura común del país. La coincidencia es que por voluntad o porque no hay más remedio, hay que apostar al Mercosur. Pero con muy fuertes diferencias sobre el tamaño y la dirección de la apuesta:

a) La izquierda, Lula mediante, ha culminado un proceso que de reticencias iniciales pasa al apoyo incondicional en lo económico lo político

b) Sanguinetti pide prudencia. Cree que el Mercosur tiene indudablemente una dimensión política. Lo ve como un proceso similar al europeo. Comprende los miedos de Lacalle a la supranacionalidad. Pide me sura y avanzar despacio, hasta ver cuáles son las reales reglas de juego.

c) Lacalle quiere que funcione efectivamente el Mercosur como zona de libre comercio (que es lo que no funciona), se opone a la institucionalización política (el bloque no puede trascender los límites de lo económico) y teme al debilitamiento de la soberanía.

d) Batlle acepta a regañadientes el Mercosur, solamente porque se quedó sin acuerdo con Estados Unidos

Así pues, de manera incompleta, sin solidificar el frente interno, se va completando este giro de 360 grados en la política exterior del país.