09 Set. 2001

El destino en el mundo

Oscar A. Bottinelli

El Observador

Tras el fin del formato bipolar (o quizás tripolar) de la Guerra Fría, el mundo se encuentra en esas fases de transición de una etapa histórica a otra, donde los caminos que se abren son muchos, los esquemas futuros son varios y no siempre los actores son capaces de atisbar debidamente las alternativas en juego. Todo parece indicar que los futuros bloques que competirán a escala planetaria serán varios, no menos de tres, y esencialmente económicos.


Tras el fin del formato bipolar (o quizás tripolar) de la Guerra Fría, el mundo se encuentra en esas fases de transición de una etapa histórica a otra, donde los caminos que se abren son muchos, los esquemas futuros son varios y no siempre los actores son capaces de atisbar debidamente las alternativas en juego. Todo parece indicar que los futuros bloques que competirán a escala planetaria serán varios, no menos de tres, y esencialmente económicos. Uno de los escenarios posibles supone la existencia de un bloque encabezado por Estados Unidos y otro por la Unión Europea, con una rivalidad creciente, además de las conformaciones que resulten de las potencias asiáticas.

El Mercosur tiene ante sí los dos caminos abiertos, hacia Estados Unidos y hacia la Unión Europea. Y hacia Estados Unidos tiene a su vez dos variantes: el acuerdo directo entre la potencia del Norte y el bloque regional del Sur, o la integración de estos cinco países junto al resto de los países americanos en el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. Esta última variante es la que más amenaza la existencia del Mercosur en tanto tal. Como ocurre con toda negociación, el destino final es el producto de lo que uno quiere y lo que los otros conceden. Y como refuerzo de estos caminos está el juego de los países del Mercosur con sus asociados del Grupo de Cairns como elemento de presión para perforar las barreras proteccionistas a los productos agrícolas.

Las posturas en Uruguay pueden clasificarse en tres:

Una. Favorable al fortalecimiento del Mercosur y a la asociación con Europa.

Dos. También favorable al fortalecimiento del Mercosur pero a su asociación con Estados Unidos (ya fuere con él solo, con el Nafta o en el marco del ALCA)

Tres. Favorable a la asociación con Estados Unidos sin demasiado cariño hacia el Mercosur.

La primera de estas posturas constituyó en realidad la política oficial del gobierno Sanguinetti (al menos en la primera mitad de su período), ya que el camino norteamericano fue transitado ante el bloqueo del otro y sin mucho entusiasmo (en esta línea cabe situar al gobierno de Fernando Henrique y con algunas reservas a la política de la cancillería argentina). La tercera de las posturas es la que más condice con los deseos íntimos del presidente Batlle, quien no tiene demasiadas simpatías ni hacia el Mercosur ni al relacionamiento con Brasil (línea similar a la del superministro argentino Cavallo). Como puede observarse, en ambas márgenes del Plata el tema divide a los gobiernos, a diferencia de Brasil en que no hay demasiadas discrepancias en la búsqueda de un Mercosur fuerte, hegemonizada por el propio Brasil, y con más vocación de acordar con Europa que con Estados Unidos.

El problema de Brasil es que desperdició fuertemente las oportunidades de fortalecimiento del Mercosur. Primero, porque como potencia dominante tenía en sus manos canjear a los socios el otorgarle concesiones comerciales a cambio de su predominio político. Y segundo, porque fue el primero en romper cierto paralelismo en las políticas macroeconómicas, que abrió el camino al actual sálvese quien pueda. Si alguien no podía romper las reglas de juego era la potencia llamada a liderar el bloque.

En esta estrategia del Mercosur sin duda contribuyó mucho el gobierno uruguayo, el empuje dado al tema y al juego de alternativas desde que Batlle asumió la Presidencia Pro-Tempore. Y el resultado final de las negociaciones, que tardará mucho en llegar y a lo que más se puede aspirar es a orejear las cartas, no va a depender demasiado de Uruguay, sino más bien de la coherencia y consistencia de sus dos socios mayores y de cuánto estén o Estados Unidos o la Unión Europea dispuestos a avanzar en la baja de barreras, que le suponen fenomenales conflictos internos. Pero Uruguay ha desempeñado más de una vez en el plano internacional un papel mayor al que le dan sus escasos tres millones de habitantes radicados en uno de los confines del mundo y con una economía débil. Y un país del peso de Uruguay puede lograr mayor protagonismo cuanto más coherente y previsible sea su política exterior y cuanto más cuente con sólido respaldo interior. Ello significa llevar adelante sólidas políticas de Estado.

Una política de Estado supone necesariamente dos cosas: que la política tenga un objetivo bien definido, que se aplique de manera consistente, y que sea compartida y respaldada por la casi totalidad del sistema político. Todo esto es lo que le ha faltado a la política exterior de Uruguay de unos cuantos años a la fecha. El objetivo concreto no está definido. Lo que ha habido hasta ahora han sido políticas de los gobiernos, las cuales han cambiado no sólo al compás del cambio de partido, sino del cambio de presidente del mismo partido. Como ha sucedido en otros ámbitos de gobierno, también en política exterior hubo más continuidad entre la administración blanca de Lacalle y la administración colorada de Sanguinetti, que en el cambio de presidencias coloradas de Sanguinetti a Batlle. Fueron varias las señales de debilidad e incoherencia de Uruguay: primero fue la aceptación pacífica de la devaluación brasileña, luego el apelar al renacimiento del Virreinato del Río de la Plata y los fuertes ataques a Brasil, paralelos a ponerse en la vereda de enfrente de Europa y en particular de Francia.

Tampoco el gobierno, ni el anterior ni éste, han intentado la formulación de una política de Estado, donde participen los cinco pilares de la política nacional: la Lista 15, el Foro Batllista, el Partido Nacional, el Encuentro Progresista-Frente Amplio y el Nuevo Espacio. La forma orgánica en que el nacionalismo procesa sus decisiones a través del Directorio y de la Agrupación Parlamentaria y el organicismo y liderazgo único del EP-FA simplifican y mucho el funcionamiento del sistema político. La dificultad para construir una política de Estado no responde a un formato inadecuado del sistema de partidos sino a la existencia de divergencias reales sobre el horizonte deseado para el país. Batlle y Sanguinetti en realidad apuntan en direcciones diferentes. El Partido Nacional tiende a coincidir más con Batlle, aunque en general con una mayor simpatía hacia el Mercosur. Y la izquierda difícilmente pueda acordar políticas de Estado, por la insuficiencia de sus definiciones. Tiene una clara postura de fortalecimiento del Mercosur. Pero a partir de allí ni siquiera atisba las confrontaciones que se vienen en el mundo, al apostar al Mercosur como un paso hacia la unificación latinoamericana. El documento mayoritario sometido por la dirección frenteamplista al Congreso se sitúa más en el terreno afectivo e ideológico que en el de las decisiones inmediatas de gobierno.