23 Set. 2001

El fin de la inocencia

Oscar A. Bottinelli

El Observador

En 1957, cuando se sentía a pocos pasos del gobierno, el Partido Socialdemócrata de Alemania Federal dio en Bad Godesberg el largo paso de abandonar el marxismo. Más o menos lo mismo hizo el PSOE al despuntar la década de 1990 y el Partido Comunista Italiano con el largo camino recorrido desde el eurocomunismo a los dos cambios de nombre hasta alcanzar, finalmente, la Presidencia del gobierno, que ejerció hasta el año pasado.


En 1957, cuando se sentía a pocos pasos del gobierno, el Partido Socialdemócrata de Alemania Federal dio en Bad Godesberg el largo paso de abandonar el marxismo. Más o menos lo mismo hizo el PSOE al despuntar la década de 1990 y el Partido Comunista Italiano con el largo camino recorrido desde el eurocomunismo a los dos cambios de nombre hasta alcanzar, finalmente, la Presidencia del gobierno, que ejerció hasta el año pasado. Desde la otra ala ideológica, el neofascista Movimiento Social Italiano hace seis años repudió el fascismo, se reconvirtió en Alianza Nacional y ocupa hoy la vicepresidencia del gobierno. Los partidos que se encuentran en el borde del sistema político cubren una primera etapa con la inserción al sistema, pero luego, cuando tienen el gobierno a la vuelta de la esquina, necesitan cubrir el otro tramo, la distancia que va desde la política de la demanda a la política de gobierno. Por supuesto que percibir que se está a un paso del gobierno no quiere decir que ese paso se dé en un tiempo determinado, ya que puede llevar desde un trienio a varias décadas, y a veces no se logra dar ese paso fundamental, o más bien no lo permite dar la mayoría del electorado.

Esa primera etapa de inserción en el sistema la dio el Frente Amplio cuando, de la mano de Líber Seregni, se sentó en la mesa del Club Naval y luego jugó por tres años un esquema de cierta gobernabilidad. Pero le falta el camino siguiente, el que lo acerque a una perspectiva de gobierno. Hace poco más de un año, el 1° de setiembre de 2000, Tabaré Vázquez emitió un discurso-documento en el que llamó a la actualización programática.

Si el primer recorrido supuso salir de la cultura antisistema —o al menos desde el borde del sistema— para insertarse en él, el segundo recorrido quizás es más grande, pues supone el paso de la cultura de la resistencia a la cultura de gobierno: el pasaje del mundo de los deseos al mundo de las realidades, de la política como aspiración de una utopía a la política como operación de lo concreto. Se puede decir que es la pérdida de la virginidad política, el fin de la inocencia. Es asumir la política, el gobierno y las realidades con toda su crudeza y todas sus limitaciones. En definitiva internalizar que se terminó la adolescencia.

El choque cultural es muy grande, más allá de que pueda ser atenuado un poco, no mucho, por el ejercicio de la administración municipal durante tres períodos, pero una administración municipal permite con mucha facilidad eludir los grandes problemas y transferir culpabilidades. Lo que se espera de una intendencia no va más allá de pavimento, luces, ómnibus, espacios verdes y una pizca de políticas sociales. No hay demandas de fuentes de trabajo, mejores niveles de salarios y jubilaciones para el conjunto de la población, inflación, devaluación, demandas contradictorias de importadores y exportadores, del agro y los servicios. Además, la Intendencia puede transferir fácilmente las culpas, como lo viene haciendo con perspicacia el intendente de Montevideo.

El saneamiento, el IVA de las compras, los aportes patronales, la falta de transferencias desde el tesoro central, pueden aparecer como culpas de otros que impiden la propia realización (aunque el recurso de poner la culpa afuera también se ha demostrado que puede funcionar en el plano nacional, como lo ha demostrado Batlle).

El cómo posicionarse frente a ese choque cultural genera dos grandes conductas que se han simplificado en los términos imprecisos e imperfectos de "moderados" y "radicales". Más bien corresponde al segmento de quienes creen necesario dar el paso hacia la cultura de gobierno, aunque les resulte tragar aceite de ricino, y el segmento de quienes defienden los valores básicos que los llevaron al compromiso político. En definitiva todos renuncian a algo, unos a las utopías a cambio de lo posible, otros renuncian a las realizaciones a cambio de las utopías. Este es el verdadero choque que tiene al Cilindro Municipal como escenario.

El choque entre un documento que dimana de la dirección nacional y un congreso refractario es también la evidencia de la disfuncionalidad de una estructura con tres formas de soberanía: una representación parlamentaria que emana de un universo de ocho centenares de miles de personas y se expresa en el voto eleccionario nacional; una dirección nacional que surge del centenar y medio de millares de afiliados, y un Congreso que se soporta en menos de una decena de miles de militantes. Tarde o temprano la ecuación debe ser resuelta, y es posible que ya se esté resolviendo, en la medida que el Congreso se acerca cada vez más a un cuerpo sin poder efectivo real.

En definitiva, el Frente Amplio se actualizará o no, realizará o no su aggiornamento, según los pasos que den Tabaré Vázquez, los principales líderes sectoriales y los sectores mayoritarios. Gran parte de esa actualización se ha venido dando: los acercamientos con la Federación Rural y la Cámara de Industrias, o el fluido diálogo del presidente del Frente con el Presidente de la República son pruebas de ese cambio.

Y para evaluar hasta dónde llega la actualización habrá que ver hasta dónde llega Vázquez, solo por un lado y por otro acompañado por el Espacio 90, Asamblea Uruguay, el MPP, la Vertiente Artiguista, la lista 1001 y la Alianza Progresista.

La actualización se expresará en el discurso de cada uno de ellos y también en sus actos. Por supuesto que sería una fuerte señal si lo que la dirección propone cuenta con el aval del Congreso. Pero a la hora de analizar los hechos, si eso no ocurre, no será dramático y cambia poco el futuro frenteamplista.

Es importante no caer en el reduccionismo de ver una dirección que quiere dar todos los pasos que lo acerquen al gobierno y un Congreso cuya mayoría es inmovilista. Ni lo uno ni lo otro. Porque en la mayoría de los congresales hay pasos hacia el cambio, quizás no con la fuerza y entidad esperados por la mayoría de la dirección. Tampoco en la dirección se observa la claridad como para decir: esta fuerza está a un solo paso del gobierno, porque el documento de la dirección es desparejo.

En algunas áreas, como la concepción del Estado, da bastantes pistas sobre una política de un gobierno frenteamplista en relación. Se percibe una versión más modernizada del Uruguay de los años de 1950, con fuerte presencia del Estado y alto proteccionismo. En otras, como la política exterior, hay una pista (la defensa del Mercosur) y a partir de allí ninguna otra; más bien hay un refugio en el mundo de los deseos, con la invocación a la unidad latinoamericana.

Muchos de los pasos que al Frente Amplio le faltan para situarse plenamente en esa cultura de gobierno no dependen de este Congreso sino del propio liderazgo y la propia conducción. Ese es el desafío que tiene para los próximos dos años, que es todo el tiempo que resta antes de entrar en esa larga campaña electoral.