24 Dic. 2001

Uno más qué importa

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La crisis argentina es mucho más que la caída de un gobierno, la irrealidad de un presidente y la bancarrota de un país, es una crisis política profunda de la sociedad, de la gente y de las elites; de las elites políticas, gremiales, empresarias y judiciales. Para decirlo en términos psicoterapéuticos: a la Argentina no le basta una terapia de apoyo sino que requiere un psicoanálisis profundo.


La crisis argentina es mucho más que la caída de un gobierno, la irrealidad de un presidente y la bancarrota de un país, es una crisis política profunda de la sociedad, de la gente y de las elites; de las elites políticas, gremiales, empresarias y judiciales. Para decirlo en términos psicoterapéuticos: a la Argentina no le basta una terapia de apoyo sino que requiere un psicoanálisis profundo.

De las últimas diez personas que ocuparon la Presidencia de la Nación en forma más o menos democrática, ocho no culminaron su único o su último mandato: cuatro radicales (Yrigoyen, Illia, Alfonsín y de la Rúa), un radical disidente (Frondizi) y tres justicialistas (Perón, Cámpora y Martínez de Perón). Sólo dos terminaron su período y lo entregaron pacíficamente en tiempo y forma: Marcelo Torcuato de Alvear (1928) y Carlos Menem (1999). Si se suman los tres titulares de la década de la «democracia fraudulenta», Justo terminó en tiempo y forma, Ortiz murió y Castilo fue derrocado. Pero de los doce presidentes militares habidos en el último siglo, cuatro lo fueron de transición, siete fueron depuestos y solamente Videla culminó su gobierno en el tiempo y en la forma pactadas. Cuatro presidentes cumplieron su mandato entre 25 titulares del cargo, civiles o militares, elegidos bien o más o menos, o elegidos por las bayonetas. Los diez presidentes elegidos fueron elegidos, valga la redundancia, lo que quiere decir que contaron con un significativo apoyo ciudadano; y aunque no hay datos científicos, existe evidencia que permite inferir que todos los golpes de Estado contaron en su inicio con muy fuerte apoyo popular, desde el de Uriburu hasta el hoy vilipendiado golpe que entronizó a la Junta Militar de Videla-Massera-Agosti. Y puede decirse que todos los que debieron abandonar el cargo o fueron depuestos, lo hicieron en medio del mayor rechazo popular, fueren civiles o militares.

George Bernard Shaw con su ácida ironía escribía que "una virtud de la democracia es que ningún representante puede ser más imbécil que sus representados, porque cuanto más imbécil es el representante, más imbéciles son los que lo eligieron". Más allá de la intención del célebre escritor irlandés, la frase con toda su exageración golpea para resaltar un concepto: en democracia los ciudadanos son los responsables fundamentales del funcionamiento del sistema; los actores políticos nacen, subsisten y mueren en función de la voluntad de los electores. Y cuando se profundiza el tema, también los regímenes de fuerza necesitan un importante sustento popular. De allí que cuando hay un fracaso en reiteración real de los gobiernos, a lo largo de una centuria, no cabe poner la culpa afuera; el pueblo argentino reiteradamente proclama ser engañado. Cuando una sociedad cree ser engañada 25 veces en 85 años, esa creencia es una patología, aunque fuere verdad y hubiese sido siempre engañada.

Más allá de los rápidos e impredecibles ciclos argentinos, los problemas de fondo están ahí para largo rato, y a Uruguay no le queda otro remedio que adaptarse a esa inestabilidad e impredecibilidad. En estos últimos cuatro días los uruguayos constituyeron la platea privilegiada del escenario argentino, como meros espectadores, aunque lo que hicieren los actores les cayese por la cabeza. Importa ver entonces qué es lo que impacta sobre el país. Hay mucho en el terreno económico, pero otro tanto en el político. En principio hay dos efectos contrapuestos.

Por un lado, todo indica que la crisis económica y social va a ser leída por los uruguayos, por las tres cuartas partes de los uruguayos, como el fracaso del modelo de achicamiento del Estado y apertura de la economía. Por otro, el sustentar un gobierno en una alianza con fuertes contradicciones internas y gran impericia de gobierno puede arrimar agua a los sustentadores del actual esquema de gobierno, o dicho al revés, puede entorpecer la posibilidad de un gran recambio político. La tensión entre dos efectos contrapuestos deja la incógnita de cuál de ellos tendrá más peso.