27 Ene. 2002

Devaluación y confianza

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Un momento significativo de la campaña electoral de 1999 ocurrió cuando la confrontación televisiva entre de un lado Daniel Olesker y del otro Alberto Bensión e Ignacio de Posadas, a dúo. Esa polémica prefiguró la controversia central de la etapa del balotaje, que giró en torno a la economía. Es muy probable, casi seguro, que la mayoría de la ciudadanía no se sintió identificada con ninguno de los tres polemistas; con uno por su enfoque con fuerte acento marxista, con los otros dos por su nítido anti-estatismo.


Un momento significativo de la campaña electoral de 1999 ocurrió cuando la confrontación televisiva entre de un lado Daniel Olesker y del otro Alberto Bensión e Ignacio de Posadas, a dúo. Esa polémica prefiguró la controversia central de la etapa del balotaje, que giró en torno a la economía. Es muy probable, casi seguro, que la mayoría de la ciudadanía no se sintió identificada con ninguno de los tres polemistas; con uno por su enfoque con fuerte acento marxista, con los otros dos por su nítido anti-estatismo. Pero a esa masa decisiva, centrista, estatista, gradualista, la coalición que logró sentar a Batlle en el sillón presidencial le exhibió activos de relevancia, los que vale la pena inventariar:

Uno. El logro de la baja de la inflación, a la mitad de una decena de puntos porcentuales, y el temor que un triunfo de Tabaré Vázquez supusiese un rebrote inflacionario.

Dos. La estabilidad monetaria, entendida como un cierto alineamiento entre la cotización del peso frente al dólar y la variación de los precios internos. Estabilidad que llevó a amplios sectores a endeudamientos en dólares a mediano y largo plazo, desde los adquirentes de vivienda de niveles medios y medio altos, y de automóviles 0 km, hasta los productores agropecuarios y los inversos industriales. Si bien pocos meses antes el Frente Amplio hubo callado su discurso sobre el "atraso cambiario", ese conjunto electoral de centro percibió señales confusas de la izquierda y expresó en el voto a Batlle su temor a la devaluación.

Tres. Los discursos, tanto de Jorge Batlle como del Partido Nacional, sobre la necesidad de caminar hacia una rápida reducción de impuestos. En particular su tajante oposición no solo a la creación de nuevos tributos en general, sino en particular de gravar los ingresos personales. La propuesta del impuesto a la renta a las personas físicas fue sin duda un elemento de peso en contra de la izquierda.

Cuatro. Tras un consenso básico en que Uruguay no podía tolerar el nivel de desocupación alcanzado entonces, por encima del 10%, casi en el 11%, la polémica giró en torno a la capacidad de unos y otros para reducir el desempleo. Ninguno acusó al otro de impulsar políticas que ahondasen aún más la desocupación. El problema para todas era como salir rápidamente de ese nivel intolerable. La Lista 15 fue particularmente eficiente, en una intensa recorrida por emisoras, canales y diarios, en demostrar que solamente Batlle podía reducir la desocupación a un nivel esperado, para el año 2002, en torno al 8%, quizás con mala suerte más cerca del 9%.

Como es de público conocimiento la elección se definió por una diferencia algo menor al 8% del total de votantes. En otras palabras, la izquierda necesitaba un swing de tan sólo el 4% (votos hacia Batlle que rotaran hacia Vázquez) para invertir el resultado. Es muy probable que esos activos del gobierno, de Batlle, del Partido Colorado y del Partido Nacional, hayan sido decisivos para que esa rotación no se produjese.

Como también resulta bastante obvio, ni blancos ni colorados cuentan hoy con esos activos que resultaron cruciales en 1999, dado los resultados a la fecha en materia de moneda, inflación, desempleo e impuestos personales.

Hoy la sociedad uruguaya se divide electoralmente en tres grandes partes. Los dos quintos están a pie firme con los partidos tradicionales, con alguna volatilidad entre la adhesión al coloradismo o al nacionalismo. Otros dos quintos están no menos firmes en su voto a la izquierda. Pero un quinto del electorado, que no es poco, demuestra cierto alejamiento de los partidos tradicionales, de ambos, desencanto con el gobierno y la gestión presidencial, desencuentro con el liberalismo económico, temor al futuro. Buena parte de esa gente siente que vive hoy la inestabilidad que quiso evitar con el voto a Batlle, la inestabilidad que temió se diese si triunfaba Vázquez. Al gobierno, a colorados y a blancos les va la vida en demostrar que lo ocurrido es culpa de lo que el presidente, en su peculiar estilo, definió como "los garrones que nos hemos comido". Y por tanto, en que la culpa no es de la política aplicada en estos tres últimos gobiernos.