23 Feb. 2003

Un corto margen de maniobra

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Desde el ángulo de análisis de la operativa política, el retiro de Alfonso Varela del gabinete ministerial plantea dos temas: uno referido a su propio posicionamiento como gobernante y otro en cuanto a lo que implica un gobierno sin apoyo parlamentario estable.


Desde el ángulo de análisis de la operativa política, el retiro de Alfonso Varela del gabinete ministerial plantea dos temas: uno referido a su propio posicionamiento como gobernante y otro en cuanto a lo que implica un gobierno sin apoyo parlamentario estable. El presidente Jorge Batlle recurrió a muchas figuras ajenas a la actividad política para ocupar cargos de diversas responsabilidades (ministros y subsecretarios, directores de servicios, asesores y operadores presidenciales) y el resultado sigue los promedios nacionales e internacionales: es más alto el número de los que quedan por el camino que el de los que siguen hasta el final. Pero en el caso particular de Varela, hombre de confianza personal del flamante presidente, inició su gestión en forma estridente y con una jugada política de alta carga: denunció penalmente a su antecesor y correligionario, el también colorado Benito Stern, hombre de Julio María Sanguinetti. Sin duda no fue una jugada personal, dado que en forma simultánea Fernández Ameglio realizaba similar arremetida contra su antecesor, también del Foro Batllista. Un debut de esta naturaleza dejó a Alfonso Varela con un estrecho margen de maniobra desde el primer día: no le cabía posibilidad alguna de error de cierta envergadura, ni mucho menos ninguna desprolijidad administrativa o siquiera actitud omisa o pasiva; la severidad que evidenció al instalarse en el gabinete amenazaba con volverse en su contra a la primera de cambio. Y así ocurrió.

El otro tema tiene que ver con el funcionamiento de un gobierno sin mayoría parlamentaria. Cuando un presidente no cuenta con dicha mayoría, aún en un régimen plenamente presidencialista (que no lo es el uruguayo), debe tener claro cómo operar, cuánto navegar en solitario y cuánto esmerarse en el arte de la negociación y el compromiso. Lo que depende mucho de la estructura del sistema de partidos. Si es un sistema con partidos débiles, poco disciplinados y con fuerte autonomía de cada legislador (como ocurre en Estados Unidos), el presidente puede tener un amplio campo de maniobra, siempre que cuente con buenos operadores para, caso por caso, negociar legislador por legislador. Si el sistema es más rígido, como el uruguayo, con sectores políticos altamente disciplinados, el juego se restringe y mucho.

El panorama es muy simple, tan simple como difícil para el gobierno: la izquierda está jugada a una oposición fuerte, más allá de que lo haga dentro del sistema y sin desestabilizar al país; sin el herrerismo y contra el herrerismo el Partido Colorado no tiene forma alguna de obtener ni respaldo ni tolerancia parlamentaria. El gobierno necesita en primer lugar de un Partido Colorado unido (que con escasísimas excepciones lo ha sido a lo largo de todo este gobierno, como también lo fue a lo largo de las dos administraciones de Sanguinetti) y en segundo lugar de un buen juego de negociación parlamentaria: con el nacionalismo primero y subsidiariamente con la izquierda. Un gobierno sin mayoría legislativa necesita más que nunca de la mayor eficacia en la negociación política. Y todo indica que esto es lo que viene faltando: no hubo negociaciones eficaces para evitar la derrota en el veto a la ley que establece reconocimientos jubilatorios a los docentes destituidos durante el periodo militar; tampoco ha habido negociaciones rápidas y tempranas para impedir la caída del ministro o evitar la interpelación al ministro de Ganadería.

Tampoco es mucho el margen con que cuenta el gobierno. Al Partido Nacional le sirve este posicionamiento de ni gobierno ni oposición. Al EP-FA le sirve la línea de oposición fuerte mezclada con señales de respaldo al sistema. El Foro Batllista siente la obligación de apoyar a un presidente colorado, pero a su vez necesita desmarcarse lo más posible de los resultados de la gestión presidencial. La situación financiera del país está lejos de ser floreciente. El gobierno está acosado por los organismos interna- cionales, el déficit fiscal, la inflación, la desocupación, la insatisfacción de los empresarios y la desaprobación de la opinión pública. Con este cuadro y pocas posibilidades de maniobra, le resultaría conveniente apostar al máximo a la negociación política, con todos y sobre todos los temas. El llamado del presidente de la República al presidente del Partido Nacional, así como el tono y el sentido de la conversación, dan indicios de que Batlle se mueve en esa dirección.