17 Mar. 2002

El ajuste político

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En medio de hechos políticos tan trascendentes como el fin de la estabilidad monetaria y de precios, el nuevo ajuste fiscal, el flamante abandono por parte del gobierno de las luchas en torno a Antel-Ancel y a la alianza estratégica de Ancap, el presidente del Partido Nacional se las ingenió para generar un significativo hecho político con sus propuestas de ajuste político, de las cuales la más impactante es la disminución del número de parlamentarios (estable desde hace siete décadas).


En medio de hechos políticos tan trascendentes como el fin de la estabilidad monetaria y de precios, el nuevo ajuste fiscal, el flamante abandono por parte del gobierno de las luchas en torno a Antel-Ancel y a la alianza estratégica de Ancap, el presidente del Partido Nacional se las ingenió para generar un significativo hecho político con sus propuestas de ajuste político, de las cuales la más impactante es la disminución del número de parlamentarios (estable desde hace siete décadas).

La iniciativa está basada en la necesidad de reducir el gasto político. Desde el punto de vista práctico sus efectos son de dimensiones escasas, máxime cuando se obtienen recortes más fuertes con la reducción del número de secretarios de legisladores, o el recorte de gastos del Poder Legislativo. Más aún, la disminución del número de diputados a 66 crea serios problemas de ingeniería electoral que obliga a algunas otras enmiendas significativas (la más factible, del mínimo de dos bancas por departamento a una, como existía hasta 1933).

Pero si a pesar de todo ello la propuesta tuvo impacto es porque sintonizó firmemente con un sentimiento dominante en la opinión pública hacia la política y hacia los políticos, de creciente insatisfacción, que se da en el hombre común y en las elites, en la gente de derecha, de izquierda y de centro.

Algunas causas de ese nivel de desencanto (en una enumeración para nada exhaustiva):

Uno. La falta de entendimiento sobre la necesidad y conveniencia de órganos que discutan, polemizan, formulan discursos y (se piensa) no toman decisiones. Es posible que contribuya a ello el juego de cúpulas partidarias, las relaciones a nivel de liderazgo, las negociaciones y acuerdos fuera de los ámbitos parlamentarios institucionales (sala de sesiones, comisiones). Rara vez hay sorpresas sobre las decisiones que va a adoptar el Parlamento, ya que el mismo refleja en sus votaciones lo previamente decidido en los ámbitos partidarios o sectoriales.

Dos. Como consecuencia de lo anterior, un creciente desconocimiento por parte de la gente de cuál es el papel de los partidos políticos como institutos de intermediación en un sistema democrático. Y agregado a ello, las dificultades de comprensión sobre la naturaleza de la negociación política, intrínseca a un sistema pluralista, negociación a la que se ve como algo turbio, poco o nada trasparente, que oculta intereses non sanctos.

Tres. La percepción que los políticos tienen como único objetivo la satisfacción de intereses personales.

Cuatro. La creencia que la distinción entre funcionarios políticos y funcionarios técnicos tiene que ver con la clasificación entre incapaces de un lado y capaces del otro, o entre malintencionados de un lado y bienintencionados del otro.

Cinco. Una actitud dual en relación a la función de los parlamentarios. Por un lado los ciudadanos a título individual o como componentes de grupos de presión, buscan influir sobre los parlamentarios para que intermedien en defensa de sus intereses personales o corporativos. Por otro lado, esos mismos ciudadanos y grupos corporativos consideran que los legisladores están pura y exclusivamente para dictar leyes, deben ser algo así como profesores de derecho, y toda labor relacionada con la gestión política es ajena a su función parlamentaria. De allí la idea que secretarios dedicados a labores diferentes a lo estrictamente legislativo, o el uso de teléfonos o despachos con iguales fines, son completamente ajenos a la función.

Seis. La idea que el sistema político se autosostiene, mediante la proliferación de cargos de particular confianza y contratos de obra.