13 Oct. 2002

El voto electrónico

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Toda innovación tecnológica provoca dos movimientos opuestos: la novelería y el del inmovilismo. El inmovilismo tiene costos altos en dinero, tiempo y eficacia), pero la novelería tiene los costos de las fallas de lo que se pretendió perfecto o la inadaptación de los usuarios al nuevo medio. En Uruguay alguna gente ha quedado seducida por el voto electrónico, difundido por los brasileños con su característico jeito.


Toda innovación tecnológica provoca dos movimientos opuestos: la novelería y el del inmovilismo. El inmovilismo tiene costos altos en dinero, tiempo y eficacia), pero la novelería tiene los costos de las fallas de lo que se pretendió perfecto o la inadaptación de los usuarios al nuevo medio. En Uruguay alguna gente ha quedado seducida por el voto electrónico, difundido por los brasileños con su característico jeito.

El procedimiento electoral requiere tres elementos fundamentales para dar garantía a un acto electoral: un padrón confiable (los habilitados para votar), un registro e identificación confiable de los votantes y un mecanismo también confiable de emisión y contabilización de los votos. El tema de la urna electrónica aborda exclusivamente este último punto y Uruguay cuenta con un sistema de emisión y contabilización de altísima confiabilidad y más de tres cuartos de siglo de experiencia. Vale analizar las ventajas y riesgos del cambio. La ventaja sería una sola: velocidad.

Para analizar la velocidad hay que despejar un equívoco: casi toda la demora entre el escrutinio primario y el definitivo obedece a los votos observados, que es otro tema. Hay que ver los tiempos del escrutinio primario, que es el que acortaría el voto electrónico. En los comicios nacionales últimos, octubre de 1999, el escrutinio primario completo, con datos oficiales de la Corte Electoral (sin los reclamos y verificación de las etapas posteriores) estuvo concluido al mediodía del día siguiente a las elecciones. Desde el cierre de la última urna hasta la conclusión de la tabulación de datos de las siete mil y algo de mesas de todo el país, hoja de votación por hoja de votación, circuito por circuito, se realizó en menos de 16 horas, por supuesto que con procesamiento electrónico, pero de votos emitidos y contados a mano. En Brasil, con voto electrónico, se tardó más de 30 horas (el doble que en Uruguay). Se dice, bueno, eran 400.000 mesas y 115 millones de votantes, contra 7.000 meses y menos de 2 millones y medio aquí. Correcto, pero de la misma manera que se multiplica por 51 el número de votantes, se multiplica por 51 el número de personas que participan en la contabilización y control de los votos. Cabe observar además que el número de votantes por urna manual en Uruguay es mayor (promedialmente 320) que en la urna electrónica de Brasil (promedio, 290), lo cual es producto entre otros detalles de que los brasileños demoraron 5 veces más que los uruguayos en el procedimiento de emitir su voto (promedio de 10 minutos por urna electrónica contra 2 minutos en voto manual (cuarto secreto, arrancado de tirillas y depósito el sobre en la urna).

¿Qué pasa con la confiabilidad? Cuatro cosas. Uno, en Brasil falló el 1.5% de las urnas, porcentaje superior a la diferencia que hubo entre Partido Colorado y Partido Nacional en 1994, o al plus sobre la barrera que permitió aprobar la reforma constitucional; en otras palabras, la magnitud de la falla es de un volumen tal que hace peligrar la garantía misma de una elección reñida. Porque en una elección la confiabilidad del resultado debe ser del 100%, no cabe un más o menos ni del uno por ciento. Ese apenas uno por ciento es la diferencia entre que gane un partido u otro, que haya o no una reforma constitucional.

Dos, en el voto manual en Uruguay, el votante vota una hoja con un número inequívoco, lema y fracción en letras grandes, fotografías, símbolos y el nombre y apellido de cada uno de los candidatos titulares y suplentes para cada cargo. Es muy difícil equivocarse en el voto. En un teclado lo más fácil es equivocar los números, no saber borrar, o confirmar el voto cuando lo que se quiso fue borrar y empezar de nuevo.

Tres. Más de la mitad de la población no usa cajeros automáticos, no tiene acceso a computadoras y jamás en su vida vio un teclado.

Y cuatro. La confiabilidad de todo lo informático es problemática: hackers, virus, fallas de programas, sistemas que se caen, necesidad de respaldos y los respaldos que fallan, en fin, una infinidad de problemas que dejan dudas sobre la confiabilidad.

En definitiva, la introducción del voto electrónico no agregaría velocidad y provocaría una grave pérdida de confiabilidad en las elecciones, que es un sustento fundamental de la democracia.