17 Nov. 2002

La conducción de la izquierda

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La conducción política es un arte, que como todo arte no carece de reglas, pero no son facilmente sintetizables. Porque cambian según la naturaleza de lo conducido, la sociedad en que se opera y el tiempo histórico. Hay reglas inmutables, válidas urbi et orbi, y hay reglas específicas para cada ocasión. La conducción de la izquierda en este confín del mundo y en el despertar del tercer milenio tiene tal sinnúmero de especifidades que es un caso paradigmático de estudio.


La conducción política es un arte, que como todo arte no carece de reglas, pero no son facilmente sintetizables. Porque cambian según la naturaleza de lo conducido, la sociedad en que se opera y el tiempo histórico. Hay reglas inmutables, válidas urbi et orbi, y hay reglas específicas para cada ocasión. La conducción de la izquierda en este confín del mundo y en el despertar del tercer milenio tiene tal sinnúmero de especifidades que es un caso paradigmático de estudio. Pero como esta izquierda está a la vuelta de la esquina del gobierno la preocupación por el tema no es solo un asunto de académicos, sino una inquietud práctica de la toda una sociedad que puede resultar conducida por esa conducción. El que esté al doblar la esquina quiere decir como es obvio, que esa esquina se puede doblar o no, lo cual a la conducción agrega otra interrogante: la de la capacidad necesaria para dar vuelta la esquina y alcanzar esa meta.

En el tiempo en que Seregni condujo al Frente Amplio quedaron diseñadas reglas de conducción, particularmente importantes entre su salida de la cárcel y la aparición de Vázquez, que puede considerarse el periodo estelar de esa conducción, personal y colectiva. Lo central estuvo en la capacidad de combinar dos elementos en principio contradictorios: el liderazgo personal y la articulación, moderación y arbitraje de cuatro o cinco fuerzas con intereses, principios y estrategias diferentes, y a veces opuestas. Es decir, la primera complicación de Seregni fue articularse a sí mismo, es decir, combinar su papel de líder (con sus objetivos y su estrategia) y su papel de moderador. La segunda dificultad, articular cuatro o cinco grupos en pugna por el poder, con intereses, estrategias y objetivos disímiles. Muchas veces salió airoso y por tanto lideró y articuló en simultáneo; y otras veces falló en el intento: o fue demasiado líder y poco articulador, o por articular demasiado no ejerció liderazgo. Lo que sin duda puede haber facilitado esa difícil tarea fue la previsibilidad de Seregni, el caminar en línea recta; y por supuesto, la dedicación a tiempo completo a la tarea de liderar, articular y dirigir.

La conducción en la era Tabaré Vázquez no es tan fácil de sintetizar. Primero porque tardó cuatro años en asumir plenamente la dirección, con un par de entradas y salidas, y largos períodos de mutis en el medio. En segundo lugar por su estilo. En general oscila entre dejar el juego libre a los sectores políticos, sin intervenir o pronunciarse, o tomar la decisión por sí solo y sin consultar. Rara vez articula, en el sentido de jugar un papel de primus interpares, oir a cada uno, añadir su propio pensamiento, y buscar una síntesis que resuma el común denominador. No es su estilo ni entra en sus habilidades. Por tanto, o deja hacer o decide per se. Y cuando lo hace, como el fin de semana pasada, con un documento emanada de su círculo íntimo, logra el efecto deseado: su decisión se admite con poco rechiste, y en general con grandes elogios. Por ejemplo Asamblea Uruguay durante meses reclamó la necesidad de articular, pero luego acepta lisa y llana el dictat en tanto y cuanto en el mismo se toman ideas y objetivos del astorismo; en síntesis, quedó demostrado que no les preocupa que Vázquez articule o no, ni que imponga su voluntad, siempre que coincida con el punto de vista de Astori. No era el estilo lo cuestionado.

Pero además Vázquez acostumbra a dar su pensamiento en forma de veredicto, de manera sorpresiva y sorprendente. Ni anuncia que va a presentar un documento-decisión ni tampoco para dónde va. Puede dar la más formidable muestra de moderación y proximidad al gobierno, como hacer el más duro gesto opositor y radical. Y eso desacomoda a sus seguidores, al punto que el propio Partido Socialista, rara vez discrepante con Vázquez en público, hace sentir una voz diferente a través nada menos que de la figura ascendente del nuevo secretario general Roberto Conde.

Este estilo –polémico y complejo– ha funcionado por una década larga lo suficientemente bien como para que bajo la conducción de Vázquez la izquierda registrase un crecimiento persistente e ininterrumpido. Las dudas que surgen son: si seguirá siendo válido para alcanzar el gobierno dentro de dos años, y luego si servirá para gobernar.