30 Set. 2001

Los efectos para 2004

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La coalición de gobierno se encuentra en esos momentos críticos de donde sólo pueden salir dos soluciones y un paliativo. O se soluciona con el robustecimiento del pacto de gobierno, o se soluciona con la ruptura del mismo o se pone algún que otro parche para diferir una decisión final para el otoño venidero.


La coalición de gobierno se encuentra en esos momentos críticos de donde sólo pueden salir dos soluciones y un paliativo. O se soluciona con el robustecimiento del pacto de gobierno, o se soluciona con la ruptura del mismo o se pone algún que otro parche para diferir una decisión final para el otoño venidero.

Los sistemas políticos son el producto de varios elementos cruzados, entre los que cabe señalar la historia y cultura política del país, la ingeniería electoral y la conformación del sistema de partidos. Eso determina una estructura y un funcionamiento que son propios y específicos de cada lugar y de cada época. En 1996 los dos tercios del sistema político con el apoyo exacto de la mitad de la población impulsaron una profunda reforma a la ingeniería electoral, de tal magnitud, que ninguno de sus impulsores tuvo conciencia de la verdadera dimensión del cambio, de los impactos que generaban. Como el aprendiz de brujo de Offenbach, se desataron fuerzas que luego no se pudieron controlar. En esos efectos inimaginados de la reforma política estuvo el condicionamiento a las coaliciones de gobierno y las consecuencias cruzadas de un presidente que representa a la mayoría del electorado y una mayoría parlamentaria que también representa a la mayoría del electorado.

El balotaje supone muchas cosas, además de cambiar la casi centenaria regla de la pluralidad (de la mayoría simple o relativa), vigente casi ocho décadas, de que quien tiene la mayor cantidad de votos obtiene la elección. La adopción de la regla de la mayoría absoluta supone, además de sus efectos matemáticos, efectos políticos: hay un fortalecimiento decidido de la figura presidencial, la cual puede invocar el contar detrás suyo con al menos la mayoría absoluta del electorado activo. La ley reglamentaria de la reforma constitucional, ley que a pretexto de reglamentar cambió el texto constitucional, estableció la elección del presidente de la República sin lema. Todo ello es llevar la lógica gaullista a su máxima expresión. Un presidente cuasi imperial, representante por sí solo de la mayoría. Pero ese señor imperial se encuentra con un sistema cuasi parlamentario que le exige formar gabinete con respaldo parlamentario, designar los directorios de los entes autónomos y descentralizados con la conformidad de al menos la mayoría absoluta de los miembros de la Cámara de Senadores. Amen de requerir un sólido apoyo de la mayoría de los diputados y senadores para aprobar leyes significativas, y no pocas veces dos tercios de cada cámara para alguna norma en particular. La lógica del sistema es pues muy refinada, filigranática. El presidente tiene una autoridad político-electoral que debe recibir con recato y saber que en definitiva su peso depende más de su capacidad negociadora que de la mayoría electoral.

Pero el balotaje supone también lo opuesto. Para alcanzar la Presidencia de la República se pueden recorrer tres caminos: lograr la mayoría absoluta por su propio partido; competir en forma abierta con su contrincante por los votos de los electores de los terceros, cuartos y quintos partidos; o conformar una coalición electoral con un tercero, cuarto o quinto partido. Este camino aparece como la forma más lógica de compatibilizar la regla de la mayoría absoluta con la necesidad de conformar una mayoría legislativa. Dicho en otras palabras, muchos analistas vieron al balotaje como el gran impulsor de coaliciones, ya que la necesidad de pactar una coalición electoral conlleva necesariamente la constitución de una coalición de gobierno.

Las nuevas coaliciones presentan dos diferencias significativas con el sistema anterior. Una es que el presidente elegido en tales circunstancias es producto no de su propio partido, sino de toda la coalición conformado detrás suyo; en el caso actual, Batlle no es el presidente colorado, sino el presidente blanqui-colorado. La segunda es que las coaliciones se forman antes de la elección, para ganar y luego gobernar, y no a posterior, para que el presidente elegido por sí mismo cuente con las mayorías legislativas para gobernar. El cambio no es nada menor.

Cuando el Partido Nacional salió a pedir el voto para Batlle asumió ante la ciudadanía el compromiso de respaldar el gobierno de Batlle. Lo que hace el presidente es responsabilidad de todo el nacionalismo. El Partido Nacional no se puede ir de la coalición exclusivamente por cálculos electorales, sino si llega a la conclusión (y la fundamenta ante la ciudadanía) que es imposible el funcionamiento de la coalición; que el socio no cumple con las reglas de un cogobierno; en definitiva que se ha quebrado el afecto societatis. Porque no es un partido de oposición que da gobernabilidad al partido de gobierno, sino un partido que pidió el voto para constituir este gobierno. Para romper la coalición, pues, el Partido Nacional debe demostrarle al país que el Partido Colorado o el presidente Batlle incumplen los requisitos básicos de una asociación, de una sociedad de gobierno.

Por otra parte el Partido Colorado y el presidente de la República debieron entender la sustancial diferencia del nuevo con el viejo sistema. No es un partido que otorga al otro participación en el gobierno, porque el gobierno es de ambos. La coalición así formada debió suponer un perfecto cogobierno de ambos. Lo cual supone igualdad en las obligaciones y en las responsabilidades, que quiere decir una representación relativamente equivalente en fuerza y responsabilidad en el gabinete y en la administración. Pero también el acordar entre ambas partes las líneas de gobierno y las medidas de gobierno. Esto no ocurrió. Las señales dadas desde el 29 de noviembre de 1999 a hoy son las de un gobierno colorado y de un presidente presidencialista, es decir, una de las dos lógicas con las que se puede encarar el balotaje.

El problema es que así planteadas las cosas, la lección a la ciudadanía es bastante complicada. El mensaje es que no ha habido coaliciones electorales como preámbulo de una sólida coalición de gobierno, como anuncio de un co-gobierno. Lo que hubo es un mero préstamo de votos de un partido a otro, para impedir el triunfo de un tercero. Leídas así las cosas, la experiencia de 1999 no es del todo repetible en 2004. El tercer partido, el segundo de los dos partidos tradicionales, encontrará serias dificultades para convencer a su electorado que disciplinadamente otorgue el voto a quien indique, a su nuevo socio. Y no sólo habrá dificultades para los electores, sino también para buena parte de los militantes partidarios. Porque un acuerdo electoral en noviembre viene demostrando que no asegura una coalición sólida, que funcione acorde a las reglas normales del cogobierno.

Así como el Partido Nacional demostró en 1999 no comprender los sustanciales cambios electorales y presentó una lucha interna a la usanza del viejo sistema, el Partido Colorado demuestra luego de la elección y hasta hoy no entender la nueva lógica de coaliciones a la vez electorales y de gobierno.