19 May. 2002

De contradicciones y dudas

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Desde dos años a la fecha Tabaré Vázquez recibe una estable intención de voto del orden del 42-43%. Si se toman en cuenta todas las variaciones ordinarias, se mueve en una banda de flotación que va del 41% al 44% del total del electorado. Y en forma excepcional una vez registró el 39% (es decir, exactamente el mismo porcentaje que en las elecciones nacionales de octubre de 1999) y otra vez marcó el 45% (porcentual igual al del balotaje de noviembre del mismo año).


Desde dos años a la fecha Tabaré Vázquez recibe una estable intención de voto del orden del 42-43%. Si se toman en cuenta todas las variaciones ordinarias, se mueve en una banda de flotación que va del 41% al 44% del total del electorado. Y en forma excepcional una vez registró el 39% (es decir, exactamente el mismo porcentaje que en las elecciones nacionales de octubre de 1999) y otra vez marcó el 45% (porcentual igual al del balotaje de noviembre del mismo año). Por otra parte, los partidos tradicionales en conjunto reciben una intención de voto del orden del 42-43% (contabilizado el voto oculto o silencioso); y con esta misma contabilización su banda de flotación va del 42% al 49%.

Aparecen inicialmente dos hechos nítidos. El primero es que continúa el fenómeno de crecimiento ininterrumpido del Frente Amplio. Desde su fundación, la votación de una elección pasó a ser el piso para el período interlectoral siguiente: de allí para arriba; ahora ocurre lo mismo en relación al Frente Amplio, pero no respecto a Tabaré Vázquez, cuyo mejor resultado electoral está por encima de la actual adhesión. El segundo es que una vez configurado un nuevo panorama electoral en el año 2000, el mismo se ha mantenido estable por dos años completos.

En estos dos años el país cambió de manera fuerte: finalizó la estabilidad, vino el rebrote inflacionario, comenzó un marcado proceso devaluatorio de final incierto, se disparó la desocupación, cayó el nivel de vida de prácticamente toda la población, se acentuó la recesión económica en la industria, el comercio, los servicios en general, el turismo y la banca en particular, el riesgo país pasó del apacible panorama uruguayo a adquirir ribetes de tinte argentino, las reservas se desplomaron, nació un nuevo empuje emigratorio y es visible un clima de gran pesimismo sobre el futuro del país, al menos en plazos más o menos mediatos. También se percibe una fuerte afectación de la imagen y credibilidad de la dirigencia tanto blanca como colorada, y se ha registrado una importante caída en el juicio de desempeño del presidente de la República.

Hay entonces una fuerte estabilidad en la intención de voto pero cambios sustanciales en el panorama económico y social del país. Ello supone una contradicción importante. Y la contradicción es mayor si por un lado se ve que con las cifras enunciadas la posibilidad de triunfo de la izquierda es muy incierta, mientras por otro lado la opinión pública en general, y las elites con mayor énfasis aún, tienen la percepción de que el próximo presidente de la República va a ser inexorablemente Tabaré Vázquez.

Es muy difícil explicar estos fenómenos que en principio aparecen como contradictorios. A título de inventario de hipótesis, o más bien de catálogo de preguntas, va este punteo centrado en explicaciones a la estabilidad en la intención de voto:

Uno. Puede ser un fenómeno de superficie, que esconde un proceso oculto de cambio, que más tarde o más temprano va a aflorar y producir fuertes variaciones en los comportamientos ciudadanos.

Dos. Puede ser que cada conjunto del país atribuya responsabilidades diferentes por la crisis: para medio país es el efecto del fracaso del modelo seguido por ambos partidos tradicionales, mientras que para otro medio país Uruguay es víctima de acontecimientos fuera de su control; desde esta perspectiva, inclusive puede sostenerse que la crisis hubiese sido peor de no estar uno, otro o ambos partidos tradicionales en el gobierno o en respaldo del mismo.

Tres. Hay una comprobable desilusión en el Partido Colorado y el Partido Nacional y una baja en la confiabilidad en sus dirigencias. Pero es posible que no haya como contrapartida un atractivo, confianza o credibilidad en la contraparte, en particular de la figura presidencial de Vázquez. Desde este punto de vista no basta con desilusionarse de un lado sino que además hay que creer en la alternativa, y esa creencia no se está generando.

Cuatro. La falta de fe en el futuro del país hace que se consideren irrelevante los efectos de los cambios políticos. Si todo va a ser igual, para qué cambiar.

Por alguno de estos caminos podría estar la explicación de lo sorprendente.